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La cuerda era de cáñamo y tenía tres nudos.
Se la habían pasado dos veces por debajo de los brazos y una por el pecho. El nudo del pecho le quedaba encima del libro. Guiraut se lo movió a un lado. El libro iba envuelto en cuero y atado con una correa, y encima llevaba la capa y encima el cinto, y así abultaba como un pan.
—No lo aprietes ahí —dijo Poitevin—. Te lo va a partir contra la piedra.
Se lo pasó a la espalda. La correa le entraba en el hombro. Estaba bien.
Era de noche y no había luna. Abajo, muy abajo, se veían los fuegos de la hueste en la ladera del este y algunos en el llano. Los habían contado tantas veces que ya no los contaba nadie.
El de Mirepoix había mandado tres sargentos al muro y ninguno hablaba. Uno tenía la cuerda enrollada al antebrazo y la pasaba por detrás de un diente del parapeto. Otro miraba al camino. El tercero sujetaba a los que bajaban por el cinto hasta que el pie salía fuera.
A ellos cuatro los habían tenido dos días en el sótano del ángulo del norte, entre las tinajas vacías, sin subir ni a comer.
En el trato estaba que los de dentro salieran contados, y el que iba a contarlos era el senescal.
Cuatro menos no se notan en doscientos si el que entrega la lista es de la casa.
Bajó Amiel primero. Era el que mandaba y bajó primero porque abajo hacía falta alguien que recibiera.
Después Hugon, que no dijo nada, como siempre. Hugon había estado dos años en el castillo y Guiraut no le había oído más de veinte palabras seguidas.
Después Poitevin, con la bolsa.
La bolsa era de cuero doble y del tamaño de una hogaza grande. Iba cosida por la boca con bramante y sellada con cera, y pesaba lo que pesa. Poitevin se la ató delante y se dejó caer de espaldas al vacío, con las suelas contra el muro, y fue bajando a pasos, y no hizo ruido.
Guiraut fue el último.
Se sentó en el parapeto con las piernas fuera. La piedra estaba fría y mojada. Le temblaba la pierna izquierda; se la sujetó con la mano y esperó a que parara. El sargento de la cuerda le hizo un gesto con la barbilla.
—Sin prisa.
—Sin prisa —dijo Guiraut.
Se dio la vuelta y salió de espaldas.
Los primeros pasos fueron buenos. La pared del oeste no cae recta: hay una tripa y luego se mete para dentro.
Mientras hubo pared, hubo pies. Cuando la pared se metió, se quedó colgando y girando despacio, y el libro le pasó al costado y le desequilibró el hombro, y entonces cerró las manos en la cuerda para pararse.
Tres años cavando y acarreando y aun así la cuerda le pudo. Le corrió por las palmas y le corrió otra vez, y no gritó porque no hay que gritar. Puso la rodilla. Buscó la pared con la punta del pie y no la encontró. Lo dejaron caer un trecho de golpe y el nudo del pecho le sacó todo el aire.
Después las manos de Poitevin en los tobillos y luego en las corvas, y el suelo.
Se quedó de rodillas en una repisa de tierra y hierba, de tres pasos de ancho, con la roca detrás. Le zumbaba la cabeza. Se aflojó la cuerda solo y ellos tiraron de ella hacia arriba, y el chirrido de la cuerda contra la piedra fue lo único que se oyó en un rato largo. Luego dejó de oírse.
Los que quedaban arriba habían dicho que no. Se lo habían preguntado uno a uno y habían dicho que no, y eran más de doscientos.
—Las manos —dijo Poitevin.
Guiraut las abrió. En la oscuridad no se veía nada, pero se notaba, porque la piel se le quedó pegada a los dedos de Poitevin cuando se las tocó.
—Ata un paño.
—Después.
Bajaron la repisa por donde bajan las cabras y se metieron en el hayedo.
Abajo, en el campamento, ladró un perro. Ladró otro y luego tres. Los cuatro se quedaron parados donde estaban, uno detrás de otro, sin apoyar el pie que tenían en el aire. Guiraut contó hasta ochenta. Los perros callaron y alguien gritó algo en el llano y no lo gritó a ellos.
Andaban en fila y Amiel iba delante porque conocía el sitio. Hasta que no estuvieron dentro del bosque nadie habló.
En la tregua habían tenido quince días. Los del castillo pidieron quince días y los del rey se los dieron, y en esos quince días entró comida, y hubo quien se lavó, y se cantó dos veces.
Antes de la tregua, desde Navidad, la máquina del obispo tiraba de día y de noche desde la barbacana del este y las piedras entraban por el aire y caían dentro.
Cuando caían en el patio hacían un ruido.
Cuando caían en un techo hacían otro. Se aprendía a distinguirlos.
En febrero hubo diez días de nieve y eso fue bueno, porque la nieve se derrite y el aljibe estaba bajo desde el otoño.
Los enfermos estaban en el pajar del ángulo y olían.
A uno le habían dado el consolament dos veces porque la primera vez se puso mejor.
A los muertos no se les podía cavar, que allí arriba no hay tierra, y se hacía lo que se podía con piedras.
En enero se acabó la sal. La carne salada se acabó antes que la sal.
Todo eso quedaba a cuatrocientos pasos por encima de sus cabezas y ya no era suyo.
Pararon en un claro. Amiel se agachó y encendió yesca dentro del hueco de un tocón, tapándola con el cuerpo, y a esa luz miraron lo que traían.
La bolsa. El libro. Un odre. Pan para tres días. Un cuchillo cada uno menos Hugon.
Amiel desató el bramante de la boca de la bolsa y metió la mano y volvió a atarlo. No sacó nada. Solo quería tocarlo.
—Está entero —dijo.
—Está entero —dijo Poitevin.
Guiraut se sentó en el suelo con la espalda en un haya y se desató la correa del pecho, y sacó el libro y lo puso encima de las rodillas.
El cuero estaba seco. Lo abrió por el medio con el canto de la mano, porque los dedos no le servían, y no vio nada, porque la yesca estaba a doce pasos y era yesca.
—Guárdalo —dijo Amiel.
—Lo guardo.
—En Usson hay quien nos espera. De Usson, al este. En Pallars todavía hay casas, y en Berga, y en Castellbò. Con esto se sostienen dos años los que queden.
—Con esto se sostienen dos años —dijo Guiraut—. ¿Y después?
—Después se verá.
Poitevin dijo que después habría otra bolsa, porque siempre hay otra bolsa, y que la gente da mientras haya a quien dar.
Guiraut puso la mano abierta encima de las tapas y dejó ahí la mano.
—Esto no lo hay en otro sitio.
—Eso dices tú.
—Hay cuatro. Uno lo tenía Bernat y Bernat está arriba. Uno se quemó en Fanjeaux hace veinte años. Del tercero no sé. Este es este.
—Un libro se copia —dijo Amiel.
—Se copia si hay quien copie y de dónde. Y con qué.
—Y una casa se levanta si hay dinero. Sin dinero no hay casa, y sin casa no hay quien lea tu libro, ni quien lo copie, ni quien coma.
Hugon dijo entonces la única cosa que dijo en toda la noche.
—Las dos cosas van al mismo sitio. Andando.
Y era verdad y no era verdad, y ninguno de los cuatro lo arregló allí. Apagaron la yesca con tierra. Amiel repartió el pan y a Guiraut le dio el suyo partido, porque no podía cerrar la mano.
Antes de salir, Poitevin le lió las palmas con dos tiras del faldón de su propia camisa y se las ató por el dorso. Le quedaron las manos como dos manoplas. Con eso no se podía sacar un cuchillo ni desatar una correa, pero se podía andar, y era lo que había que hacer.
Salieron del claro cuando el cielo empezó a ponerse gris por detrás del monte.
Iban al norte primero, para rodear, y luego al este.
Amiel delante, Hugon, Poitevin con la bolsa.
Guiraut el último, con el libro atado a la espalda y las manos vendadas, y por el camino se fue mirando las suelas, que era lo único que veía bien.