El Evangelio de las Cenizas 1
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Y la Madre se movió sobre las aguas y no la vieron. Porque lo que está arriba no se parece a lo que está abajo, y lo que está abajo lo llama con otro nombre. La luz no bajó: la luz fue derramada. Y de lo derramado hicieron los cuerpos.

La máquina llevaba desde las nueve escupiendo discrepancias y ninguna era una discrepancia.

Inés iba por la cuatrocientas y pico desde el desayuno.

hereticis / hereticus : desinencia. Descartada.

dixit quod / dixit q' : abreviatura desarrollada por un transcriptor y respetada por otro.

Descartada. Bernardus / Bernard : el copista del XVII latinizando un nombre que el del XIII había dejado en romance.

Descartada, y anotada en el registro de casos, porque ese sí volvería a salir.

audiuit / audivit : no era ni siquiera una decisión. Descartada.

Trabajaba con dos pantallas y una caja de fichas de cartulina.

En las pantallas iba el aparato; en las fichas, a lápiz, lo que quisiera volver a mirar.

Rémi le había explicado tres veces que el propio sistema tenía un campo para eso, con etiquetas y con búsqueda, y ella le había dado tres veces la razón.

Seguía escribiendo a lápiz. Una ficha no se cuelga, no pide contraseña y no la puede leer nadie por encima del hombro.

Las imágenes eran malas. Procedían de un microfilm de los años setenta que alguien había digitalizado sin volver al original, y en el lomo de cada folio había una franja gris donde la línea se hundía y había que adivinarla.

En dos de cada tres casos la adivinaba. En el tercero ponía un corchete y seguía.

Hacia el folio ciento veinte de aquel volumen, la mano cambiaba.

Se dio cuenta a media semana y no por el trazo, que era parecido, sino por dos cosas más pequeñas: el módulo bajaba medio milímetro y la abreviatura de -us pasaba de un rasgo alto a un rasgo pegado al renglón.

Un copista se había levantado de la mesa y otro se había sentado, en algún despacho de Toulouse, en algún mes de 1666, y en trescientos sesenta años nadie lo había anotado porque a nadie le importaba quién copiaba: importaba lo copiado.

Ella lo anotó en una ficha. Era del proyecto y no era de nadie.

A las once y media abrió el borrador del informe intermedio, que era lo que de verdad le tocaba hacer aquella mañana y llevaba nueve días sin abrir.

Lo había redactado alguien del equipo de París, en francés, con esa prosa de proyecto que consigue que dos años de trabajo suenen a nada. En el segundo párrafo, donde describía el corpus, decía: le registre original de 1246, conservé sous la cote 609 .

Inés borró original y escribió copie . Después borró la frase entera y la volvió a escribir.

Lo que hay en el 609 no es el registro que levantaron los inquisidores en el 46: es una copia hecha doce o quince años más tarde, y de dos libros de los diez.

Lo demás se perdió. Y de los registros que se perdieron del todo, algunos sobreviven porque en el siglo XVII un erudito mandó copiar folios enteros para un pleito de jurisdicciones, y esas copias son hoy la única cosa que existe.

Un proyecto que colaciona testimonios de un texto del que no queda ningún testimonio directo.

Puesto así sonaba a chiste, y así era como lo contaba ella en las cenas.

Dejó la frase en tres líneas y sin chiste. La leyó en voz baja, quitó un adjetivo y la dio por buena.

Rémi asomó a la una menos cuarto con el abrigo puesto.

—¿Bajas?

—Voy por la mitad.

—Llevas por la mitad desde noviembre.

—Llevo por la mitad porque la mitad son quinientas alertas al día y cuatrocientas noventa son ruido.

—Cuatrocientas noventa y cinco —dijo Rémi—. ¿En qué volumen andas?

Hubo un cuarto de segundo, y a ella le molestó que lo hubiera.

—En los Doat.

—Ah. Los tuyos.

Ella no contestó y él tampoco insistió, porque llevaban tres años compartiendo pared y el sistema funcionaba así.

—El informe lo quiere el viernes —dijo desde la puerta—. No el lunes. El viernes, que hay comité.

—Está hecho.

—No está hecho.

—Estará hecho el viernes.

Lo dijo todo sin retintín, cogiendo de paso una silla del pasillo para que no se la llevara nadie, y se fue a comer.

Y sin embargo era verdad, y era lo bastante verdad como para que ella se quedara diez minutos sentada delante de la pantalla mirando un fotograma de folio y ordenando el argumento por si alguien se lo pedía.

Uno: los volúmenes de esa serie estaban en el plan de trabajo desde el principio, con su ficha, su presupuesto y su becario.

No los había metido ella. Dos: era la única persona del consorcio que leía occitano de deposición sin diccionario, así que si no los revisaba ella los revisaba nadie.

Tres —y este era el que no pensaba decir en voz alta—: llevaba tres años buscando dentro de esos folios una cosa que no era del proyecto.

Fugitivos que tiraran al oeste. Apellidos de la vertiente de acá.

Un valle nombrado dos veces. Cualquier costura que permitiera llevar un hilo desde un tejedor del Ariège hasta un caserío de Navarra cuatro siglos más tarde, que es donde una tarde de 1610 cincuenta y tres personas subieron a un tablado en Logroño.

Había publicado una nota sobre eso en 2024.

Se la habían reseñado, y la reseña estaba impresa y era pública y la firmaba alguien que sabía de lo que hablaba.

La objeción que se hacía a sí misma era la de siempre y no tenía respuesta: si te pones a buscar una continuidad, la encuentras. Eso lo sabe cualquiera que haya leído un proceso. La respuesta que se daba también era la de siempre: por eso lo hago con el aparato delante y no con la cabeza.

Volvió a las alertas a las dos, con un bocadillo y sin bajar.

Peire / Petrus . Descartada. in domo Willelmi / in domo Guillelmi .

Descartada. Una línea entera que aparecía en la copia del XVII y no en la edición impresa de 2011, que resultó ser un salto de página del becario.

Corregida, anotada, y un correo al becario que no envió porque el becario tenía veintitrés años y ya bastante tenía.

Una la tuvo veinte segundos. Un deponente de Fanjeaux declaraba en 1245 haber oído decir a un hereje una cosa que, dos folios más allá, otro deponente de otro pueblo declaraba con las mismas cuatro palabras y en el mismo orden.

Podía ser que los dos hubieran oído la misma frase, porque las frases se repiten y para eso predicaban.

Podía ser también que el notario tuviera la fórmula en la cabeza y la escribiera dos veces por comodidad, que era lo más probable y lo más aburrido.

Lo apuntó en una ficha con un signo de interrogación, que era su manera de no decidir.

A las seis y veinte apagó la pantalla derecha y dejó la izquierda encendida para el día siguiente, con el folio abierto por donde iba.

Contó las fichas del día: once. Cuatrocientas ochenta y tres alertas descartadas, once fichas.

Las repasó de pie, con el abrigo ya puesto, y las fue metiendo en la caja por orden.

Tres eran del proyecto. Ocho eran suyas y ninguna valía nada: una fórmula que se repetía, dos deponentes con el mismo oficio, un notario que abreviaba raro.

Metió la caja en el bolso, apagó la luz del despacho y bajó las escaleras con el resto del edificio, y en la calle hacía ese frío húmedo de Toulouse en febrero que no se parece al de su casa.