El Evangelio de las Cenizas
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Prólogo
Prólogo
El primer diciembre después de la guerra se le acabó el combustible antes de tiempo.
Lo había contado en octubre, como todos los años.
Los panes de boñiga secándose en fila contra la tapia del corral, la paja de la trilla en su rincón, los tallos de maíz atados de tres en tres.
Salía hasta febrero si encendía el horno dos veces por semana y no más.
Encendió tres. Los años de la guerra el mayor se iba a jornal a los campamentos ingleses y en diciembre se compraba leña; los campamentos habían cerrado en agosto y había vuelto al abono.
De noche el frío entraba por debajo de la puerta y los pequeños dormían en el suelo, y a mediados de mes ya raspaba el fondo del montón con el canto del cesto.
El mayor bajó del cerro antes de hora, con el saco a medias.
Subían de madrugada al pie del monte, donde la tierra es negra y blanda y se echa después a la caña. Cavaban, cargaban los camellos y volvían antes del calor. Era faena de dos horas y él nunca había vuelto con el saco a medias.
—Había una jarra —dijo.
Dejó el saco en el suelo de cualquier manera, y eso fue lo primero que ella miró. Después le miró las manos. Tenía tierra hasta el codo y un corte fino en el dorso de la derecha.
—Enterrada al pie de la peña grande. Tapada con un plato y sellada con betún. La abrí con la azada.
—Podía haber dentro un yinn.
—Podía haber dentro oro —dijo él.
No había oro. Se abrió el faldón de la galabeya y sacó lo que traía debajo del brazo.
Eran libros. Ella se limpió las manos en el delantal antes de cogerlos, porque el cuero era bueno.
Blando, oscuro, cosido con correas para atarlo alrededor.
Pesaban más de lo que parecía. Los abrió por el medio con el pulgar, como se abre un pan para ver si está hecho: dentro había hojas de un pardo claro, secas, cosidas por el lomo, escritas de arriba abajo con una letra apretada y sin dibujos.
Ni oro ni plata ni color. Pasó tres o cuatro y las hojas crujieron y una se partió por el doblez.
—¿Qué pone? —dijo el segundo, que había entrado detrás.
Nadie de aquella casa sabía leer. Ella cerró el libro y lo dejó sobre el banco.
—Hay más —dijo el mayor—. Doce o trece. Están en el saco.
Los sacaron y los pusieron en fila sobre el banco, y hubo un momento en que los cuatro estuvieron alrededor mirándolos como se mira un animal que no se sabe si muerde. Uno estaba deshecho: las tapas por un lado y las hojas sueltas por otro, un fajo del grosor de dos dedos. Ese lo apartó ella.
El cuero se podía vender. En el mercado del jueves, al otro lado del Nilo, en Nag Hammadi, había un hombre que compraba correaje viejo y no preguntaba de dónde salía.
Las hojas no servían para nada. Eran demasiado quebradizas para envolver, demasiado tiesas para el retrete, y estaban escritas, con lo cual tampoco valían para el maestro, que compraba papel limpio.
Por la tarde amasó.
La masa había levantado desde el mediodía debajo de un paño, en el barreño, y estaba en su punto: cuando le hundía dos dedos, el hoyo se cerraba despacio. Sacó al patio la tabla, hizo los panes y los dejó tapados en fila. Después fue al horno.
Quedaba lo justo. Tres panes de boñiga y un puñado de paja, y la paja estaba húmeda de la lluvia de la semana anterior y no iba a prender. Se sentó en cuclillas delante de la boca del horno y estuvo un rato con la yesca sin encenderla.
Entonces se levantó, entró en la casa y cogió el fajo de hojas sueltas.
Arrancó primero media hoja para probar. Prendió de golpe, con una llama alta y limpia, más que la paja, y se acabó enseguida.
Olía a polvo y a algo dulce, como a caña quemada.
Metió una brazada debajo de los panes de boñiga, arrimó la yesca y sopló dos veces.
Cuando el estiércol cogió, dejó de echar hojas y cerró la boca con la chapa para que el calor subiera por las paredes.
Echó más tres veces mientras se calentaba, porque el fuego bajaba y no había otra cosa.
En una de ellas las hojas se le quedaron pegadas unas a otras y las metió en bloque, y ese bloque ardió despacio y por los bordes, con el centro renegrido y entero durante un buen rato, y ella lo empujó con el hierro para abrirlo y que corriera el aire.
Cuando la pared del horno estuvo blanca por dentro, pegó los panes de uno en uno, con la palma mojada.
Salieron bien. Se hincharon, se ampollaron y se despegaron solos, que es la señal. Cenaron los cuatro con queso y con lo que quedaba del aceite, y el mayor contó otra vez lo de la jarra, y el segundo dijo que él la habría abierto de otra manera, y estuvieron discutiendo eso hasta que se durmieron.
Por la mañana ella limpió el horno con la escobilla y sacó la ceniza a la lata, porque la ceniza sirve para fregar y no se tira.
Entre la ceniza salió una esquina de hoja que no se había quemado del todo: un triángulo del tamaño de una uña, negro por dos lados y pardo por el tercero, con tres o cuatro letras enteras.
Lo echó a la lata con todo lo demás y sacudió la escobilla contra la tapia.
Los otros los dejó debajo del banco, por el cuero, que ese sí valía.