El estafador Siete #3
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Siete #3

—Empecé a considerar de una manera distinta lo que me había sucedido.

De repente me sentí orgullosa de mí misma: con ochenta años cumplidos, era aún capaz de entusiasmarme, de hacer proyectos, de dejarme asombrar por la vida.

Lo he perdido todo, he sufrido lo que no está escrito, pero no me he resignado a la desgracia de una vida sin amor.

Y, entonces, me persuadí de que conocerlo a usted había sido un valioso regalo.

He estado de luto tanto tiempo, pensando que me lo merecía...

Intentaba superarlo, pero luego no me lo perdonaba: ¿cómo podía tratar de ser feliz con lo que me había sucedido, no me avergonzaba solo de pensarlo?

No he hecho más que castigarme, yo y mi pobre marido, los dos solos, soportando este cilicio.

Porque, si el destino había sido tan duro con nosotros, alguna culpa debíamos de tener, pensábamos.

Si Stefano había muerto de esa manera tan estúpida y no habíamos podido proteger a Elena, una razón tenía que haber.

No podía ser solo mala suerte. He llorado tantísimo, pero el cinismo de creer que a usted solo lo movía un interés económico no va conmigo.

Quizá con otros fuera distinto. Me han dicho que ha robado a muchos. Pero no conmigo.

Tenía que encontrar a Carlo Costantini. Quería preguntarle si había sentido remordimientos. ¿De dónde había sacado la sangre fría para decidir en unos segundos tirarse al suelo?

Estaba delirando. Hizo otro intento de detener a Gemma. Esta vez mediante la palabra. No tenía ganas de volver a levantarse.

—Déjeme que le explique...

¿Carlo había dejado de jugar sucio? ¿O había seguido, sin reparos, de una artimaña a otra, de una treta a otra? Había olvidado un montón de nombres, pero el suyo lo recordaba bien. Tenía que dar con su número y preguntarle si conseguía dormir por las noches.

—No, no hay nada que explicar. Ya se lo he dicho: quiero terminar y después pedirle que se marche.

Qué vida la mía a fin de cuentas, me dije: salí de un pueblecito y fui a parar a Argentina durante varios años, en la otra parte del mundo...

Entre los empleados de mi marido había un obrero de etnia mapuche.

Trabamos amistad con él y nos llevó a pasar un fin de semana a casa de sus padres, que vivían en mitad de la nada, en una casita rodeada de pinos y eucaliptos.

Mapu quiere decir «tierra», y eso es lo que querían: cultivar la tierra y criar gallinas, ocas, ovejas, caballos.

En la oscuridad de esas noches, vimos los cielos estrellados más grandiosos de nuestra vida.

Años después, mis hijos los seguían recordando emocionados.

Estoy convencida de que están allí, en alguna parte de ese cielo...

La familia de ese obrero me contó que el Gobierno los estaba desposeyendo poco a poco de sus tierras.

Nosotros no éramos responsables directos, pero algo de culpa teníamos: éramos los enésimos extranjeros que llegaban a Argentina para hacer dinero.

Y cuando unos hacen dinero, otros lo pierden.

Gemma volvió a sonreír.

—He intentado odiarlo, Fabio, pero lo único que siento es pesar por usted.

Elena y yo hemos decidido que, después del mar Rojo, iremos a Petra.

Y luego a París y a Londres. Quiero que estos últimos años con su madre la resarzan de todos los demás.

Ya he organizado las cosas para cuando se quede sola, pero, hoy por hoy, estoy aquí y quiero pasar con ella el mayor tiempo posible.

¿Ve este vestido de punto azul celeste? Si no lo hubiera conocido, nunca se me habría pasado por la cabeza comprarlo.

Lo mismo con viajar, descubrir el mundo.

Por eso le estoy agradecida, pese a todo.

No tengo ni idea de lo que le depara el futuro...

Conociéndolo, tendrá un plan, y puede incluso que salga mejor parado de como empezó.

Lo espero sinceramente: alegrarme de las desgracias ajenas es otra cosa que nunca ha ido conmigo.

Yo solo he querido llevar una vida tranquila, con mi marido y mis hijos.

Se levantó para darle la vuelta al disco, pero antes cogió la funda y se la enseñó.

—Es una edición limitada. No es que la buscáramos: compramos el disco cuando salió y lo conservamos todos estos años.

Nunca hemos tirado nada. Lo llamaban maxisencillo porque en las cuarenta y cinco revoluciones había tres canciones, y no dos, como era habitual.

La que hemos escuchado, Valentino vale y otra canción que se titula È inutile .

Accionó el mecanismo, el disco empezó a girar y, con delicadeza, colocó la aguja sobre el vinilo.

Valentino vale più di te balla bene il tango

Valentino m’ama più di te

Piange quando piango

E poi e poi io ne ho finché tu ne vuoi

Ad esempio c’è Wolfango che pensa solo a me. 4

Gemma volvió a sentarse.

—Veo que le gustaría decir algo. Quizá, que está dispuesto a devolvérmelo todo, que no quería hacerlo. Estoy convencida de que eso es lo que está pensando: a mi edad he conocido a más de uno que no sabe distinguir entre verdad y mentira.

Hizo una pausa.

—Lo estoy juzgando, y quizá no sea la persona más indicada.

Hay una última cosa que debo decirle, para no llevarme a la tumba este secreto también.

No se lo he contado nunca a nadie, pero usted ha terminado siendo el único testigo exterior de esta desdichada historia, de modo que quiero que tenga todos los elementos.

No estaba triste, al contrario, parecía menos angustiada conforme hablaba.

—Lo de Elena no fue un accidente. Elena se tiró por la ventana...

Al día siguiente, cuando pasé por casa a por algo de ropa que llevarle al hospital, encontré una carta en un cajón.

Iba dirigida a mí y a su padre. Explicaba exactamente lo que se disponía a hacer.

No quería seguir viviendo, estaba demasiado mal.

Querría haberle hablado a Angelo de esa carta.

Tal vez debería haberlo hecho. Pero en lo que escribía, Elena había sido tan dura con nosotros, tan severa, sobre todo con mi marido, que no tuve el valor.

Se arrojó por la ventana de la buhardilla y estuvo a punto de morir.

Me dije que, tarde o temprano, acabaría enseñándole esa carta a Angelo, pero renuncié.

Él no le mintió: le dijo solo la verdad que era capaz de soportar.

—Lo miró con una expresión indescifrable—.

Quizá, con el tiempo, le habría confesado que sabía que no había sido un accidente.

Era demasiado inteligente para no haberlo comprendido.

Fabio se llevó las manos a la cabeza. Se sentía tan cansado...

—Como ve, vivimos todos, quien más quien menos, en la mentira.

Y no me corresponde a mí entender por qué usted, Fabio, piensa que no tiene alternativas.

Pero tengo derecho a aferrarme a mi verdad sin que usted trate de desmentirla: pese a todo, ha sido bonito conocerlo, pasar tiempo en su compañía.

Con Elena tendré que inventarme algo: ella también le ha cogido mucho cariño.

Le diré que lo han enviado al extranjero por trabajo.

Es como una niña: al principio lo pasará mal, y luego se le olvidará.

Ahora, sin embargo, solo quiero que se marche.

Que no vuelva a llamarme nunca más. Que se levante y desaparezca para siempre de nuestras vidas.

Tres días después, Fabio se entregó a su rutina, que consistía en una misma reserva de hábitos y prácticas, automáticos ya. Siempre los mismos: ¿desde hacía cuánto, veinte años? Sí, veinte años en la misma oficina, trabajando para la misma compañía y los mismos jefes.

Encendió el ordenador, aguardó a que apareciera la pantalla donde teclear la contraseña, distraído —porque, si te lo pensabas, la ponías mal—, y esperó en vano a acceder al sistema.

Nada. Volvió a intentarlo. Y otra vez más.

Cuando levantó la mirada hacia los demás, en busca de ayuda, se percató de que todos lo miraban a él, fijamente, en un silencio sepulcral.

A posteriori , caería en la cuenta de que lo estaban observando desde el mismo momento en que había encendido el ordenador.

Era eso lo que tanto lo atormentaba de noche.

Haber sido, aun solo unos minutos, el hazmerreír de toda la oficina.

Recorrió la habitación con la mirada y vio que sus compañeros observaban a Marzini, de Recursos Humanos, que avanzaba decidido hacia él.

—¿Qué ocurre? —le preguntó.

—Dímelo tú, Fabio —contestó Marzini.

—¿Qué ocurre? —volvió a preguntar él.

Miradas a un lado y a otro: «Poneos a trabajar, hostia». Después Marzini blandió un papel, un folio con membrete del banco, y, poniéndose las gafas de presbicia, que llevaba colgadas del cuello, empezó a leer con voz impostada.

—Recojo mis cosas y me voy —se apresuró a decir Fabio a la primera frase, empezando a rebuscar en los cajones.

—No, Fabio, tus cosas las tienes que dejar aquí.

Un momento después, aparecieron los dos guardias de seguridad, por si acaso le daban ganas de montar un numerito.