Siete #2
No mentía. A diferencia de cómo reconstruirían los hechos los magistrados, que no lo creyeron, su ansiedad no estaba ligada a su destino personal.
O no solo. Pero se preguntó de verdad si Gemma y Elena estaban bien, si había ocurrido algo.
Al cuarto día, cogió el coche y se fue directo a su casa.
Vio la luz encendida y el coche de uno de sus compañeros aparcado en la puerta.
Se volvió por donde había venido. En casa, Carolina le dijo que había llamado Gemma.
Se disculpaba con él por no haber contestado a sus llamadas y lo invitaba a tomar el té al día siguiente.
—¿Cómo se ha mostrado?
—Cortés... ¿Qué ocurre, Fabio?
—No lo sé.
—¿Sabes qué...?
—¿Qué?
—He ido a la nave... ¿Te acuerdas de que decías que era bueno que yo también tuviera unas llaves, que nunca se sabe? Esta mañana te he visto muy agobiado, y, cuando te has marchado, me ha dado el impulso de ir. He entrado...
—¿Y?
—No pensaba que hubiéramos llegado a ese punto.
—¿Y? —repitió él.
—¿Cómo de jodidos estamos?
—Tú misma lo dijiste: al menos, será algo nuestro.
Se abrazaron.
Gemma lo recibió directamente en el porche. Era febrero, pero parecía abril, un bonito sol primaveral lo iluminaba todo, sin los inconvenientes del calor: las moscas y los mosquitos.
En ese rincón que Cantuzzi y otros hombres como él habían decidido domesticar en una época de crecimiento económico exponencial, volvía el recuerdo de una estación de escarabajos y saltamontes, acompañado de una subida inusitada de las temperaturas.
Gemma iba maquillada, llevaba un vestido de punto azul celeste y acababa de salir de la peluquería. Lo invitó a sentarse y le sirvió el té.
—La señora que nos ayuda ha salido con Elena —se justificó.
—Le sienta muy bien ese vestido.
—Hemos ido de compras —dijo, no sin cierta coquetería—.
Es una cosa que también habíamos dejado de hacer.
Pero ahora hemos ido al centro Elena y yo.
Lo hemos pasado en grande: hemos comprado ropa y luego hemos ido a la peluquería.
Ella ha ido a tomarse un helado: dice que, ahora que ha entendido que el mundo está fuera, ya no quiere estar en casa.
—Se rio—. Figúrese que esto hace tiempo que tampoco lo utilizábamos. Pero ayer probé y funciona todavía.
Se levantó y se dirigió a un tocadiscos que tendría como mínimo cuarenta años, pero quizá fueran cincuenta o sesenta.
Abrió la tapa de cristal y sacó un sencillo de su funda.
Lo cogió por los bordes con las dos manos.
Fabio pensó que hacía siglos que no veía uno de esos.
Gemma lo puso en el plato, levantó el brazo de la aguja y se quedó observando el disco, que había empezado a girar.
Por fin, colocó la aguja con delicadeza.
Estaba rara. Muy rara. Pero Fabio no acertaba a identificar por qué exactamente.
Che male fa
stringere i denti
per una volta
anche se so
che del mio cuore
poco t’importa. 1
—Es Mina, ¿verdad?
Gemma lo miró asombrada.
—Sí.
—La escuchaba mi madre. Puede que sea la única cosa que hemos compartido sin enfrentarnos.
—Nos vamos dentro de poco. Elena y yo. De crucero.
—Qué bonito.
—Sí. Vamos al mar Rojo. Nunca he estado. Veremos las pirámides...
Che male fa
credermi amica
per una sera
fingere ma
anche così
darti tutto di me. 2
—¿Quería hablarme, Gemma?
Nunca había reparado en la prepotencia con que entraban en esa casa los rayos del sol. Cantuzzi debía de haberlo pensado mucho, como hacía con todo, antes de decidirse a construir justo allí.
—Quería verlo. Han venido aquí sus compañeros de trabajo... Me han explicado...
—Mire, Gemma... —la interrumpió él.
—No, por favor, no hace falta que me diga nada. Usted solo debe escucharme y luego marcharse.
—No es como le han dicho.
—Cállese. Y escúcheme. He comprendido enseguida que lo que movía a esas personas era solo la envidia, que no eran más que unos miserables que venían a mi casa para destruir la reputación de un compañero.
—¿Se da cuenta...?
—Le ruego que me deje hablar. Querían hacerle daño.
Causarle problemas. Los eché con cajas destempladas.
No valían mi tiempo. Esa noche, cogí todos los papeles que usted ha traído aquí...
, ¿desde hace cuánto, un año? Más. Mi marido me enseñó a no tirar nada.
«Ten cuidado, que cualquier día vienen y te cuentan lo que les dé la gana.
Consérvalo todo», me decía. Era un empresario, sabía lo que se hacía.
De modo que revisé las copias de los documentos que había firmado.
Me sentí estúpida. —Suspiró—. Engañada como una niña.
Lloré, desesperada. En silencio, a escondidas.
Después de todo lo que ha pasado mi pobre hija, solo le falta recordar a su madre sollozando.
Estuve mal dos días. Me decía que ese dinero yo se lo habría regalado encantada.
Ya había pensado en la manera de saldar mi deuda con usted.
No estaba triste por el dinero. Tenemos tanto...
Se interrumpió para tomar un sorbo de té.
E non capire più
tra falso e vero
che spazio c’è. 3
—Lloraba porque me había sentido traicionada.
Pero ni siquiera se trataba de eso. Mi marido y yo estábamos enamorados, desde luego, pero es como si desde el primer día hubiéramos empezado a ser prácticos.
El sentido práctico nos hizo enfermar literalmente.
¿Dónde iríamos a vivir? ¿Dónde sería más útil para su carrera?
¿Cuántos hijos tendríamos? ¿Cuánto dinero necesitaríamos si queríamos mandarlos a estudiar al extranjero?
Estábamos siempre en ese plano de realidad.
Tener la cabeza en las nubes era inadmisible.
—Se inclinó hacia él—. Una vez, cuando empezó a estar mal, mi marido me dijo la cifra que teníamos en la cuenta.
Me quedé patidifusa. Por eso, tras los primeros encuentros con usted, tras esas charlas tan agradables, ya no quise hablar más del tema.
Estaba cansada de ser pragmática. Pero usted, con sus engaños, me ha puesto de nuevo los pies en la tierra...
Fabio se levantó, incómodo. No quería saber el final.
—Quédese sentado, me lo debe. —La voz de Gemma era amable incluso cuando daba órdenes.
Fabio se paralizó—. Toda la vida encerrándome, escondiéndome, y al fin, a mi edad, había encontrado en usted a un amigo.
Una persona de la que encariñarme, con la que recordar por fin lo que ha sido mi vida sin sentirme juzgada.
El destino no ha sido amargo con usted como lo ha sido con nosotros, pero, desde el primer día, tuve la sensación de que también usted albergaba algún dolor.
Quizá no tan profundo como el nuestro, una pérdida como la que hemos sufrido no puede compararse con nada, pero algo había.
Si no tuviera la edad que tengo, alguien podría haber insinuado que estaba enamorada.
Me ha dado la sensación de que sus compañeros lo pensaban.
Yo lo defendía, y ellos sonreían con disimulo. ¡Miserables! Peor aún, ¡cabrones!
Hizo una sonrisita.
—¿Ve como si me empeño sí soy capaz de decirlo?
Me estoy liberando de un montón de cosas: para eso tenía que llegar a esta edad, mire usted por dónde.
Pero, naturalmente, no era así como lo veía yo: pensaba solo que nos habría hecho compañía a Elena y a mí.
Hemos estado tan encerradas... Por fin alguien frecuentaba esta casa, nos daba ganas de volver a estrenar la mesa de pimpón del jardín; de vestirnos bien, de lucirnos.
No es que pensara que nos fuéramos a ir juntos de vacaciones, pero sí un fin de semana, quizá.
Usted habría venido con su esposa. Quizá me habría sentido algo celosa: no de Carolina, por supuesto, pero sí de su vida, de su felicidad, de su juventud.
¿Por qué tuvimos que sufrir tanto Angelo y yo?
Era evidente que no esperaba una respuesta y, de hecho, siguió hablando.
—Usted supuso un gran alivio. Elena y yo volvimos a conversar juntas: fantaseábamos sobre usted.
Nos preguntábamos si algún día usted y su esposa nos invitarían a cenar.
Nos habíamos sentido apreciadas, escuchadas.
La ligereza que nos transmitió me ayudó a conciliar el sueño después de decenios de angustia.
Me iba a la cama sin comprender cómo había podido llegar hasta la noche, y me preguntaba cómo iba a poder soportar otro día más.
Le estoy profundamente agradecida por la tregua que me regaló.
Sonreía, pero entonces su semblante se ensombreció.
—Estos son pensamientos que tuve después.
En un principio me sentí tan humillada...
Cuando comprendí su engaño, me odié: vieja estúpida, vieja idiota.
Por suerte, duró poco, solo un par de días.
Me lo estaba tomando de manera personal, pero después comprendí que usted simplemente es así.
No es cierto que lo haya calculado todo, que haya mentido siempre.
Eso no lo creí ni por un momento siquiera.
Yo sé que también usted disfrutaba de nuestras conversaciones, que también usted necesitaba esa calidez, que se sintió comprendido por mí.
Entre engañarme y ser mi amigo nunca ha habido contradicción.
Fabio se levantó, fue a su encuentro y alzó las manos para pedirle que parara, como si estuviera pidiendo tiempo muerto en un partido de baloncesto.
Una vez, un compañero suyo de clase se enfrentó a un examen oral a final de curso y, mientras se dirigía al estrado, se desplomó entre los pupitres.
Se puso a gritar y a temblar, sujetándose la rodilla; el bedel llamó a una ambulancia y se lo llevaron a urgencias.
Fabio y los demás se preocuparon mucho: era una promesa del baloncesto, tenía por delante un futuro de campeón...
Pero, al cabo de unos días, se descubrió que todo había sido una puesta en escena, por miedo a suspender y fastidiarse las vacaciones.
¿Había algo que él también pudiera hacer para parar el curso de los acontecimientos? No, no lo había. Gemma, mientras tanto, seguía hablando.