Siete
Siete
Meses después del funeral de Cantuzzi, al principio de la primavera, la frontera moral, legal —¿de qué se trataba exactamente?
—, estaba más que superada: Fabio ya no tenía esos momentos en que se quedaba sin respiración y era presa de la ansiedad.
También había desaparecido el miedo a hundirse, a ser aniquilado. Ya nada le importaba.
Volvió a charlar como si nada con sus compañeros y a plantear la posibilidad de una nueva fiesta, que se podría celebrar siempre después de algo: las vacaciones, el verano, el invierno o el plazo que fuera.
Volvió a bromear con Sybille Wagner, fingió no captar sus indirectas repetidas, siguió con los trámites para obtener el poder general.
No era muy difícil darse cuenta de que se acercaba el final.
Pero era extraño, y, a diferencia de lo que creía Gianni, lo que lo haría caer no sería la envidia, sino un sentimiento mágico del que él mismo le había hablado.
Llegó el verano y, antes de que terminara, Fabio pasó unos días en las colinas friulanas, en una localidad turística conocida por sus aguas termales.
Se alojó en un hotel de lujo con una decoración pasada de moda, frecuentado solo por viudas muy ancianas que llevaban allí desde primeros de junio y se quedaban hasta septiembre.
Estaban solas, apenas las visitaba alguna hija o hijo que no tenía ninguna gana de estar con ellas, se quedaba un par de días y luego se iba.
Quienes les hacían compañía eran los camareros y el personal del hotel.
Cuando no tenían a nadie a su servicio, trataban de pegar la hebra con los demás huéspedes.
En cuarenta y ocho horas, Fabio formalizó la compra de dos casas, que puso a nombre de Gianni en nuda propiedad: estaban junto a un río, ideal para ir a pescar.
¿Se lo estaba pasando bien? Ya no lo sabía.
Al principio del otoño, fue a recoger a la señora Cantuzzi —a la que seguía dirigiéndose de usted, pero a la que ahora llamaba cariñosamente Gemma— y a su hija Elena.
«La señora Gemma», como la llamaba cuando hablaba de ella con Carolina para distinguirla de «Cantuzzi», que era Angelo, se había puesto rímel en las pestañas y un toque de colorete en las mejillas. Parecía renacida.
Les estrechó la mano a ambas, apoyando cada vez la mano izquierda sobre la derecha de las dos señoras para que el gesto fuera menos formal.
—¿Están bien?
Las ayudó a subir al coche, casi como si se tratase de una vieja tía que lo había criado y de una prima un poco rara, pero a la que tenía cariño.
Participó con ellas en el ritual de sus desayunos sibaritas, el olor a madera del local de solera, la clientela de edad avanzada y tan aristocrática.
Todos esos dulces —«no puede no probarlo»—, y luego el capuchino con el corazoncito, la hoja y la flor dibujados con cacao sobre la espuma, el café manchado, con nata, de cebada, al ginseng , solo, sin licor.
Coincidieron con algún conocido, y, por una vez, Gemma no se vio en el apuro de llevar el peso de la conversación: para eso estaba Fabio.
Salieron de la pastelería al cabo de una hora larga, saciados de buen humor y de dulces.
Como de costumbre, Gemma los invitó, pese a los intentos de Fabio de pasarle su tarjeta a la camarera: de ahí a poco tiempo, Gemma Cantuzzi entendería cuánta ironía del destino había en esa insistencia.
Subieron los tres al coche de Fabio, tan parte ya de ese núcleo familiar diezmado y torturado que no tuvo necesidad de preguntar nada.
Tomó la carretera que llevaba a las afueras.
Lanzó una mirada a la vastedad de la llanura, que poco a poco iba quedando encajonada entre las montañas: «Montañas de mierda, montañas de mierda», sabía que estaba pensando Gemma.
Lo pensó a la vez que ella. Él también tenía que encontrar la manera de desahogarse. ¿Banco de mierda? ¿Clientes de mierda?
Poco después, tras dejar el coche en el área de servicio, entraron en el cementerio y se pararon delante de las lápidas de Stefano y de Angelo.
Esas fotos, esos rostros, esas fechas: ahora ya lo sabía todo de memoria.
Compró él las flores y se colocó entre la madre y la hija para recitar con ellas la oración que las dos mujeres —y, en el pasado, también Angelo— susurraban a guisa de saludo.
«Dios te salve, María, llena eres de gracia, el Señor es contigo. Bendita tú eres entre todas las mujeres..., ruega por nosotros, pecadores...
»Amén.»
Gemma quitó del jarrón las flores viejas, se acercó a una fuente a cambiar el agua y colocó con mimo las flores nuevas.
Montañas de mierda.
Se alejaron unos pasos para saludar a Angelo, y también allí cambió Gemma las flores.
«Concédeles, Señor, el descanso eterno,
»y llévalos a la luz eterna.
»Descansen en paz.
»Amén.»
Miraron la foto en la que posaba Angelo con Stefano en la montaña: así lo había pedido, y así se había hecho. Nunca lo habían contrariado, y ahora yacía allí con su hijo.
—Se han ido, ¿verdad, mamá? ¿Quién sabe dónde estarán papá y Stefano?
Por un momento, Fabio pensó en los dos como si la foto la hubiera sacado él.
Ateridos, cansados, pero orgullosos y felices.
Stefano, al que no había conocido, era solo un adolescente; Angelo tenía un aire todavía juvenil.
Era la misma foto que había visto en la cocina, donde Gemma, ahora que tenían confianza, le ponía el café.
Un instante de felicidad infinita que había observado ya tantas veces, y con tanta frecuencia, que casi le parecía haberlo compartido con ellos.
Se preguntó a qué no habría querido renunciar de ninguna manera si también a él, como a Stefano, le hubiera tocado irse tan joven. No se le ocurrió nada.
Las semanas sucesivas, Fabio recibió nuevas peticiones de dinero por parte de Wagner.
Le pidió otros veinte mil euros a modo de préstamo para saldar una vieja deuda.
No hizo mención alguna a los más de setenta mil que ya se había embolsado ni a su intención de devolvérselos.
¿Para qué desperdiciar tantas palabras cuando era precisamente su silencio el motivo de esas transferencias de dinero?
Cuarenta mil fueron, en cambio, los que pidió el notario para otro capítulo del acto mediante el cual blindaba la voluntad de la señora Cantuzzi de dejarle manejar libremente sus asuntos.
La cuenta atrás corría deprisa, pero Fabio no tenía ni pizca de ganas de oponer resistencia.
Estaba cansado. Siguió comprando relojes, coches, apartamentos y joyas, satisfaciendo las peticiones de quien estaba al tanto de todo y lo obligaba a una justa recompensa.
Quería parar, pero ¿con qué fin? Ya se ocuparían otros de pararle los pies.
Estaba pasando a ser como ellos: ya no le importaba nada en absoluto lo que compraba.
—Nos hemos convertido en bandidos, pero los demás... —le comentó a Carolina con amargura una noche en que cenaban comida tailandesa, pollo asado con curry rojo. Ya casi nunca cocinaban ni salían a cenar: lo pedían todo para llevar a casa.
Lo dijo y calló, tratando de dilucidar si ella era consciente de las consecuencias que pronto tendrían que afrontar.
Le sirvió un poco de Chang Beer y no hablaron más del tema: lo que tenían que decirse ya se lo habían dicho en el coche aquella tarde.
Ahora solo quedaba dejar que ocurrieran los acontecimientos.
Estaba bajo chantaje, y disponer del poder no lo tranquilizaba.
Gemma Cantuzzi, por lo demás, no era un caso aislado: hacía solo un tiempo que había empezado a saquear su cuenta exclusivamente, pero ¿y antes?
¿En los últimos cinco años? La oficina de control estaba haciendo seguramente las debidas comprobaciones, indagando sobre esos movimientos.
En parte era así, desde luego, pero a esa serie de coches patrulla que se presentaron en su casa se llegó por una vía del todo inesperada.
Fabio y Carolina no celebraron la Navidad, no hablaron de ello siquiera. Se limitaron a pedir una montaña de ostras para el almuerzo —Fabio descubrió que ni siquiera le gustaban, demasiado viscosas— y no se movieron de casa.
Había una extraña sensación como de espera, pero aún tuvo que pasar un mes para que Gemma Cantuzzi lo telefoneara, incómoda: algunos compañeros de Fabio la habían llamado, insistiendo en acercarse a verla con distintos pretextos: a principios de diciembre, para felicitarle la Navidad y, después, como ella había ganado tiempo, en enero, para el Año Nuevo.
Hacía poco que habían vuelto a la carga.
En el pasado, había tenido contacto con ellos, personalmente o a través de su marido, pero se había interrumpido a partir del momento en que la gestión de su patrimonio se la habían encomendado por completo a él.
Y hacía casi un año y medio que Angelo ya no estaba.
—No sé qué quieren, pero no he tenido fuerzas para volver a negarme. ¿Puede venir usted también, Fabio? Sería mañana por la tarde.
No podía y no quería. Nadie le había dicho nada, y eso bastaba para entender que se estaban preparando para lanzar su ataque. ¿Cuánto habían tardado?
—Gemma, creo que simplemente quieren saludarla. Si le propusieran inversiones, estaría muy feo por su parte. Pero son cosas que pueden ocurrir, ¿sabe?, estamos todos un poco de uñas unos con otros... Usted no firme nada y consúlteme a mí para cualquier cosa.
Le contestó desde el fijo de la oficina: hablaba, sabiéndose protegido por las paredes acristaladas de su despacho, mientras miraba a sus compañeros.
Los días sucesivos, esperó una llamada que no llegó. Al tercer día de ese encuentro, llamó a Gemma, pero no le respondió. Fabio se preocupó.
—Por ella, se lo juro —le dijo al fiscal.