Seis #4
—Entramos en un banco. No parecía un banco.
No había ventanillas ni empleados, ni policías con la pistola en la funda.
Parecía más una clínica, pero en la puerta había leído en una placa BANCO NO SÉ QUÉ .
Enseguida reconocieron a mi padre. Vino a nuestro encuentro una señora, y nosotros la seguimos.
Tenía tacones de aguja y las pantorrillas bien torneadas, era guapa.
Pero yo era una chica de veinte años y ella, que debía de tener cuarenta y cinco, me pareció vieja.
A mi padre, no: por primera vez lo vi bromear con una mujer que no fuera mi madre.
Flirteaba. Tenía una voz algo distinta, una mirada divertida, pero seguía sin explicarme nada.
La señora nos invitó a sentarnos en una salita, y luego llegó un tío.
Amabilísimo. ¿Sabes esos que igual tienen diez hijos pero eres incapaz de imaginártelos follando, gozando, perdiendo la cabeza?
Era gélido y aséptico, como todo cuanto nos rodeaba.
Con voz monocorde, me dio la bienvenida y me explicó que mi padre quería autorizarme en su cuenta.
Si ocurría cualquier cosa... Era suizo, por eso no cruzó los dedos.
Era todo muy formal. Por un momento, pensé que era estimulante.
Estaba infringiendo la ley con mi padre, éramos cómplices.
Firmé, salimos de allí en un santiamén, compramos un poco de chocolate, pasamos tranquilos por la aduana, total, no llevábamos nada en los bolsillos, y volvimos a casa con mi madre y mi hermana.
Mi madre había preparado hígado a la veneciana.
No hablamos de bancos ni de Suiza, pero ella sabía perfectamente dónde habíamos estado. Me sigues, ¿verdad?
—Creo que sí.
—¿Quieres huir? Estoy contigo. ¿Quieres quedarte? No tienes nada que temer. Has pasado al otro lado: estás robando como un rico, no como un pobre. Y el sistema está hecho para proteger a los que son como tú. O como mis padres. —Vaciló—. Pero ahora dime la verdad.
Debía de haber acelerado un poco más. Los demás coches parecían inmóviles: veías uno doscientos metros por delante y, un momento después, ya lo tenías a la espalda.
—¿Por qué?
—Porque no lo has hecho por mí. Y yo no me he casado contigo para tener una vida que ya tenía.
Tenía razón también en eso. No lo había hecho por ella siquiera. Lo había hecho porque podía hacerlo.
—Doscientos cinco.
—Más deprisa.
—Quería probar, y luego ya no pude parar. Podría decir que no soy peor que los demás. Pero no me interesa justificarme.
—Mejor. ¿A cuánto vamos?
—Doscientos veinte.
¿Se podía tener todo bajo control?
¿A esa velocidad? ¿Cómo funcionaba? ¿No bastaba un instante de nada para que todo se fuera a la mierda? Un guijarro bajo el neumático... ¿Se podía tener todo sin arriesgar nada?
En ese punto, la carretera describía una ligera curva. Ahora Fabio estaba concentrado solo en conducir. Los neumáticos se adhirieron al asfalto como si estuvieran clavados. Sin apartar la mirada de la carretera, Carolina llevó la mano hasta su muslo.
—Doscientos treinta —susurró él. Le temblaba la voz.
Probó a pasarse al carril izquierdo, pero luego encontró un hueco a la derecha para dejar atrás a un camión que estaba rebasando a duras penas a un coche en el carril de adelantamiento.
El Lotus seguía estable, pero ahora era imposible no sentir que iba a velocidad de vértigo.
Otra ligera curva, un coche muy lento delante de ellos, un nuevo adelantamiento por la derecha.
La campiña al otro lado del guardarraíl solo como una estela verde y marrón, moteada del gris de viejos establos.
Fabio entrevió de reojo un tractor que maniobraba en mitad de un campo.
—¿Acelero más?
—Sí.
Doscientos cincuenta.
A esa velocidad, ¿cuáles eran los tiempos de frenado? ¿Las trayectorias más seguras?
Ambos tenían la espalda pegada al asiento. ¿Era solo una sensación? La carretera se volvió minúscula, al fondo, estrechísima. Ruidos de motor, neumáticos, pequeñas sacudidas en los pliegues del asfalto. Más coches adelantados, luego un camión y una furgoneta.
—Doscientos setenta.
¿Cómo de alerta tenían que estar los reflejos para no estrellarse?
Ese guardarraíl cada vez más cerca: ¿cuánta sensibilidad debía tener en las manos para no volcar, para permanecer en el carril sin derrapar?
¿Cuánto podían seguir así? Otra curva, leve.
Carolina se puso a gritar. Ahora estaba aterrorizada.
—Joder, ¿quieres que nos matemos? —gritó. Pero no lo decía porque quisiera que frenara, solo quería saberlo de antemano.
Trescientos. Trescientos cinco.
Estaba con la mujer a la que amaba, había tenido una buena vida y no tenía ninguna perspectiva de salir airoso. Un volantazo, y todo terminaría.
No.
Levantó el pie del acelerador y empezó a aminorar, sin saber si eso era lo que quería ella también. A ciento cincuenta, puso el intermitente y tocó ligeramente el freno. Sentía escalofríos, apenas conseguía ya sostener el volante sin derrapar. Paró en un área de descanso y se echó a llorar.
Carolina le cogió la mano.
—Cuando te elegí, sabía que eras así. Todo el mundo tiene miedo.
Miedo de cambiar. De arriesgar. De intentar ser feliz.
Nosotros lo estamos intentando. ¿Acertamos o nos equivocamos?
No lo sé, Fabio. ¿Acabaremos en la cárcel?
Quizá. Pero al menos será algo nuestro. Estoy temblando, pero toda esta locura es lo más cercano a la vida que me ha ocurrido en siglos.
La miró pasmado. Estaba sin aliento. A él le había parecido justo lo contrario: lo más cercano a la muerte. Era una historia de fantasmas, hacía tiempo que se había dado cuenta. Carolina, no.
—¿En qué punto estás, Fabio?
—Justo a punto.
—¿Cuánto tiempo tenemos?
—No lo sé. Creo que poco.
—¿Quieres huir?
—Ahora no.
—¿Cómo va la señora Cantuzzi?
—La estoy saneando.
—Pensaba que erais amigos...
—Y lo somos.