El estafador Seis #3
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Seis #3

Avanzaron, arrullados por ese motor de ensueño, por el aroma de esos interiores, de esos asientos envolventes, de la carrocería que, una vez en la autopista, hendía el viento que era una maravilla.

Alcanzaron y cruzaron una primera frontera casi sin darse cuenta, seguida de una segunda.

Fabio sintió la mano de Carolina posarse con delicadeza en su rodilla.

Decía: «Estoy contigo, cuando quieras, te escucharé. Y, si no quieres hablar, no pasa nada».

Miró el paisaje: de joven había hecho un largo viaje por el este de Europa con un par de amigos en un Panda, horas y horas de coche, fumando un cigarrillo tras otro, diciendo tonterías de veinteañeros, entre el olor a cerveza.

«Ahora no empieces con la chorrada de la inocencia, ¿eh?», se dijo.

A saber qué habría sido de esos chicos. De vez en cuando algún encuentro casual, charlaban un poco y, luego, nada, cada cual a su casa.

Una pena.

Rehuyó esos pensamientos para espiar a Carolina, que le devolvió la mirada. ¿Cuántos kilómetros llevaban? Volvieron a parar a llenar el depósito. Había tanto amor en ella, en todos sus gestos... Se sentía seguro. Podía decírselo todo.

Empezó. Desde muy atrás.

Desde el hecho de que ese dinero lo había robado porque quería acabar, un día, en ese coche, de paseo por Europa con ella y, en el maletero, cuatro estuches con joyas y relojes que valían ellos solos el sueldo de toda una vida de gran parte de las personas que conocía y con las que había crecido.

Quería esas miradas en los semáforos, esas miradas en los retrovisores, ese tono de voz cuando entraba en la joyería más elegante y lujosa de la ciudad.

—Una noche, estaba viendo unas inversiones que había hecho para un tipo, no te digo el nombre, uno de esos con los que podrías coincidir cenando en casa de tus padres, ya sabes, mismos círculos, mismos colegios.

Lo había visto esa mañana en su chalé de la colina.

Acababa de llover, y quiso pasear por su jardín: había ese olor tan rico a hierba mojada y una ligera niebla, como un velo sobre la ciudad, que se extendía allá abajo.

Él parecía Guillermo de Inglaterra o un monarca belga: ¿sabes ese estilo sport elegante de cuando eres rico, que, aunque vistas sencillo, te queda de fábula?

Si lo hago yo, me queda de pena. Pero a él no.

Había cumplido los cuarenta y no tenía trabajo, ni más ocupación que charlar conmigo, enseñarme las vistas y los cuadros del salón.

Era amable, tranquilo. Las cosas le iban tan bien que ni siquiera tenía necesidad de ser malvado.

Yo lo miraba, y pensé que quería darte a ti la misma vida que tenía él.

Quería que fuéramos como él. Me fui de allí con su firma en varios formularios.

Es de locos, pero, al cabo de varios meses, se cansan de leer, de comprobar, y lo firman todo.

Están encima del camarero para que no les tangue diez o veinte euros con la cuenta, y a mí me dejan hacer lo que quiera tranquilamente.

Esa tarde ya sabía cómo actuar, con un par de truquitos le birlé treinta y cinco mil euros.

Me fui a la cama y dormí como Dios. Así empezó todo.

No era verdad.

—Un día, mi padre vino a recogerme a la universidad después de un examen —empezó diciendo Carolina—.

No lo había hecho nunca, no pensaba que supiera siquiera las fechas de los exámenes, pero me lo encontré ahí de repente.

«¿Tienes tiempo, vamos a dar una vuelta?

», me preguntó. Yo ya había hecho el examen, así que estaba libre, y feliz de que me lo propusiera.

No me explicó nada. Solo me dijo que se había asustado: había tenido un accidente hacía unos meses.

El coche estaba destrozado, pero él se había librado con unos pocos rasguños.

Eso, decía, lo había hecho pensar. Verona, Brescia, llegamos a las afueras de Milán y tomamos en dirección a Como.

«Papá, pero ¿dónde estamos yendo?», le pregunté.

Y él, nada, callado. Llegamos a la frontera con Suiza.

Había un aparcamiento muy grande, y dejamos allí el coche.

Pasamos a pie delante de los guardias de aduanas sin que nos mirasen siquiera.

Por todas partes había bancos y tiendas de chocolate... ¿A qué velocidad vamos?

—A ciento sesenta, más o menos.

—Acelera, imbécil.

Fabio aceleró. Ciento ochenta. Ciento noventa.