El estafador Seis #2
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Seis #2

—Depende del tiempo. Tú lo que tienes que hacer es no saber nada. Si no sabes nada, si no mueves el dinero, si no lo tocas, no tendrás que responder de nada. Diremos que te lo gestionaba yo y que no te tenía al tanto de nada.

—¿Y si algo saliera mal?

Fabio sonrió. Ya no era un chaval, pero era rápido.

—Lo tengo presente.

—¿Y?

—Y nada. Estoy preparado.

—¿Estás metiendo algo debajo del colchón?

Se quedó desconcertado por la franqueza de la pregunta, pero siguió hablando. Gianni parecía saberlo ya todo.

—La semana pasada estuve en Lavagna. En el puerto.

Fui a ver a uno que vende barcos. Les pregunté si podían llevarme a dar una vuelta.

Los había llamado antes. Vieron mi coche...

Basta con hacer creer que tienes dinero y todo son facilidades.

Me llevaron en barco hasta San Fruttuoso, ¿sabes dónde está el Cristo del Abismo?

El mar estaba revuelto, y pensé: «Voy a vomitar».

Soy hombre de tierra firme. Pero ni se notaban las olas, esos barcos son muy estables.

Luego el mar se calmó, y en el camino de vuelta parecía que volábamos.

Caben ocho personas, es como estar en un hotel de lujo.

Todos los camarotes tienen su propio cuarto de baño, revestimientos de maderas nobles, cromados y cristal...

Cuando llegué a Lavagna, encargué uno para mí.

—¿Cuál?

—Un Sunseeker.

—Caray.

—Cuando me lo den, salimos a dar una vuelta. Nos vamos en coche a Liguria y luego buscamos a alguien que nos lo tripule. Debería sacarme el título de patrón de barco. Pero igual ni me apetece.

—Estaría bien.

—Dame unas semanas.

—¿Fabio?

—¿Qué?

—Ten cuidado.

—¿Con quién?

—Con tus compañeros. Con los que se han quedado en tierra mientras tú echabas a volar.

—¿Por qué?

—Porque, si caes, no será por la moral o por la ley. Será por la envidia. Ándate con ojo con los envidiosos. Y ten cuidado también con los que piensan que el dinero solo puede ser suyo, que nosotros no estamos a la altura.

Se miraron un momento fijamente. Flotaba un aire de muerte, pero no era un wéstern.

Cuando Fabio se alejó, el huerto le pareció minúsculo y Gianni, enorme.

Después fue a otra casa, a pocos kilómetros de allí, en San Fermo.

Llamó al portero automático, que en realidad era solo un timbre.

Vio asomar la cabeza de su madre tras el cristal de una ventana de la primera planta.

La puerta del portal se abrió con un chasquido metálico.

Su madre no parecía sorprendida. Fabio subió la escalera con la percepción exacta de lo alto que era cada peldaño y de cuántos constaba ese tramo.

La puerta estaba abierta, entró sin llamar y fue directo a la cocina, que siempre habían utilizado de comedor y de sala de estar.

—Hola, mamá.

Su madre estaba planchando. Le dio un beso en la nuca sin que ella interrumpiera su tarea, y luego se preparó una cafetera.

—¿Cómo estás, mamá?

—Bien. ¿Y tú? ¿Tu mujer?

Dobló en cuatro el pañuelo después de plancharlo y le dio un último toque con la plancha.

—Carolina está bien.

—Nunca vienes con ella. ¿Es que le doy asco?

—Mamá, para ya... ¿Te apetece venir al lago con nosotros, un domingo de estos? Lo he estado hablando con Carolina. Hay un sitio donde preparan unas truchas riquísimas.

Su madre meneó la cabeza.

—Ha venido a verme Roberta...

A Fabio se le paró el corazón.

—¿Te ha hecho ilusión? Decías que ya no quería verte a ti tampoco.

—Hemos hablado. Me lo ha contado. No me sorprende que las cosas hayan terminado así.

Hablaba mientras planchaba, sin mirarlo a la cara.

En un primer momento, Fabio se había sentado para tomarse el café, pero, ahora que la taza estaba vacía, se puso a dar vueltas por la habitación.

Miró afuera, a otras casas parecidas a la de su madre, algunas con las persianas bajadas, abandonadas desde hacía tiempo.

En un momento dado, los jóvenes se habían marchado de ese agujero, o habían heredado apartamentos en los que no querían vivir y que no valía la pena ni alquilar siquiera.

Te lo alquilaba un desgraciado por cuatro perras y, al cabo de tres años, te lo devolvía hecho una pena.

—Dice Roberta que está preocupada por ti.

—¿Te ha explicado la razón?

—No. Pero he comprendido que hice bien en pararte los pies.

Esa transferencia que me hiciste... Vi el dinero un mes después, en el extracto.

Y me preguntaba: «Pero ¿y el banco? ¿Ven que me ingresa un montón de dinero y no dicen nada?

». —Insistía con la punta de la plancha sobre las pinzas de un camisón—.

Igual soy demasiado vieja para entenderlo.

Lo que está claro es que nunca hemos visto tanto dinero junto.

No sé de dónde lo has sacado, pero no lo quiero.

—Lo sé, mamá. Ya me lo has dicho. He anulado la transferencia.

—Pero, entonces, ¿su madre no quiso el dinero? —le había preguntado el fiscal.

—Amenazó con denunciarme.

—Quizá ahora esté usted exagerando.

—Le digo que amenazó con denunciarme.

—Y ¿qué hizo usted?

—Le dije que ganaba bien. Que el dinero era mío.

—¿Y su madre lo creyó?

—¿A usted qué le parece?

—Pareces satisfecho —prosiguió su madre—. Yo, en cambio, me avergüenzo. Me avergüenzo de ti. Todo el mundo habla de lo mucho que gastas. Me envidian. Dicen que eres un hombre de éxito. Pero yo sé quién eres. Lo he sabido siempre.

En la habitación olía a limpio. Su madre dejó una toalla de felpa junto a una sábana rosa, sin una arruga.

Fabio miró afuera. De pronto, se había levantado niebla. Las ventanas de la acera de enfrente se volvieron borrosas. Quizá todo lo que estaba pasando fuese solo una alucinación. Nada era real: a fin de cuentas, ese mismo dinero que movía de un lado a otro no lo había visto jamás.

—Lo único que siento es que no esté aquí papá —dijo de pronto su madre con un suspiro.

Al oír la palabra papá , a Fabio le dieron ganas de resoplar, estaba volviendo a la infancia. Pero se contuvo.

—¿Por qué?

Ella lo miró fijamente.

—Una vez me dijo que pensaba que te convertirías en un delincuente.

Que había algo en ti que lo asustaba. Yo te defendí.

Le dije que sacabas buenas notas en el colegio, que serías contable.

Que tú también llegarías a ser un hombre de provecho.

Discutimos. Pero aquí estamos... Tenía razón él, y me gustaría que estuviera aquí para pedirle perdón.

—Mamá, ¿por qué papá no fue nunca a visitar a sus amigos del servicio militar?

—Porque estaba bien en casa. Porque estábamos bien juntos. Porque nos bastaba con lo que teníamos.

—Eso nunca ha sido así.

—Porque tú lo digas.

Fabio no supo qué contestar, no se le ocurría nada.

—He venido a saludarte.

Su madre había reanudado su tarea con la plancha, no levantó la cabeza.

—Pues ya lo has hecho. Ahora, vete.

Fabio se fue, pensando que con cuarenta años cumplidos le tenía más miedo que con siete.

—Mi madre lo sabía. Mi exsuegro, también. ¿La doctora Wagner? Por supuesto que lo sabía. Y el notario. Y quién sabe cuántos más. Sin embargo, no ocurría nada. ¿Entiende, doctor, que eso no tenía sentido? Y, como no tenía sentido, a esas alturas pensé que debía concederme algún caprichito más.

Una tarde, volviendo del trabajo, abrió de par en par la puerta de la nave para entrar con el coche y aparcó al lado del Lotus negro. Bajó y miró a su alrededor: ahora los coches eran cinco. Todavía quedaba mucho sitio para albergar alguno más.

Se fue derecho al armario y rebuscó debajo de unas mantas hasta encontrar la pequeña caja fuerte.

Tecleó el código y luego cogió una bolsa y metió dentro unos estuches de terciopelo.

¿Lo detendrían? ¿Se le había puesto cara de ladrón?

La había tenido siempre, bastaba con saber mirar bien.

Se subió al Lotus: al comprarlo, solo había podido encender el motor.

Después, se había sentado en el asiento del pasajero, y un empleado del concesionario lo había conducido por él.

Demasiado arriesgado: o lo comprabas, y entonces podías probarlo, o tenías que contentarte.

El empleado se había puesto los guantes y había arrancado, dejándolo pegado al asiento.

¿Cuántos eran los que pedían probarlo sin tener ni la décima parte de lo que costaba?

Y él tenía más dinero que tiempo, por lo que no había insistido.

Como con las joyas o la casa que había comprado y puesto a nombre de su suegro. De su exsuegro.

Lo puso en marcha para escuchar el motor: meterse coca debía de producir el mismo efecto. Fabio no lo sabía porque nunca había esnifado.

Metió la marcha atrás: un momento, y ya no eras la misma persona.

Eras tú, pero se te abría de par en par un universo de posibilidades.

Salió muy muy despacio y se dirigió a su casa.

En cada semáforo, cada vez que frenaba, cada vez que adelantaba, lo miraba todo el mundo, tenía un efecto imán.

Era embriagador. Hasta el mayor pringado se subía a un coche como ese y...

Aparcó en el garaje para no dejarlo a la vista, pero al menos cinco o seis pares de ojos se habían fijado en el coche y otros tantos debían de haberlo reconocido a él. Ya no importaba.

Una vez arriba, guardó dos o tres mudas en una maleta y otras tantas para Carolina.

Añadió dos trajes de baño, sin saber por qué.

Cepillo de dientes, pasta, colonia y desodorante.

Cerró la puerta tras de sí, pero luego volvió a entrar.

Miró bien el apartamento, como si quisiera memorizarlo, y bajó de nuevo al garaje.

«Nos vemos dentro de diez minutos en la puerta», le escribió.

La encontró esperándolo en la calle. Por algún motivo, no parecía asombrada por el coche.

—Hola.

—Hola.

Se besaron y se sonrieron sin decir nada.

—Sube...

—¿Cómo estás?

Nada, ni mu. No hacía falta decir nada.