Seis
Seis
Podía decidir cualquier cosa, coger y largarse lejos, pero no sin cerrar ciertos paréntesis abiertos hacía decenios.
¿Su madre era un paréntesis? Y, si lo era, ¿había que cerrarlo o dejarlo abierto?
A bordo del que desde hacía un tiempo llamaba «el coche normal», Fabio se dirigió a una casa y un pueblecito que en el pasado había frecuentado con regularidad.
La «casa de los domingos», esa en la que sus exsuegros pasaban los fines de semana cuando todavía trabajaban y en la que se habían instalado desde su jubilación. Hacía bastantes meses que Gianni y él no habían ido a pescar juntos, una costumbre que ahora le parecía muy lejana.
Bajó del coche y vio a su exsuegro acudir a su encuentro. Seguía igual: caminaba erguido, solo que un poco más despacio.
—Te he llamado un par de veces, Fabio —le dijo.
Vestía unos pantalones arrugados remetidos dentro de unas botas verdes y un jersey de lana sin forma.
—He estado muy ocupado.
Detrás de él, otras casitas con otros huertos hasta donde alcanzaba la vista, colinas y, más lejos, el río. Se acercó a él, con cuidado de no mancharse los zapatos de tierra.
—¿Ha venido? Roberta, digo.
—Sí, ha venido.
—Me lo imaginaba.
El cielo estaba azul, no había una sola nube y poca niebla. Esta se levantaba normalmente más tarde.
—Vino ayer por la mañana. No para de hacerme preguntas. Quiere saber si me la estás jugando.
—¿Y tú?
—Pues yo esperaba que vinieras tú. Para oírtelo a ti. Dice que cuentan cosas raras por ahí.
Gianni lo miraba, en busca de alguna respuesta.
Fabio negó con la cabeza.
—¿Te acuerdas de ese día? ¿Cuánto tiempo ha pasado desde esa tarde en la puerta de mi casa? Ya casi cinco años. Ahora estás distinto, pero tengo la sensación de que otra vez estás en un lío.
Igual siempre había estado en un lío. Ahora más que nunca.
—¿Y tu mujer? —preguntó para cambiar de tema.
—En casa.
—¿Cómo está?
—Mal. Ya no puede andar. Tenemos la misma edad, pero yo ando y ella se arrastra. Me da pena.
Miró hacia la casa. Había envejecido al mismo tiempo que ellos.
—Lo siento.
—Lo sé. ¿Quieres entrar a saludarla?
—Hoy de verdad que no puedo.
Pasó una furgoneta metiendo ruido e interrumpió su conversación.
—Haces las cosas juntos durante tanto tiempo, y un buen día todo cambia.
—¿Y la pesca, Gianni?
—No he vuelto a ir. Demasiadas normas, demasiados controles. Me multaron y se me quitaron las ganas.
—Te entiendo.
—Pero no has venido aquí por eso.
Ahora era él y no Wagner quien se andaba con rodeos.
—No, he venido para hablarte de una cosa —dijo por fin.
—Bueno, pero vamos a dar un paseo.
Apoyó el rastrillo con el que estaba quitando las malas hierbas junto a la pala y las tijeras de podar. Se quitó los guantes y luego fue a quitarse también las botas.
—Me alegro de verte, ¿sabes?
—Yo también.
Se encaminaron, uno con zapatos de piel de becerro y otro con deportivas; uno todavía ágil y el otro cansado.
Viéndolos así juntos, causaban un efecto extraño.
Recorrieron un centenar de metros, bordeando un bosque de abedules, hasta que se detuvieron cerca de la orilla, junto a unas pequeñas embarcaciones.
Algunas todavía en uso, otras abandonadas desde hacía años.
Estas emanaban un tenue olor a moho y a podrido.
—Me ha caído una buena regañina. De mi hija. Dice que te estoy ayudando. O que me estás manipulando. Lo único que no se le ocurre es que yo sea capaz de decidir por mí mismo.
—¿Y tú qué le has dicho?
—A ella nada. A ti te digo que no me interesa lo que estás haciendo. O lo que vas a hacer. Te conozco. Cuando me abriste una cuenta, sabía que no era solo para hacerme ganar dinero. Tú siempre has tramado algo.
—¿Por qué aceptaste?
Se quedó un momento pensando.
—Es una larga historia.
—Quiero escucharla.
—Paso mucho tiempo solo en este periodo, y estoy venga a pensar... ¿Quieres uno? —le preguntó, sacándose una cajetilla de cigarrillos del bolsillo—. También he vuelto a fumar. A mi edad... ¿Se puede ser más tonto? Pero luego me digo: ¿qué más da ya que fume o que no fume?
—No, gracias, estoy bien así.
—¿Sabes, Fabio? —dijo después de darle una calada al cigarrillo—, alguna vez me he preguntado por qué siempre me he contentado.
Por qué me ha ido bien en esta vida, que ya con veinte años sabía que sería esta clase de jubilado: con botas verdes, un puñetero huerto y un jardincito enano que cuido como si fuera el de Versalles.
Otros tiempos, otras formas de pensar, podrán decir algunos.
Pero no es verdad: siempre han existido los que querían más, los que no se contentaban.
Yo no soy de esos. A mí siempre me ha parecido bien así.
Me paso los días aquí y estoy contento. Mi mujer en casa, viendo la televisión, y yo aquí, con mis lechugas, mis calabacines y mis puerros.
Y, mientras tanto, pienso. Pienso todo el rato.
Y una cosa en la que he pensado después de hablar con Roberta de ti es qué está pasando.
O qué estás haciendo. Me trae sin cuidado.
Más bien pienso: ¿cómo es que dos personas como tú y como yo nos hemos hecho amigos?
Hay algo mágico en la amistad: es libre.
A mi juicio, uno elige más a un amigo que a su mujer.
De modo que he tratado de entender por qué somos amigos.
—¿Y has encontrado la respuesta?
Él no tenía respuestas. Su vida se había convertido en pura acción; la de Gianni, en pensamiento solo.
—Hemos pasado buenos momentos. Tú eres un tiburón que caza en mar abierto, y yo un pececito de acuario, pero estamos bien juntos.
Es lo único que de verdad importa. La simpatía.
O algo parecido. ¿Te acuerdas de esa vez que volvimos cargados de lucios?
Era justo antes del crepúsculo, esa penumbra, la corriente en calma, ese silencio, ni un mosquito...
Charlamos a gusto sobre lo que nos había pasado esa semana.
—Se interrumpió como si estuviera saboreando el recuerdo—.
Tú esperabas que te ascendieran, yo me había encontrado con un viejo amigo.
No tenía nada de especial esa luz ni lo que nos contamos, pero durante un momento tuve una sensación de felicidad infinita.
Un momento solo, pero vaya si lo recuerdo.
—Te has convertido en un sentimental —comentó Fabio sin sarcasmo, solo con envidia—. De viejo quiero tener una barca como la tuya.
—Te imagino... Bueno, si no llevaras ese traje y esos zapatos ridículos, te propondría dar un paseo por el río.
Cuando todavía era un tipo inocente, le habrían dado igual los zapatos, se habría inventado un pretexto para el banco y se habría ido con Gianni. Pero no ese día.
—Como te iba diciendo —prosiguió Gianni—, me trae sin cuidado lo que estés haciendo.
Llevo toda la vida siendo honrado. Pero ¿por qué?
Quizá solo por falta de imaginación. Me educaron así, el fruto nunca cae muy lejos del árbol, etcétera, etcétera.
Me arrojaron aquí, a dos pasos de estas riberas, y de aquí no me he movido.
Pero si alguien me lo pregunta, los mejores momentos de los últimos diez años los he pasado de pesca contigo, navegando por este río sin una pizca de gloria, cogiendo pececitos de nada, pero cada vez era una fiesta.
Si me hace falta para mi mujer, para sus tratamientos, te pediré ayuda. Si no, haz lo que te parezca.
Calló, incómodo por haber hablado con tanta franqueza. Fabio se le acercó: con todos esos paseos en barca, tenía la piel curtida y rugosa para su edad.
—Perdona, es que nunca hablo con nadie. Con mi mujer, ni siquiera en el pasado. Así que, si llega alguien dispuesto a escucharme, abuso de su paciencia.
—En absoluto.
—Ahora cuéntame tú. ¿Qué está pasando en el mundo?
El río estaba ahí, a unos pasos. Fabio se inclinó para coger un canto rodado y lo lanzó, tratando de que rebotara en el agua.
—Es de locos trabajar con esas cuentas: no te haces una idea de la cantidad de dinero que va y que viene.
Vivimos en una de las áreas más ricas de Italia.
Lo sabemos pero no lo sabemos. Fingimos que no es así.
¿Y sabes por qué? Porque nos obligaría a preguntarnos cómo es que no estamos felices y contentos.
Podría darte mil ejemplos: gente que va de pobre, que se pelea por cuatro perras, pero tiene quince millones en el banco.
Es una enfermedad. La mayor parte no lo utiliza nunca, no lo toca.
Pequeñas inversiones seguras, una rentabilidad ridícula, pero en cantidades así, imagínate.
El uno por ciento de quince millones son ciento cincuenta mil euros al año.
¿Lo has pensado alguna vez? Sin mover un dedo.
No han trabajado nunca y los aterra perder su dinero.
Quedarse sin nada. Pasar a ser como nosotros.
Las familias se pelean por calderilla, se denuncian, se hacen cargos a escondidas, se roban a la chita callando.
Tienen mil personas de servicio porque no son capaces de coger una escoba o de sacar el coche del garaje, pero luego se pasan la vida sospechando que los espían o que quieren mangarles el dinero.
Viven encerrados en sus castillos y hablan todo el rato del servicio.
Hay algo medieval en todo esto. Ni siquiera sabría decirte si el problema es que hemos vuelto atrás o que nunca habíamos progresado.
No lo sé. Porque esa gente no se ha cruzado nunca con la gente como nosotros.
Somos dos planetas lejísimos uno de otro.
—¿Y tú?
—Pues yo estoy ahí, en medio de ese mar. Como esos peces que tanto te gustan. Ha saltado todo por los aires: las reglas, los escrúpulos... Todos somos depredadores, y no hay código que valga.
Gianni se miró las palmas: estaban todavía sucias de tierra.
—¿Te acabarán pillando?
—Solo muevo el dinero: cojo de aquí y muevo de allá. Nada del otro mundo. Pero, para hacerlo, necesito apoyarme en tu cuenta. La mía está demasiado expuesta. Trabajo allí.
Gianni se buscó los cigarrillos en el bolsillo. Cogió uno y lo encendió.
—Te he hecho una pregunta.