Cinco #3
Roberta empezó a recorrerlo, mirando a un lado y a otro. Fabio se dio cuenta de que llevaba meses conteniendo a Carolina cada vez que proponía invitar a alguien a cenar. Vio a Roberta pararse de pronto frente a un Guttuso y luego volver sobre sus pasos.
Lo miró, meneando la cabeza.
—Mi mujer es muy rica.
Siguió meneando la cabeza.
—He visto los extractos bancarios de mi padre. Lo han llamado del banco.
—¿Quién?
—Giacconi. Giacchetti... Un nombre así. Mi padre me ha jurado que hablaría contigo. Pero no lo hará. Te aprecia demasiado. ¿Nos estás metiendo en un lío, Fabio?
Roberta se había soltado el pelo y ahora se lo estaba recogiendo de nuevo con el pasador, mientras seguía mirando a su alrededor. Esa casa, esos cuadros...
—Le estoy haciendo ganar dinero.
—No sé qué clase de tinglado estás montando, pero seguro que alguno. De repente, mi padre tiene en la cuenta más dinero del que ha ahorrado en toda su vida.
—¿Es una mala noticia?
—Déjanos fuera. ¿Vale?
La oía hablar, seguía descalza, y, de pronto, Fabio cayó en la cuenta de que Carolina podía volver de un momento a otro. Estaba a punto de perderlo todo. Intentó besar a Roberta, pero ella se zafó.
—¿Sabes, Robi?, a veces pienso que lo que me ha pasado después de que te fueras solo ha sido un sueño. Antes era un tipo de persona y, de pronto, he dejado de serlo.
¿Sentía pesar? ¿Nostalgia? Probablemente no: se limitaba a constatar lo ocurrido.
—Para, Fabio.
—He pensado mucho en esto, ¿sabes? En cómo podrían haber sido las cosas.
—No te bastaba con lo que tenías. Ni con el que eras.
—Nunca he querido ser el que era.
Roberta se enjugó una lágrima.
—¿Cuánto dinero estás robando?
Intentó abrazarla de nuevo.
—Vete a la mierda.
Roberta se remetió el top dentro de la falda, se puso los zapatos y se miró el peinado en el espejo.
—¿Te acompaño?
La vio dirigirse a la puerta y cerrar tras de sí de un portazo.
Fabio se vistió y salió a la terraza. Miró de nuevo el caserón de las colonias, la colina tras de la cual asomaban las montañas, las hayas y los abedules, cuyas hojas apenas se mecían con el viento.
Una bandada de cuervos sobrevoló el tejado y luego su cabeza.
Se detuvo en mitad del cielo, como decidiendo qué dirección tomar.
Fabio trató de contar todos esos pájaros, eran decenas, centenares quizá.
La bandada reanudó su camino, cruzó el río y se lanzó hacia el norte.
Cuando salió de la ducha, se encontró con Carolina, que acababa de volver de la galería.
Cocinaron juntos, intercambiaron arrumacos y bromas, como de costumbre, y se contaron —hasta donde podían— lo que habían hecho ese día.
¿Cuántas traiciones podían consumarse en el transcurso de un día? ¿Cuántas podía soportar un ser humano?
¿Había un umbral más allá del cual era razonable detenerse?
Después de cenar, Carolina se tumbó en el sofá y lo invitó a hacer lo mismo.
¿Se había preguntado alguna vez si ella lo sabía?
Sí, lo había hecho. ¿Debía contárselo? Quizá.
Pero si había una mujer que no habría pestañeado siquiera al enterarse de que se había casado con un bandido, esa era Carolina.
Le acarició el cabello y luego los muslos y los pies, esperando no acostumbrarse nunca a su cuerpo.
Carolina se había quedado dormida en el sofá.
Fabio se escabulló al dormitorio y encendió el ordenador.
El notario y el abogado lo chantajeaban; Wagner le había pedido setenta y cinco mil euros sin hacer ademán siquiera de querer devolvérselos; Gemma quería regalarle dinero, pero también eso lo habría puesto en evidencia; Roberta le había preguntado por lo de su padre...
¿Cuánto se estaba estrechando el cerco? ¿Podía seguir así, podía escapar, podía acumular más dinero?
Accedió a su cuenta de empleado. Gracias al estatus adquirido, ahora podía trabajar a cualquier hora sin que el sistema revelara una anomalía.
Miró a su espalda, le había parecido oír un ruido, pero, cuando se levantó para mirar, vio que Carolina seguía dormida.
Volvió al dormitorio, cogió una carpeta y sacó una serie de formularios de solicitud de transferencias.
Comprobó que llevaran todos la firma de la señora Cantuzzi: «Como usted diga, doctor...
Bueno, “no doctor”. Firmo aquí, ¿verdad?
Es que, si no, tengo que ir a buscar las gafas...
¿Qué me dice del café? ¿Quiere que le haga otro?
», «Si quiere, le dejo una copia, así puede verla con calma».
Se aseguró de que estuvieran todos los datos del ordenante: nombre, apellido y número de identificación fiscal.
Se quedó inmóvil, con el bolígrafo en la mano ante la casilla del IBAN del beneficiario. Se lo pensó, como si estuviera a punto de lanzar un dado, y luego escribió el nombre de su mujer: «Carolina Malpieri». Pensar en ella, dormida en el sofá, le suscitó una enorme ternura.
Rellenó el formulario con el destino: Italia. Apuntó el IBAN de Carolina. No necesitaba mirarlo. «¿Cuánto dinero le damos a mi Caro?», susurró con una voz que, si alguien lo hubiera oído, lo habría mandado directo a un neurólogo.
Volvió al salón y pasó los brazos por debajo de la espalda y las piernas de Carolina, que masculló algo, la levantó y la dejó sobre la cama.
Luego la descalzó, le quitó el pantalón, la camiseta y el sujetador.
Cogió su camisón de debajo de la almohada e hizo ademán de ponérselo, pero ella ya no dormía y lo estaba mirando.
Su pecho desnudo, las bragas a la vista...
Empezó a besarle los muslos y sintió cómo se despertaba su cuerpo, cómo sus manos le buscaban la nuca y la dirigían donde ella quería.
—Todo irá bien, Fabio. Todo irá bien —dijo con un suspiro.