El estafador Cinco #2
83%

Cinco #2

—Cuando Elena empezó a estar mal, en esas semanas tan dolorosas, sucedió una cosa.

Por fin me había decidido a ocuparme del armario de Stefano: no quería tirar nada, solo poner un poco de orden.

En la balda más alta había un viejo tocadiscos, de esos de plástico, portátiles, con un asa.

Debía de haberlo guardado allí, luego los niños se habían hecho mayores, ya había elepés, y se habían olvidado de él.

Lo cogí, y sonó. Era una canción que Stefano y Elena escuchaban todo el tiempo, Enola Gay , un éxito de aquella época.

Era increíble que las pilas funcionaran todavía...

De hecho, la canción sonó solo unos segundos y luego se paró.

Me dio mucha impresión. Intenté sacar el disco y volver a ponerlo, pero, obviamente, ya no funcionó.

—Se pasó una mano por la frente—. Usted ahora pensará que estoy loca, y quizá tenga razón.

Que lo soñé todo, que fue una alucinación.

Pero esos días me habría agarrado a lo que fuera.

Quizá también ahora... Total, que me dije que era Stefano el que me hablaba.

También Elena: la niña feliz que un día había sido.

Era su manera de comunicarse conmigo. Estaba tan desesperada, que me parecía más fácil imaginarme voces del más allá que aceptar que había perdido para siempre a mi hijo y ver a mi hija gritando de noche y arrancándose mechones de pelo.

Una cosa de la que me arrepiento es de no habérselo contado a Angelo: debería haber compartido esto con él, pero me daba demasiada vergüenza.

Desde esa vez, cuando Angelo y Elena salían, bajaba las persianas, apagaba todas las luces, trataba de que todo estuviera lo más en silencio posible, colocaba las pilas, ponía el disco y me sentaba cerca.

Cerraba los ojos y, en un momento dado, ocurría.

—¿El qué?

—Los oía. Oía la voz de Elena, la risa fuerte de Stefano, que nunca se reía, pero qué bonito era cuando lo hacía... El ruido de las botas cuando se marchaban por la mañana temprano a la montaña con Angelo para ir a esquiar, la cartera arrojada al suelo cuando volvían del colegio.

Se le apagó la voz en la garganta. Siguió hablando Fabio.

—Mi madre siempre ha sido contraria a este tipo de cosas.

Se enfadaba en cuanto alguien hablaba de lo sobrenatural.

Mi padre y yo éramos como ella. Solo creíamos en lo que veíamos o tocábamos.

Nos burlábamos de ciertos parientes por eso.

Qué inocentones, decíamos. Pero, un día, hablando con un amigo, me enteré de que, durante mucho tiempo, su madre y la mía habían ido juntas todos los años, en el mes de enero, a una echadora de cartas.

Cuando vio la cara que puse, estalló en una carcajada: «¿No lo sabías?

». Su madre bromeaba siempre sobre eso, para ella era una especie de juego...

Mi madre no se lo comentó nunca a nadie.

Y yo nunca le dije que lo había descubierto.

—¿Por qué?

—No lo sé. En nuestra casa no se hablaba de nada que no fuera quién paga el gas, quién baja la basura.

Volvió a sacar, y él a devolver la pelota. Gemma tiraba fuerte de derecha y se defendía de revés. Fabio se dio cuenta de que el ping-pong la relajaba, le aliviaba la vergüenza que le daba decir lo que se disponía a contarle.

—Y luego hay también otra cosa que he hecho en todos estos años. Me da más vergüenza todavía, pero ahora ya se la quiero contar.

—Dispare, Gemma —bromeó Fabio.

—Digo palabrotas. Es tan absurdo... Insulto a las montañas. En mi cabeza. Como si fueran ellas las responsables de todo.

—¿Qué clase de palabrotas?

—No soy capaz. No creo haber pronunciado jamás en voz alta ninguna de esas palabras.

—¡Inténtelo!

Estaba a punto de hacerlo, pero vio que volvía Elena. Negó con la cabeza y volvió a sacar, nerviosa, con demasiada fuerza. La pelota rebotó en el campo de Fabio y se fue fuera, obligándolo a ir a recogerla a varios metros de distancia.

—Estoy dando rodeos, pero le he contado todo esto, le he hecho todas estas confidencias por un motivo concreto.

Quiero decirle que le estoy agradecida por estas conversaciones.

Por ese retazo de alegría que le regaló a mi marido.

Tenemos demasiado dinero y demasiados años.

Quiero hacerles algún regalo a las personas que, de un modo u otro, han estado cerca de nosotros o nos han ayudado.

Le dejaré a Elena lo que va a necesitar antes de que sean otros los que se lo lleven.

Parientes que nunca han estado a nuestro lado.

Porque, por más que sea verdad que uno se aísla, también hay que decir que muchos no han movido un dedo para sacarnos de nuestra madriguera.

—Respiró hondo—. De modo que prefiero darle una parte a usted.

Y a la señora que se ocupa de nosotros desde hace tiempo.

Y a otras personas que ya le iré presentando poco a poco.

Mientras volvía a casa, Fabio reflexionaba sobre el hecho de que de esa mesa de ping-pong habían salido dos cosas: la primera era que a cualquier otro lo habría repugnado pensar que estaba robando a alguien que quería saldar una deuda con él.

La segunda, consecuencia directa de la primera, era que lo que le ofrecía Gemma le parecía calderilla.

Tenía razón cuando decía que su marido y ella tenían demasiado dinero.

¿Cuánto necesitaba Elena? ¿Dos millones?

¿Tres? Ahora que había decidido transferirlo todo a su banco, los millones ascendían a más de treinta.

No había de qué preocuparse. Además, ya habían saltado los diques.

Cuando aparcó el coche en el garaje, pensando todavía en la promesa de la señora Cantuzzi, se topó de frente con Roberta. Estaba ahí, inmóvil. Sintió un pellizco en el corazón. Se acercó a ella tratando de contener la emoción. O el dolor, que nunca se le había pasado del todo.

—¿Cómo estás?

Escuchó su propia voz: una cosa más que había cambiado desde que eran marido y mujer. Roberta no: ella era más o menos la misma de siempre.

—Yo estoy bien. ¿Y tú, Fabio? ¿Cómo estás tú?

Entender que no estaba allí por casualidad sino para verlo le regaló la primera sensación de alegría desde hacía varios días.

—Tenemos que hablar, Fabio.

Estaba enfadada. Pero no era solo eso. Fabio consultó la hora, dándose cuenta de que el Omega que llevaba desde hacía años le parecía una cutrez. Con todo, las agujas decían que tenía tiempo. El mismo que había transcurrido desde la última vez que la había visto. ¿Cuánto? Ya no lo sabía.

—¿Quieres subir? ¿Te apetece un café?

—Qué elegante estás, se te ve bien.

¿De verdad había olvidado alguna vez cuánto le gustaban esas pantorrillas desnudas que asomaban por debajo de la falda, esos hombros suaves y sin aristas que entreveía a través de la camiseta?

No, nunca.

—Solo un momento. No me apetece que nos vean aquí, en la calle.

Y ese cuello, ese pelo recogido con un pasador, que lo excitaba a saber por qué, ese imperceptible toque de maquillaje en los ojos. ¿Cómo podía haber sido tan estúpido de perderla?

Se dirigieron deprisa al ascensor. Era muy nuevo, en un edificio antiguo en el que, un buen día, a los vecinos les había parecido incongruente seguir subiendo a pie.

Callaron. Sus miradas iban del espejo a los botones, en los que los números de los pisos se iluminaban uno después de otro.

Luego la puerta se abrió, y ellos siguieron a paso rápido hacia el apartamento.

Fabio giró deprisa la llave en la cerradura de la puerta blindada.

Les dio el tiempo justo a cerrarla tras de sí, sin llave, y se precipitaron al suelo juntos. Aún se acordaban de todo con precisión.

En la calle, una alarma de coche llevaba sonando varios minutos.

Fabio levantó la mirada. Roberta tenía la falda subida hasta la cintura, las bragas colgando de un tobillo y un zapato balanceándose de un pie.

Espió por la gran cristalera que daba a la terraza.

En las colinas, más allá del río, en un periodo —la década de los sesenta— en el que todo el mundo deseaba tener una segunda residencia, aunque fuera a quince kilómetros de la primera, construyeron una enorme urbanización de cemento armado.

Estaba a un paso, a una altitud de ochocientos metros que garantizaba un tiempo fresco en verano, y en invierno se respiraba aire sano y se disfrutaba de una pequeña estación de esquí para familias que quedaba a un tiro de piedra.

Se había construido deprisa y corriendo, en una época de pocas normas y en un terreno inadecuado.

Unos años después, el que pudo vendió el apartamento a mitad de precio.

Los demás lo abandonaron cuando vieron que para ir del salón al cuarto de baño tenían que subir una pendiente y luego bajarla para ir del baño a la cocina.

Después, el edificio se transformó en colonia de vacaciones.

Fabio pasó allí un verano, antes de que alguien llamara la atención sobre el hecho de que una casa que no era adecuada para particulares tampoco podía albergar niños.

Recordaba todavía el suelo, que crujía a cada paso, y las broncas de los curas, que los conminaban a no quejarse tanto y a dejar de preocuparse.

«Dad gracias a Dios de que os llevamos fuera de la ciudad. Vergüenza debería daros.»

No le daba vergüenza ahora, mucho menos entonces...

Roberta se apartó de él, se colocó bien la falda y se sentó en la cama. Seguía descalza, con esos pies tan finos que siempre lo habían vuelto loco. Miró en derredor.

—¿Cuánto hace que vives aquí?

No lo recordaba exactamente. Carolina había heredado ese apartamento, pero no había vivido nunca allí porque era demasiado grande para una persona sola. Ahora, él por fin podía disfrutar de la vista del puente de cinco arcos y del respeto de quienes lo envidiaban.

—Mmm... Unos meses.