Cinco
Cinco
Y si hubiera...
En esos días en que cada comentario de los compañeros le parecía una indirecta, cada frase, una amenaza oculta, a Fabio se le cruzó por la mente una idea que, a posteriori , solo podía ocurrírsele a alguien que estaba perdiendo el juicio. O que estaba paranoico.
Acababa de transferirle setenta y cinco mil euros a Wagner, sin la más mínima expectativa de recuperarlos, pero con la esperanza de que aún podría salir airoso. Pensó en parar. Es más, pensó en dar marcha atrás.
Trazó un plan que parecía obra no de alguien que lleva años pasando cientos de miles de euros de una cuenta enemiga a una cuenta amiga, sino del típico compañero de colegio gamberro que se sentaba siempre en la penúltima fila porque en la última cantaba demasiado.
Pensó seriamente que las cosas podrían ser como en la infancia: le devolvías a su legítimo propietario el balón que le habías birlado, le pedías perdón y hacías las paces con él.
Que fuera cuestión de cientos de miles de euros, en un lapso de meses y años y no de horas, le pareció secundario.
Iría a ver a Wagner y le diría que se había acabado.
Que lo devolvía todo. El hecho de que fuera ella quien lo chantajeaba debería haberlo puesto en guardia, pero, durante un momento que duró varias horas, se sintió ligero y en paz.
—¿Entiende?, nunca había pensado seriamente en las consecuencias. Creía que nadie se daría cuenta nunca. Quería denunciarme, y quizá todo cambiaría.
—¿Dónde están esos tres millones, Montari?
Los coches apenas los había tocado, las joyas, lo mismo.
Carolina solo se había puesto una vez el collar.
Los relojes y los cuadros no los había estropeado, los vinos no se los había bebido: revendía lo que había comprado, devolvía el dinero que había sustraído, lo devolvía a las cuentas que había saqueado, y todos felices y contentos.
Perdería algo, pero haría borrón y cuenta nueva, y volvería a ser un empleado de banca.
No hizo falta mucho para que en esas ansias de purificación se colara un sentimiento que parecía haberse apoderado de todos los adultos a los que conocía y con quienes trabajaba: un afán desmedido de conquista.
Eso de que uno tenía un juguete nuevo y, enseguida, otro niño quería arrebatárselo o decía que era suyo.
Luego, al hacerse mayores, casi todos se habían aficionado a ese juego, para el que ni siquiera había árbitro.
Solo conocía a una persona que no era así, y era su exsuegro. Pero no era a verlo a él adonde iba ese día en que daba vueltas en la cabeza a esas ideas locas dictadas por la desesperación.
Hacía bueno y, cuando apagó el motor, a pocos pasos de la entrada, oyó algo, un ruido sordo y regular que le transmitió una sensación agradable que tardó un poco en identificar.
Levantó la cabeza y vio que Gemma y Elena estaban jugando al ping-pong , iluminadas por la luz del sol.
¿Quién sabe lo que habría pensado Cantuzzi?
Se lo imaginaba como alguien a quien le molestaban los ruidos.
Pero igual se equivocaba, es más, igual se habría alegrado de ver que, pese a sus temores, no había suprimido la vida ni en su mujer, ni en su hija; solo había puesto en pausa su capacidad de ser felices.
Cuando terminó el punto, Gemma lo recibió sonriente, con una raqueta y una pelota en cada mano. Le preguntó con un gesto si quería medirse con ella.
—Vamos, mamá, saca. Terminemos el partido —se entrometió Elena.
—Venga, pues saca tú.
Fabio se quedó delante de ellas. Estaban oxidadas, pero en tiempos debían de haber jugado mucho: Elena se las lanzaba casi todas dentro, y Gemma se movía poco, por su edad, pero las colocaba bien, decidiendo cada vez si ganar el punto o regalárselo a su hija.
Esa mesa debía de tener al menos cuarenta años, así como las raquetas, aunque le parecía que las modernas tampoco eran muy distintas.
A decir verdad, ¿cuánto hacía que no veía una de cerca?
Recordó la época en que, para un niño, una mesa de ping-pong era el lujo supremo.
Como con las fotos del salón, probablemente ayudadas por la asistenta, Gemma y Elena se habían ocupado del jardín después de una eternidad: habían limpiado la mesa en la que quizá comían cuando los niños eran pequeños, lavado las sillas, colocado los cojines y comprado un balancín nuevo.
Fabio siguió desde allí el final del partido.
Envuelto en esa tibieza primaveral y arrullado por ese ligero balanceo, observó a Gemma llegar a dieciocho de veintiuno y luego dejarle a Elena los últimos puntos para que ganara ella. Había cosas que no cambiaban nunca.
—Elena, lo dejamos por ahora. Tengo que hablar con el señor Montari. Ve a descansar un rato. —Y volviéndose hacia Fabio—: ¿Quiere que pida que le traigan un té o un café aquí fuera? ¿Qué prefiere?
—No quiero nada, de verdad. ¿Y si echamos una partida? Hace mucho que no juego. Podemos charlar mientras peloteamos. ¿Quién saca?
—El invitado.
Le lanzó la pelota, divertida. Fabio hizo un movimiento desmañado, como quien trata de recordar algo que sabía hacer en el pasado.
Fuera.
—Cero-uno.
Se sentía bien con ella, como con Angelo. Tal vez tendría que haber nacido antes. O en otra casa.
—¿Sabe que, después de que me hablara de ello, recordé la tarde en que mi marido volvió de los dos días en la montaña?
Estaba radiante, y ese ánimo le duró un tiempo.
Lo vi feliz, como antes de que toda nuestra historia, la mala, empezara: tenía la cara un poco quemada, estaba cansadísimo pero orgulloso, con ganas de hablar.
Hacía tiempo que no dormíamos separados, ni siquiera una noche.
Lo eché muchísimo de menos. No hemos tenido una vida fácil, pero, mientras me contaba, yo pendía de los labios de mi marido como si lo hubiera conocido ese mismo día.
Estaba ahí, hablando del refugio, de usted, del glaciar.
Todavía no me había dicho que estaba enfermo, pero yo ya lo sabía, por supuesto que lo sabía, y solo sentía gratitud.
Me sentía tan agradecida a la vida por haber luchado durante decenios junto a un hombre como él.
Aunque me haya ocurrido lo que a ningún padre debería ocurrirle, al menos lo afrontamos juntos.
El tumor lo estaba consumiendo, pero él estaba ahí pensando solo en cómo protegernos, en cómo hacer que estuviéramos seguras.
—Se interrumpió conmovida—. Quería llamarlo para agradecerle que me devolviera in extremis a ese marido, que ya casi había olvidado.
Pero no lo hice, me dio vergüenza. Requería explicar demasiadas cosas.
Ya no contaban los puntos. Se limitaban a pelotear, acompañando así la conversación. Mientras tanto, Fabio había recuperado la soltura de los movimientos y los golpes.
—Pues yo, en cambio, me pasé días pensando que había quedado fatal.
Le había dicho que era un apasionado de la montaña, pero nunca lo he sido.
¿Sabe lo que me dijo cuando se lo confesé?
Que me entendía, porque él había hecho lo mismo para poder irse a Argentina.
Había fingido hablar español e inglés para que lo contrataran.
Gemma se quedó con la pelota en la mano, demorando el saque.
—Sí, me lo contó. Pero solo después: trasladar a una familia a la otra punta del mundo sobre la base de una mentira...
—Se rio—. Como le decía, al volver de esa excursión, parecía casi el hombre que era en el pasado.
Después de lo de Stefano y, sobre todo, después de lo de Elena, no hubo más que oscuridad.
Ya no quiso seguir luchando. ¿Cómo hacía un hombre acostumbrado a ver a la gente ponerse firmes cuando llegaba él, no solo en el trabajo, sino en cualquier parte (tenía un carisma único), para convivir con esas miradas de conmiseración?
Siempre había sido un ganador, y luego todo se convirtió en un: «¿Te das cuenta?
Ha perdido a un hijo, y la hija...». Esas miradas se te metían dentro, se convertían en ti, te quitaban las ganas de salir, de bromear.
Y, cuando lo hacías, siempre había alguien que decía: «Mira cómo disfruta...
Pero ¿cómo puede?». Desaparecían las ganas de conocer gente nueva, porque un buen día saldría el tema, o ya lo sabían y estaban impacientes porque llegara el momento en que les hablaras de lo que te había ocurrido.
Imagínese que, antes, yo veía siempre Dallas .
Mi marido se burlaba de mí, pero un día me dijo una cosa que nunca he olvidado: que nos parecíamos a ellos, con el mismo dinero y el mismo éxito, pero sin los divorcios.
El futuro en ese momento era de verdad algo increíblemente tranquilizador.
—Quizá no había alternativas. ¿Cómo olvidar?
—No se olvida, pero se puede tratar de soportarlo, se puede tratar de dejar atrás lo que nos hace sufrir.
Yo lo hacía ayudándome con una tontería.
Las cosas serias, a mi juicio, no funcionan.
Se puede ir a un psicólogo, tomar medicinas, pero yo, en un momento dado, me inventé una vía de escape y fue eso lo que me mantuvo con vida.
Espero que mi marido también hubiera encontrado una... Pobre hombre.
Fabio se quedó un poco desconcertado, preguntándose si Gemma quería que se interesara por esa «tontería». Era como caminar en la cuerda floja. Al fin se decidió:
—¿Me cuenta esa «tontería»?
Ella no se hizo de rogar: