El estafador Cuatro #3
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Cuatro #3

Fueron a una salita contigua. Estaba llena, pero nadie parecía estar allí por placer, todos los que se encontraban allí era para hacer negocios.

—¿Quiere que le lleve el cóctel a la otra mesa? —le preguntó el camarero a Sybille.

—No, gracias. ¿Mejor puede servirnos el Chablis que suelo tomar?

—Por supuesto, doctora.

A él nadie le preguntaba nada.

—He pedido para ti también los tagliolini con trufa... ¿Qué te estaba yo diciendo? Ah, sí, que me alegro de que te vayan bien los negocios.

¿A qué se refería?

—Gracias —se limitó a responder Fabio. En todas las mesas vecinas se desenvolvían dinámicas idénticas: un jefe o jefa con un subalterno o subalterna. Imposible confundirse sobre quién estaba al mando y quién obedecía.

—¿Cuánto hace de lo de Roberta?

—Ya no me acuerdo. Pensé tanto en ella que, en un momento dado, dejé de hacerlo por completo.

El otro día escuché por la radio un talent show .

Había un chico que decía que había escrito una canción para superar el dolor del abandono.

El jurado le dijo que, al cabo de diez años, le estaría agradecido a ese dolor que le había permitido convertirse en artista. Quizá para mí haya sido lo mismo.

—¿Tú en qué te has convertido?

Estaba dando rodeos. No era propio de ella invitarlo solo para charlar.

—No lo sé. Pero estoy bien. Así que igual estoy tomando el rumbo adecuado.

Le sirvió el vino. Fabio probó la pasta. Estaba deliciosa, pero era escasa. Sentía el alcohol corriendo por sus venas. Ahí no podía fingir que bebía.

—Vamos a pedir otra botella.

No era una pregunta.

—Estoy algo cansado. Y, además, por la tarde...

—¿Adónde tienes que ir?

En esos almuerzos de trabajo, en esos restaurantes que prosperaban a costa de esas reuniones, siempre había uno que podía hacer todas las preguntas que quería, y otro que no debía equivocarse en las respuestas.

Y, aunque su cuenta corriente levitara, él siempre sería de los que no podían permitirse demasiados errores.

—Tengo una cita...

—Mmm.

¿Cuánto iba a durar esa nueva representación? Todavía no se había recuperado de la de la notaría.

Vieron llegar una nueva botella de vino. Sybille lo probó primero y luego llenó las copas.

—¿Podrías organizar otra fiesta? —le preguntó después en tono despreocupado—. Los chicos de la plantilla dicen que ahora pasas de ellos. Todos estarían encantados. Me parece que la tuya fue la única fiesta de verdad a la que han ido en su vida.

¿Por qué insistía tanto? ¿De qué tenía miedo?

—Quizá. Quizá podríamos hacer otra.

—Sí, en otro sitio. Esta vez podríamos ir a Venecia... Pero, bueno, te preguntarás por qué estamos aquí.

Por fin.

—No, no lo sé. Solo intento no olvidar que debo tener cuidado de no presumir con mis compañeros de estas invitaciones tuyas.

—Tonto. Quería pedirte un favor. Una cosa que preferiría que quedara entre nosotros.

Conque eso era. Fabio asintió.

—Ando un poco justa de liquidez. Acabo de hacer una inversión importante, y no me queda nada en la cuenta.

Tengo una prima a la que me gustaría ayudar: una loca, que no para de viajar a la India...

El año pasado se fue en bicicleta de Viena a Moscú.

Hace algún trabajillo creativo, tiene un poco de dinero heredado, que si subsidios del Estado alemán...

—Sybille hizo una pausa—. Somos el día y la noche, pero nos llevamos bien, crecimos juntas.

Y ella ahora tiene un problema de salud: tiene solución, pero está en lista de espera.

Ha entrado en pánico: quiere operarse enseguida porque está convencida de que, si no, perderá la pierna.

Imagínate, una tía así, perder una pierna.

El caso es que, en este momento, no puedo ayudarla.

Fabio no traicionó ninguna emoción. Al menos ahora sabía de qué iba la cosa.

—¿Cuánto dinero necesitas? Si me lo puedo permitir, lo hago encantado...

—Setenta y cinco mil.

Fabio vaciló. Y, de nuevo, puso cara de póquer. Hacía siglos que se había comido los cuatro tagliolini : tenía el plato vacío y la copa llena.

—¿Es un problema para ti? ¿Es una cifra demasiado alta?

—No. No lo es.

—Me lo imaginaba.

¿Qué se imaginaba?

—¿Cómo te lo paso? ¿Se lo transfiero a ella o a ti?

Wagner dejó escapar una sonrisa.

—Es nuestro trabajo, ¿no?

Su expresión era otra ya. Ahora estaba en su terreno.

—¿Lo necesitas enseguida?

—Esta misma tarde sería lo mejor.

Tomaron el segundo hablando de unas cosas y otras. De los compañeros, del que se había separado de la mujer, del que estaba empezando la quimio después de que le hubieran diagnosticado un tumor. Se despidieron citándose más tarde en el banco para resolver el tema.

—Antes tengo que pasar a ver a un cliente. Nos vemos dentro de una hora —dijo Fabio.

Ya no había duda. Wagner reclamaba su parte del botín. ¿Existía de verdad esa prima? Quizá. Quería ponerlo a prueba y hacerle entender que tenía que andarse con ojo.

Despachó la gestión con la cabeza en otra parte y volvió al banco a dejar que Wagner le pusiera la soga al cuello.

¿Cuánto tiempo tenía? ¿Cuánto le quedaba?