Cuatro #2
Los campos de trigo se alternaban con enormes naves industriales, algunas de ellas abandonadas, y sedes de empresas pequeñas y medianas que durante decenios habían traído riqueza a toda la región.
Al cabo de un par de kilómetros, Fabio aminoró la velocidad y abrió la portezuela.
Miró en derredor para ver si había alguien.
Nadie. Salió del coche y se dirigió a paso rápido a una verja, que abrió, y luego a la nave.
Debía de haber servido para muchos usos distintos.
O, al menos, esa era la sensación que daban los restos de adhesivos con logos de empresa que no se habían despegado del todo.
Se podía establecer una historia de la industria de los últimos cincuenta años a partir de esos vestigios de algo que no parecía épico en absoluto, ni siquiera en sus inicios.
Rebuscó en el bolsillo para encontrar la llave.
Ahí estaba. Abrió y cerró la puerta tras de sí después de encender la luz.
Se dirigió a un pequeño armario: en un rincón, escondido detrás de un cartón, había un estuche.
Sacó el Patek Philippe: lo observó y se lo puso en la muñeca con cuidado. Al final se había decidido a comprarlo.
En esa nave no se oía ningún ruido, ningún sonido: se limitó a escuchar las agujas del reloj.
Nadie sabía que había comprado ese lugar, ese reloj o esos coches.
Escondió en el armario también el estuche con el collar.
Miró el Patek y decidió dejárselo puesto.
¿Cuánta gente era capaz de adivinar que le había costado cuarenta y ocho mil euros? Allí donde vivía, mucha.
Miró los coches aparcados.
No sabía si ir hacia el FIAT 124 Spider de colección o al Alfa Romeo SC 3000 de competición: no tenía tiempo para los dos.
Finalmente se decantó por el Alfa Romeo; abrió la portezuela y se sentó al volante.
Observó el austero salpicadero de hierro; las barras a izquierda y derecha de los asientos de piel; ese aroma; los pequeños indicadores de la temperatura del aceite y del agua; el de la gasolina y, más grande, a la derecha, el tacómetro.
Apoyó las manos en el volante, mirando alternativamente el parabrisas, los mandos, con esa forma tan elegante que tenían, y su reloj nuevo, que asomaba por el puño de la camisa.
Puso el motor en marcha.
Cantaba.
Dios santo.
Esos sí que eran coches.
Seis cilindros en línea, monobloque de hierro fundido, culata de aleación ligera.
Ese coche había corrido las Mil Millas y las 24 Horas de Le Mans.
Habían pasado sesenta años. Envejecía bien.
Bajó la ventanilla y apoyó el brazo fuera: todo ese secretismo...
Antes o después, quería hacer un pequeño viaje.
Con Carolina. Bastaba con no llamar demasiado la atención, salir por la tarde, quizá, o por la mañana temprano, y luego disfrutar de la libertad fuera de la provincia.
Miró la hora: tenía que irse. Todavía no le había dicho a la señora Cantuzzi lo del notario. Si había entendido algo de ella, seguramente pensaría que se confirmaba su prejuicio: los notarios eran unos ladrones. Todos, desde el primero hasta el último. Y los abogados también.
Sybille estaba ya en el interior del restaurante, saboreando un moscow mule en la barra. Calzaba unas botas de piel de serpiente que Fabio no creía haberle visto nunca.
Dejó la chaqueta y, cuando se reunió con ella en la barra, el barman había preparado ya otro moscow para él.
—Hola, Fabio.
—Sybille...
—Por el mejor banquero del año...
La miró perplejo.
—Has logrado los mejores resultados. Unos rendimientos impresionantes. Está bueno, ¿verdad?
Saboreó su cóctel. Estaba riquísimo. Otra vez esos halagos... No debía dejarse engañar. Wagner nunca salía a divertirse sin un objetivo.
—¿Nos tomamos otro? —le propuso al poco.
Intentó negarse, pero el barman ya lo estaba preparando.
Wagner no jugaba nunca fuera de casa: conociéndola, bien podía haberse puesto de acuerdo con el barman para que sus consumiciones estuvieran menos cargadas que las de su invitado.
Ese restaurante era el enésimo de la lista que había elegido ella directamente.
Y estaba claro que iba a menudo, que gastaba mucho dinero y que, por eso, todo el mundo allí la veneraba.
Ambas cosas solían ir de la mano, como estaba empezando a aprender él también.
La veneración te la comprabas con cuatro perras.
—¿Qué te parece este sitio? Para mi gusto, hacen el mejor moscow mule de la ciudad. ¿Tú qué opinas?
—Creo que es el primero que me tomo en mi vida. Pero está bueno. ¿Estamos aquí para emborracharnos?
—Quizá. He discutido con mi marido. Dice que no quería una mujer que lo siguiera a todas partes, pero que estoy exagerando. Se ha hecho mayor: dice que me echa de menos, mira tú por dónde.
—¿Preparada para las comidas de domingo? ¿Te acuerdas?
—Sí, me acuerdo bien de lo que dijimos. Hace tanto dinero de eso... No, no estoy preparada.
—Yo tampoco. Pero ahora me he casado con alguien a quien le apetecen aún menos que a mí. He tenido suerte, diría yo.
—Bravo. ¿Todo bien con el notario? —le preguntó, mirándolo fijamente.
Habían hablado, estaba claro. Pero Fabio tenía ganas de seguir jugando.
—Todo bien. Gracias por el consejo. ¿Tú lo quieres?
—¿A quién?
—A tu marido.
Wagner hizo una mueca y vio que él se había dado cuenta. Retomó su papel de jefa. No tenía a sus pingüinos para acariciarlos.
—Hace diez años, tenía un empleado. No era como tú, pero parecía bueno.
Empecé a tratarlo bien. Lo invitaba aquí y allá, de copas, a restaurantes.
Una noche, bebimos un poco, estábamos con otros compañeros, y él empezó a presumir de que lo invitaba por ahí, de que tenía atenciones especiales con él.
Había bajado la guardia. A la mañana siguiente, lo despedí. Ya no podía fiarme de él.
Fabio dejó la copa.
—¿Quieres despedirme?
La idea de que otro zanjara en su lugar esa historia de fantasmas lo hizo temblar de gusto.
—No. Simplemente me estaba acordando de él ahora.
Tenía hambre. No había comido nada. Debía de ser eso de la digestión y la adrenalina.
—¿Y Carolina? —prosiguió Wagner—. Mi marido habla maravillas de ella. Sus padres son amigos de su familia. Ya sabes cómo funciona esto, ¿verdad? Me enteré de que estabais juntos antes que tú.
—Me lleva a exposiciones. Me cultiva un poco. Lo pasamos bien.
—Es una chica carismática. Joven. Algo rebelde. Me han contado una cosa...
—¿Qué cosa?
—Una cosa de cuando era más jovencita. No creo que alguien pueda habérselo inventado.
Cuando tenía quince años, me parece, un día desapareció.
Tenía un novio no muy listo, medio yonqui, mucho mayor que ella, y sus padres querían que lo dejara.
Una mañana, Carolina se preocupó de apagar el móvil y desapareció.
Nadie sabía dónde estaba. Tampoco los padres del chico, pero no era la clase de gente que se preocupa por los hijos.
Él dormía muchas noches fuera de casa. Vamos, que, si era así el chico, sus motivos tenía.
La madre de Carolina estaba fuera de sí: la buscó por todas partes, recurrió a la policía y a los carabinieri , contrató a un investigador privado.
Luego ella y el marido comprobaron los movimientos del cajero automático: había un descubierto de dos mil o tres mil euros.
Unos días después, fueron a París y la encontraron con ese chico en un hotel de cinco estrellas en la zona de la place Vendôme: estaba en la sauna, disfrutando del calorcito con su novio yonqui.
Con quince años ya había hecho su versión personal de la fuga de casa... Predecible, ¿no?
—Me lo había contado —dijo Fabio, fingiendo aplomo.
No era verdad. Pero no había nada en ese relato que lo asombrara. Si eso era posible, ahora Carolina le gustaba aún más.
—Si naces con ciertos privilegios, mola decir que no te interesan. Pero son parte de ti.
—Doctora, disculpe, si quiere acomodarse... Vamos a servir los primeros —la interrumpió un camarero.