Cuatro
Cuatro
Una tarde de sol y cielo despejado, Fabio subió las escaleras que llevaban a la segunda planta de un edificio de los años treinta en la plaza central de la ciudad: suelos de mármol, metales brillantes, un elegante ascensor Otis de rejilla, puertas correderas y cuerdas a la vista.
Se miró en el espejo de la cabina: ni un solo detalle fuera de lugar.
Llamó y puso un pie en el mármol blanco de la notaría, recibido directamente por el notario y el abogado de los que le había hablado Wagner.
—Buenas tardes, soy Fabio Montari.
Los tres calzaban el mismo modelo de zapatos de cuero envejecido a mano.
—Pase, acomódese, doctor...
De cordones, con el pespunteado en la puntera.
—Gracias.
El notario y el abogado lo invitaron a sentarse frente a ellos en una de las pesadas sillas de época que rodeaban la mesa de reuniones.
Fabio se la acercó, se sentó y, a la espera de que empezaran a hablar, miró los frescos del techo, las librerías con vitrina acristalada, antiguas, y los ventanales que daban a los soportales de la plaza central: cómo no cogerle gusto a todo ese lujo.
El notario levantó el teléfono para pedir los cafés.
Vestía un traje gris oscuro; el abogado, uno de un tono algo más claro.
Era evidente que se conocían de siempre: Fabio se los imaginó con quince años delante de un edificio histórico de la ciudad, con esos chaquetones campestres que estaban tan de moda entre las décadas de los ochenta y los noventa —los llevaban en las fotos lady Diana y Carlos de Inglaterra, y a partir de ahí impusieron la tendencia—, sentados a horcajadas en esa marca de escúteres que se veían en la puerta de ciertos institutos.
—La doctora Wagner nos ha hablado de usted como de un fuera de serie —empezó diciendo el notario—. Un Ronaldo de la banca privada. Pero no Cristiano, el de antes, el Fenómeno...
Todos esos halagos...
—Este año ha logrado unas cifras impresionantes, nos ha contado. No ha querido entrar en detalles, pero nunca la había oído hablar tan bien de ningún otro empleado. Enhorabuena. De verdad.
Fabio levantó la guardia.
—La doctora nos ha explicado la situación de la señora Cantuzzi —intervino el abogado—. Nos ha enviado toda la información necesaria. Nos ha hablado también de la hija. De sus problemas... ¿Nunca han incapacitado a esa chica?
—Esa «chica» ya tiene casi cincuenta años...
No. Digamos que el señor Cantuzzi estaba empeñado en que se la tratara como a una persona normal, sana.
Cosa que no es, eso es obvio. Pero él consideraba que no era necesario formalizarlo.
Para no humillarla, quizá. Más probablemente, porque él mismo no quería admitirlo.
El notario le preguntó cómo lo veía él.
—Cantuzzi sabía cómo estaban las cosas. Y, por lo tanto, la tenía al corriente, la implicaba, la hacía sentirse parte de los asuntos de la familia, pero sin dejarla decidir nada.
Opino que hizo bien. En general, pienso que administró su patrimonio de la mejor manera posible. Pero ustedes lo conocían, ¿no?
—No, por desgracia no.
—No era un hombre como tantos. Tenía Inteligencia, olfato, tenacidad: una abundancia de talentos que no lo protegió de la desgracia.
El abogado intercambió una mirada con el notario.
—En lo que respecta a la viuda, dada su edad, probablemente será necesario proceder a una peritación psiquiátrica para confirmar el estado de sus facultades. Poco más que una simple formalidad si, como nos ha dicho la doctora Wagner, aún está del todo lúcida.
—La doctora Wagner no me ha comentado nada de esto... —dijo Fabio a la defensiva.
—¿Quiere que la llamemos?
El notario ya tenía en la mano el auricular del teléfono fijo. Fabio vaciló ante lo inesperado de la situación. Era evidente que había respuestas acertadas y respuestas equivocadas.
—No, no es necesario...
La liberación de adrenalina es una reacción a la percepción de estímulos tales como el miedo y una amenaza física.
—Me temo que eso pueda no ser del agrado de la señora Cantuzzi.
—¿A qué se refiere con «eso», si me permite la pregunta?
—Someterse a una peritación. Es como si le estuviéramos diciendo que ya no está del todo en sus cabales. Les garantizo que no servirá nada más que para ofenderla.
—Yo no lo expresaría en esos términos.
No, ya no se los imaginaba con esos chaquetones en la puerta del instituto. Estaban conchabados. Los dos y Wagner. Y los tres eran lobos. Él también lo era.
—¿En cuáles, entonces?
Silencio.
—Repito: ¿en cuáles?
Una vez secretada la adrenalina, el corazón aumenta la fuerza y la frecuencia de sus contracciones, las vías bronquiales se dilatan a la vez que las pupilas, y el calibre de los vasos sanguíneos se estrecha.
—¿Podemos volver sobre eso dentro de un momento? Antes quería enseñarle los documentos que hemos preparado con nuestro abogado.
—Con su permiso.
El abogado empezó a enseñarle los papeles. Lo tomaba por tonto. O, simplemente, lo trataba como él a sus clientes, alternando documentos que había que estudiar con la máxima atención y otros en los que se detenía largo rato solo para despistarlo.
—¿Alguna pregunta? ¿Alguna duda, doctor?
—No, creo que no.
Como decíamos, una vez secretada la adrenalina y puesta en circulación, la digestión se ralentiza y aumenta la presión arterial.
—Volviendo a lo que hablábamos hace un momento, entiendo perfectamente sus reparos. Pero lo hemos ponderado mucho, también con la doctora Wagner, y juntos hemos convenido que, si queremos evitar todo riesgo, la peritación es necesaria. Y no queremos correr riesgos, ¿verdad?
Fabio asintió. La silla antigua en la que estaba sentado, la mesa, que estaba allí desde siempre...
; él, en cambio, era un bandido, lo sabía.
Pero la cuestión no era tanto si ellos también lo sabían o no.
La cuestión era que no ganaría él, eso lo tenía meridianamente claro.
En toda esa historia, era evidente que el que no ganaría era el único que no sabía sentarse a la mesa con compostura, el que no tenía ni la más remota idea del orden en el que usar los cubiertos o qué copa asociar a un vino o a otro.
En su casa, los buenos modales se restringían a lavarse las manos antes de sentarse a la mesa.
—Es obvio que debo informar a mi clienta —dijo por fin—. Necesitaré unos días para hacerles saber si hubiere algún impedimento por su parte.
«Si hubiere .» Pero ¿a quién quería engañar? Fingió no comprender que para ellos el tema estaba ya zanjado.
—De acuerdo. Si no los hubiere, yo fijaría lo antes posible la cita con el especialista. Si la peritación da un resultado positivo, y, por lo que nos dice, no tenemos razón para dudarlo, podremos proceder a continuación con el poder general.
—Perfecto.
—Todos de acuerdo, ¿entonces? —dijo el notario.
—Una cosa más... —rebatió Fabio, bien sentado en esa silla desproporcionada—. Antes de concluir, me veo en la obligación de preguntarles a cuánto ascienden sus honorarios. Obviamente, es otro elemento que debo poner en conocimiento de la señora Cantuzzi para su valoración.
—Desde luego. Está todo aquí, incluido el IBAN y los plazos de pago que hemos previsto.
—Si me permite...
Fabio cogió el sobre. Lo elegante habría sido llevárselo y leerlo en el ascensor o en la calle, después de despedirse. Pero él no tenía la más mínima intención de ser elegante. Lo abrió, obligándolos a volver a sentarse.
Leyó rápidamente el texto y luego dirigió la mirada a la cifra, en la parte inferior de la página. No tenía sentido. Se fijó mejor. Sí, sí, era eso. Era la cifra, alta, que se esperaba, pero multiplicada por diez.
Con la adrenalina circulando por el organismo no se ralentiza solo la digestión, sino también la excitación sexual: el imperativo es luchar y ponerse a salvo; se relegan ciertas funciones vitales, en beneficio de aquellas necesarias para la supervivencia.
Alzó los ojos del papel: lo estaban observando, impasibles.
Todo llevaba a eso: los halagos, la ceremonia de recibimiento.
Y no albergaban el más mínimo temor ni la más mínima inquietud de que él fuera a oponer ninguna objeción.
Esos honorarios no tenían razón de ser, pero ellos estaban extremadamente tranquilos.
Sintió un retortijón en el estómago: ahora era él el que tenía miedo.
Les estrechó la mano a ambos.
Lo sabían.
Joder que si lo sabían.
—¿Qué sabían?
—Sabían mis tejemanejes con las otras cuentas. Sabían que estaba jugando sucio. Yo no era un santo, pero ¿y ellos?
—¿Puede demostrarlo?
—No, no puedo demostrarlo.
—¿Entonces?
—Entonces fue ahí cuando pensé en lo que nunca había pensado antes.
—¿En el dinero de los Cantuzzi?
—Primero hice otra cosa, nada más salir de allí.
—Lo sabemos. Compró un collar de treinta y nueve mil euros.
¿Sabía en ese momento cómo acabaría todo?
¿Sabía que lo detendrían, que lo denunciarían?
No, ni siquiera ahora que estaba tras los barrotes sabía cómo acabaría todo.
Las audiencias preliminares, el juicio: eran varias las cosas que aún debían suceder y que sucederían.
Pero que en ese momento se estaba hundiendo, eso parecía fuera de toda duda.
Igual de obvio era que no había buenos que controlaran que un malvado respetase las reglas.
Había uno que robaba, y otros ocupados en averiguar cómo sacar tajada.
Pero fue el jefe verdadero de esta segunda facción el primero en mover ficha e invitó a Fabio a almorzar con un simple mensaje.
Tenía un par de horas que matar antes de la cita con Sybille. Cogió el coche, salió del centro de la ciudad y tomó por una de las vías rápidas. ¿Qué ciudad hay de la que se pueda salir en pocos minutos?