El estafador Tres #4
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Tres #4

Unos meses antes, también en el marco de su trabajo, había asistido a un curso para aprender a disimular el nerviosismo en situaciones de mucho estrés, como hablar en público o presentar un nuevo plan de inversiones a clientes difíciles.

Modular la voz y no vacilar habían sido algunas de las recomendaciones.

¿Estaba vacilando? ¿Cómo era su voz? Calló.

—La señora Cantuzzi parece transformada —prosiguió Wagner—.

No es que no quisiera a su marido, o que no esté sufriendo.

Pero es inevitable que también se sienta liberada.

Demasiado control. Demasiado carisma en una sola persona.

Ahora que él ya no está, ella tenía ganas de hablar, de charlar.

Te diría que casi de cotillear... Me ha contado otra cosa de ti.

Fabio probó a bromear:

—No sé si quiero saberlo.

Wagner se había levantado de nuevo y daba vueltas por la habitación, como buscando algo. Su presa, probablemente.

—Que hiciste una excursión de alta montaña con su marido.

A un refugio por encima de los tres mil metros de altitud.

En un momento dado, tenías que cruzar un tramo de hielo y te cagaste encima.

No querías dar un paso más, ni adelante ni atrás.

Cantuzzi te socorrió. Al parecer, se jactó de ello con su mujer durante semanas.

Hizo una pausa para mirarlo de nuevo a los ojos.

—¿Y? —replicó él sin alterarse.

—Cuando me lo contaba, me preguntaba si de verdad habías pasado miedo o si lo habías fingido.

En su beneficio. Con ochenta años, salvar a alguien a quien le doblas la edad te da un chute de confianza.

Y para un tipo como Cantuzzi, para quien era tan importante ser un buen montañero, no tener miedo, valerse por sí mismo...

—Quién sabe.

—Tú no lo sabes, no: hace tiempo que me he dado cuenta. Es una naturaleza profunda. Instintiva. Algunas cosas te vienen sin necesidad de pensarlas.

Desplazó una silla con ruedas hacia él para sentarse a su lado.

—¿Recuerdas el día en que te propuse que trabajaras en la banca privada? Sabía lo que hacía, pero te confieso que no pensaba que fuera a dársete tan bien. Te conviertes en una persona distinta cada vez que quieres. Incluso cuando no quieres. Y eso para nosotros sin duda es una buena noticia.

Lo estaba felicitando pero parecía tensa, como si se contuviera de hacer o decir algo.

—¿Qué no lo es?

—¿Qué no es qué?

—¿Qué no es una «buena noticia»?

Wagner meneó la cabeza, dejó la silla y se dirigió a la ventana. Ese pingüino payaso que lo miraba fijamente... Fabio apartó la mirada.

—Hace tiempo que te estudio. Al principio era por un interés femenino, digamos.

Ahora lo hago como jefa tuya que soy, desde hace quince años.

No eres nunca el que uno cree que eres. Como este pingüino, te habrás dado cuenta, ¿no?

Si lo miras de frente, tiene una sonrisa cautivadora.

Pero si mueves la cabeza y lo observas de perfil, tiene algo inquietante.

—¿Como yo?

Le hablaba con el aire de quien ha creado un monstruo y ahora se pregunta si debe estar orgulloso o preocupado.

—He visto que la señora Cantuzzi lo ha firmado todo —prosiguió, eludiendo su pregunta—. También hemos hablado de eso. Me ha dicho que su intención es otorgarte plenos poderes sobre su patrimonio. ¿Sabes lo que nos queda por hacer ahora?

—Dímelo tú.

—¿No lo sabes? Sí que lo sabes... Tenemos que convencerla progresivamente para que traslade la otra mitad, los otros quince millones, a esta cuenta. Doy por sentado que lo conseguirás...

—¿Pero?

—Pero primero hay una cosa que tienes que hacer.

Es una señora muy mayor. De un momento a otro, podría empezar a perder facultades.

Lo he visto en otras ocasiones. Es mejor andarse con cautela.

Tienen parientes. Y, aunque no los hayan visto nunca, aunque no estén unidos, les estará llegando el olor del dinero.

Ya verás que acabarán asomando. —La mirada de Wagner era gélida—.

Hay que evitar que asuman el control del patrimonio.

Tenemos que ser prudentes. Ya lo he hablado con ella y con un abogado y un notario.

Son amigos y pueden echarte una mano en esto.

No es un consejo, es una orden. Repito: esperan tu llamada.

Formalizad el acuerdo entre vosotros. Para evitar cualquier equívoco o malentendido.

Las palabras se las lleva el viento, pero un documento queda.

—De acuerdo.

—Fabio...

—¿Qué?

—¿Por qué no me has dicho que habías ido a ver a la señora Cantuzzi?

—Pensaba que no te interesaba.

Wagner se volvió hacia la ventana. El pingüino seguía sin quitarle ojo.

—Mira, ha salido el sol.

Él se quedó inmóvil.

—Llámalos enseguida, ¿de acuerdo? Te mando un e-mail con los teléfonos.

Seguía dándole la espalda.

—Gracias.

—Pero, entonces, según usted, ¿la doctora Wagner lo sabía? —le había preguntado el fiscal.

—No lo sé. Lo que es seguro es que salí de allí con una especie de presagio de muerte. ¿Sabe cuando todo está a punto de derrumbarse...?

—No. No lo sé.

—Es difícil de explicar. Pero así es como me sentí ese día.

Todavía no había visto nada.