Tres #3
—Desde luego. Podía hacerlo también antes, su marido le había otorgado un poder total. Bien, este es el último papel y ya la dejo en paz.
Fabio le puso delante rápidamente el último documento.
Era una hoja con membrete del banco, la letra y el formato eran iguales que los que habían visto hasta entonces, pero constaba de una sola página.
Abajo, a la derecha, la línea de puntos para la firma.
También ahí había puesto Fabio una crucecita para ayudarla a no equivocarse.
—Mire, con este ya hemos terminado.
—Mamá, tengo hambre —gruñó Elena.
—Un momentito, tesoro.
—Tiene que firmar aquí.
—Aquí, ¿verdad?
Gemma volvió a ponerse las gafas, cogió de nuevo el bolígrafo y firmó.
Fabio se apresuró a retirar esa hoja que le otorgaba la capacidad para operar a su antojo con su cuenta corriente.
No cambiaba nada respecto de la gestión con Cantuzzi: también con él podía actuar con total libertad.
Obviamente, con la condición de mantenerlo informado de todo.
Lo que cambiaba era el nivel de atención a los movimientos.
Pero la señora Cantuzzi no parecía en absoluto predecible.
Le había abierto su corazón, y ahora estaba de nuevo en otra parte.
A los tres días de esa visita, Sybille Wagner convocó a Fabio a su despacho por e-mail.
—¡Pasa!
Eran días señalados: así como ir a casa de los Cantuzzi significaba recordar una supuesta inocencia perdida, también esa orden de su jefa le recordaba otra vida, aquella en que todavía tenía la esposa con la que se había casado de joven, que venía del mismo mundo que él, y un trabajo que les habría parecido un sueño a todos los que eran como él.
Desde aquella conversación con Sybille, ese sueño se había magnificado. ¿Cuántos años habían pasado?
—¡Entra, Fabio! —Lo miró—. ¿Has cogido peso? No, tú nunca envejeces... Mira, me han regalado uno nuevo.
Cogió el pingüino que le tendía y lo observó. Tenía la misma silueta antropomórfica de un hombre con esmoquin, pero este mostraba una especie de sonrisa de payaso, vagamente inquietante. Era el Joker, más que un payaso de circo.
—Cada vez que recibo uno, me pregunto por qué fulanito me lo regala con unas características determinadas y menganito, con otras. Igual es pura casualidad: lo ve expuesto en algún sitio, piensa en mí y me lo compra. Pero no estoy muy convencida.
Lo miró con aire retador.
—Según tú, ¿este quién me lo ha mandado?, ¿alguien que me quiere o que me odia?
Fabio fingió pensárselo.
—¿Alguien que te odia cortésmente?
—Eso creo yo también. Tú nunca me has regalado ninguno...
—Quizá lo haga algún día —bromeó.
¿Cuánto hacía que se tomaba esas libertades con ella? Era un riesgo.
—Durante años, pensé que tú y yo tendríamos un lío. Que acabaríamos acostándonos... —prosiguió Wagner—. Si echo la vista atrás, creo que me casé pronto más que nada para dejar de dar vueltas al tema, ¿me caso, no me caso? Lo hice, y así ya podía concentrarme en otra cosa.
Wagner no tenía filtro, debía de ser divertido dejarse llevar así. Él no se lo había permitido nunca.
—El otro día, salió un tío en la tele diciendo que había querido a cada una de las mujeres con las que había estado... A mí me ha pasado lo mismo. Me gusta estar casado. No me gusta andar a la caza.
—Hay cosas que te interesan más.
—Puede ser.
—Algunas amigas mías que te han visto alguna vez —prosiguió Wagner— me dieron mucho la lata para conseguir tu teléfono...
—¿Y tú qué hiciste?
—No se lo di. Estaba celosa. Si no lo consigo yo, vosotras tampoco... ¿Habrías querido que se lo diera?
—Ahora soy un hombre casado. Vuelto a casar, incluso.
Sybille se levantó y fue a su encuentro.
—Has cambiado tu forma de vestir. Te has buscado un sastre, llevas relojes caros, una corbata de seda de trescientos o cuatrocientos euros...
Lo tocaba mientras hablaba, a él, su corbata, su pelo. Fabio empezaba a sentirse incómodo, pero ella paró de repente y volvió a sentarse a su mesa.
—He hablado con Gemma Cantuzzi. Quería saludarla. Tenía un tono de voz distinto. Doliente todavía, pero más abierto, menos reservado. Cuando le he preguntado cómo estaba, me ha hablado de ti. Dice que habéis visto juntos las fotos familiares...
Lo miró fijamente y se le escapó una sonrisa.
—Me ha contado que esos dos días que su marido pasó contigo fueron los mejores desde hace decenios.
Que lo recogiste para hacer juntos una excursión no sé dónde.
Y que fuiste a su casa incluso cuando se estaba muriendo.
—Se interrumpió, como esperando una reacción por parte de Fabio, pero, como él guardaba silencio, continuó—: No me lo habías contado.
¿Ya no tienes tiempo para mí? ¿Ya no necesitas mis consejos?
—No pensaba que fuera necesario —contestó él sin perder la calma—.
Entre Cantuzzi y yo se había creado una relación.
Quería que estuviera próximo a él en las etapas cercanas a la muerte, sabía que había llegado el final.
Lo ayudé a resolver una situación delicada: una casa que todavía tenía y que Gemma creía que había vendido.
Esa en la que murió el hijo. Vi la verja en la que se quedó clavado.
Desgarrador. Cantuzzi era mayor, no es una tragedia, pero siento que haya muerto.
—No sé si creerte.
Sybille Wagner lo miraba con una expresión indescifrable.
—¿Por qué?
—Porque no niego que puedas haberle cogido cariño, pero me queda una duda. Desde hace un tiempo, estás esquivo. Evitas a todo el mundo. Así que no puedo evitar preguntarme: ¿por qué? ¿Qué estás tramando?
Fabio empezó a tener sudores fríos.
—Estoy muy ocupado —se limitó a responder.