El estafador Tres #2
69%

Tres #2

—Durante mucho tiempo, mi marido sintió una rabia inmensa —prosiguió ella sin embargo—.

Pero, pese a todos sus esfuerzos, no conseguía encontrar a nadie a quien culpar: el que le había vendido la verja; la novia, que tendría que haber convencido a Stefano de volver a casa...

En paralelo, hizo de todo para que el recuerdo de su hijo no se desvaneciera: aniversarios, encuentros.

Intentó como pudo mantener unidos a sus amigos y a la gente que lo quería.

Después vimos que teníamos que ocuparnos de Elena, de modo que lo convencí para que parara.

Se dedicó a su trabajo, a su trabajo y a nada más.

Hasta que, un día, la rabia dio paso a un dolor sordo.

Cuando dejó de luchar, me pidió que hiciéramos como si nunca hubiéramos perdido a Stefano y como si Elena fuera aún la hija que todos nos envidiaban.

Se interrumpió para buscar una fotografía.

—Mire esta...

—Preciosa.

—Es Elena con cuatro años. Figúrese que le pusimos ese nombre porque Angelo se empeñó: había visto esa película, Elena de Troya , y se había enamorado de Rossana Podestà.

Tal vez no sepa ni quién es, tenía más o menos la edad de mi marido.

De pequeña, Elena era tan guapa que, cuando contábamos lo del nombre, todo el mundo decía: «Es verdad, es tan guapa como la actriz».

Mientras tanto, Elena había vuelto al salón. Había dejado el plato con las galletas, y ahora trataba de atrapar con un vaso a una mosca que revoloteaba entre la mesita y el reposabrazos de un sillón.

Gemma suspiró.

—En fin, Angelo quería que olvidáramos lo que había sucedido.

Stefano no estaba con nosotros porque se había ido de viaje, porque vivía lejos, en Nueva York o en Sídney, con un trabajo maravilloso que lo había llevado a la otra punta del mundo...

Si nos hubiéramos esforzado, podríamos haber cultivado esa ilusión.

Que era una alucinación. Fuimos a verlo al cementerio todos los meses sin jamás pronunciar su nombre.

Cuando Angelo decía «Stefano», se le cortaba la respiración.

Alguien mencionaba su nombre en la mesa, entre amigos, cuando aún los teníamos, y a los dos minutos mi marido pedía permiso para levantarse, iba al baño y, cuando volvía, yo sabía que si estaba tan pálido era porque había vomitado hasta el alma, y que desde ese momento ya no probaría bocado.

—Se interrumpió, con la mirada clara algo perdida—.

Una vez, pasamos con el coche por delante de la carpa de un circo.

Íbamos con frecuencia cuando los niños eran pequeños, a Elena, sobre todo, la volvían loca los trapecistas y los malabaristas.

Mi marido era un hombre adusto, pero si podía hacer felices a los demás...

Estaba conduciendo y, cuando se fijó en esa carpa, de repente noté que perdía el control.

Tuvo el tiempo justo de aparcar y sufrió un ataque de pánico.

En ese momento aún no sabíamos que se trataba de eso: pensamos que era un infarto, que se estaba desmayando, que se había atragantado con algo y no podía respirar.

Elena se asustó muchísimo. Cuando Angelo se calmó, tardamos un buen rato en calmarla a ella, pobrecita mía.

Y entonces mi marido me rogó, me imploró, que no miráramos ya más las fotografías, los cuadernos, los diarios...

Tenemos también muchos vídeos, mi marido se había aficionado al Super-8.

Nuestros hijos esquiaban, tenemos mil vídeos de ellos practicando ese deporte.

Pero se acabó, lo dejamos todo a un lado.

La señora Cantuzzi parecía extenuada. Fabio trató de darle una tregua.

—En mi casa no hacíamos vídeos. Para mi madre eran una estupidez.

Hasta que un día heredamos una cámara de un pariente, y entonces había que utilizarla.

Mi padre y yo jugábamos con ella, pero mi madre se enfadaba si la grabábamos, así que no tengo casi nada de ella de joven.

—Calló para reflexionar un momento—. Solo un vídeo mientras dormía, no sé ni por qué se lo hice.

Más por molestarla que otra cosa, supongo, sabía que le sentaría fatal.

—¿Volvemos a mirar las fotos, mamá? —los interrumpió Elena—. Anda... Por favor, por favor.

—No hacemos otra cosa desde el funeral, las fotos la tranquilizan —dijo la señora Cantuzzi, volviéndose hacia Fabio—. ¿Le importa?

—No, no, en absoluto.

—Siéntese a nuestro lado. Igual no le interesan, pero al menos las vemos juntos.

—Había muchísima gente en el funeral de su marido... —dijo Fabio.

—Me habría gustado tener cerca a toda esa gente también cuando Angelo estaba vivo —suspiró—. Pero, en el fondo, la culpa es nuestra: fuimos nosotros quienes alejamos a todo el mundo. Teníamos muchos amigos que nos apreciaban, pero percibieron que ya no queríamos ver a nadie y se alejaron. Mire...

Gemma empezó a mirar una tras otra las fotografías y a describirlas.

—Aquí estamos en Varazze, en Liguria. Casi no hay fotos de mi marido.

No le gustaba llevarnos, pero lo hacía. Después, al cabo de una hora, cuando nos habíamos instalado con la sombrilla y las tumbonas, cuando había inflado la colchoneta, la barca y la canoa, nos dejaba allí y se iba a caminar lejos de la orilla.

Ese año había descubierto la escalada en Finale: se iba temprano por la mañana y volvía por la tarde, lleno de arañazos y raspones, pero feliz.

—Sonrió—. En cuanto Stefano cumplió cinco o seis años, empezó a llevárselo consigo.

Con Elena tardó más. Era un poco machista.

Bueno, más que un poco —añadió después de reflexionar un momento—.

Pero lo éramos todos. También nosotras las mujeres, creo yo.

—Yo no quería ir —dijo Elena, y se echó a reír, avergonzada por haber hablado. Se tapó la boca con una mano y volvió a pedirle a su madre que pasara las páginas del álbum.

—Esta es en Argentina. Vivimos allí cuatro años.

—Mira, los guanacos —dijo Elena, que a ratos se olvidaba de que tenían un invitado.

Vieron fotos de pumas, armadillos, zorros grises, más guanacos y glaciares.

—Cuando su marido y yo fuimos al refugio, en un momento dado comprendí que no me había llevado allí solo por las vistas.

Se conocía cada piedra de esa excursión, pero no era solo eso.

—Fabio le contó a Gemma que, en un momento de la velada, Angelo había cogido los libros del refugio y se había puesto a hojearlos—.

Quizá sentía que se estaba yendo y tenía ganas de recordar el pasado.

No se llevó nada: pero eso ya lo sabe usted.

Pasaba las páginas y se detenía en aquellas en las que sus hijos, o él, o los tres juntos habían escrito algo.

Sin embargo, no estaba triste, en absoluto: me hablaba a mí, pero estaba allí con ellos.

Y, aunque había bebido un poco, no estaba nada melancólico, al contrario.

Parecía infinitamente feliz. Quizá solo por unos instantes o unos minutos: pero créame que se sentía feliz.

—¿Y de qué hablaron?

—Leímos los mensajes que había escrito Stefano y aquellos en los que se hablaba de Elena, o los que había escrito ella directamente, aunque fuera solo una niña.

—Sí, pero lo que querría saber es qué le dijo Angelo de Stefano. Y de Elena.

Fabio probó una galleta. No estaba preparado para esa clase de confianza. ¿Cuándo iban a empezar a trabajar, a hablar de aquello por lo que estaba allí?

—Salimos del refugio, hacía un frío que pelaba, y en un momento dado me contó lo sucedido. La muerte de Stefano. Y el accidente de Elena. No sabría decirle si le hizo bien o mal, digamos que sabía que le quedaba poco y quería contárselo a alguien. Al menos, eso fue lo que pensé.

Gemma guardó silencio, como si necesitara que se sedimentaran las palabras. De pronto parecía ausente. Fabio se dio cuenta.

—¿Qué quiere saber en concreto? Si puedo ayudarla...

Gemma miró a Elena, que contemplaba embelesada una fotografía: no había peligro de que los escuchara.

—¿Mi marido habló de un accidente?

—Sí. Me dijo que Elena se cayó cuando intentaba colocar el telescopio.

Gemma lo escuchó impasible.

—Mamá, mira esta otra foto —los interrumpió Elena.

Salían Stefano y ella, abrazados, en lo alto de un escollo.

Elena tendría unos cuatro o cinco años más que en la foto que Gemma le había enseñado hacía un momento.

Fabio no sabía quién era Rossana Podestà, pero esa niña era desde luego muy guapa.

Así como el dolor no le había arrebatado la belleza a la señora Cantuzzi, la enfermedad, en cambio, sí había transformado a Elena.

Gemma se esforzó por sonreír a su hija y luego consultó su reloj.

—Discúlpeme —dijo volviéndose hacia Fabio—, pero cenamos muy temprano, y tengo que prepararlo todo. Son más de las seis...

—Dígame usted cuándo prefiere que vuelva.

—No hemos hablado ni un momento de lo que lo ha traído aquí. Pero déjeme los documentos... Imagino que habrá delegaciones, cosas que firmar. O, si no nos lleva demasiado tiempo, hagámoslo ahora. Creo que lo dejaré todo como lo había dispuesto mi marido.

¿Su marido, desde arriba, la había llamado al orden?

Si quería hacer las cosas deprisa, la complacería: Fabio abrió el maletín y sacó una carpeta con documentos.

Ya había señalado con crucecitas dónde debía firmar Gemma.

Algunos párrafos eran meras formalidades, simples manifestaciones de consenso de que, desde ese momento, ella pasaba a ser la titular de la cuenta, y no su marido.

Un largo cuestionario que rellenar para confirmar el enfoque, prudente, que pensaba seguir.

Gemma lo leyó atentamente.

—Si hay algo que no le parezca claro o que no le cuadre, estoy a su disposición... Hágame todas las preguntas que quiera.

No le hizo ni una.

—Bien..., firme aquí, aquí y aquí, donde las crucecitas —le indicó, apoyando el dedo directamente sobre la hoja—. Aquí, en cambio, tiene que firmar para trasladar la titularidad de la cuenta de su marido a usted.

—Su cuenta ahora pasa a ser mía, ¿es eso? ¿Puedo usarla como si fuera mía?