Tres
Tres
Exactamente una semana después del funeral, Fabio fue a visitar a Gemma Cantuzzi.
Las últimas veces que había estado en casa de la familia se había preguntado si iba allí como banquero o como amigo. ¿Y ahora?
¿Estaba de luto por un amigo?
¿O a la caza de una presa desvalida?
No lo sabía ni él.
Lo preparó todo con la antelación y el cuidado de costumbre. Era como una puesta en escena, pero, en ese caso, las habituales cuatro palabritas para romper el hielo serían de pésame.
«¿Cómo está, señora Cantuzzi?», «Lo siento mucho», «Su marido era un hombre extraordinario».
Después vendría un acercamiento suave al motivo de su visita, una sucesión no arbitraria de documentos que presentarle a la viuda para su firma, deteniéndose largamente —«hasta la náusea», bromeaba con Carolina cuando trataba de explicarle en qué consistía su trabajo— en aquellos de escasa relevancia, y apenas nada en aquellos que de verdad importaban y para los que era absolutamente necesario obtener la autorización del cliente.
Cínico, Fabio lo había sido siempre, pero también había seguido numerosos cursos de formación cuyo objetivo, entre eufemismos y expresiones edulcoradas, era enseñar a confundir y a ganarse la confianza del cliente. Algo parecido a Orfeo con las fieras. Pero los lobos, en este caso, eran ellos.
¿Cómo debía vestirse?
Estudió su guardarropa y optó por unos pantalones azules, un jersey verde de cuello de pico y un par de mocasines de ante, pensando que ese atuendo contribuiría a crear un ambiente más distendido. Después de todo, no se estaba decidiendo el fin del mundo.
¿O sí?
Cruzó el jardín: rosas, tulipanes y la mesa de siempre, cada vez más vieja, colocada en un rincón, como si hiciera siglos que no se usaba.
Subió la escalinata de entrada, pensando en qué cara poner.
¿Cuánto dolor iba a encontrar en esa casa?
La primera vez que había entrado, era ignorante por completo: no sabía nada de esa hija tan incomprensible que rondaba por la planta de arriba, ni el motivo por el que esos trofeos, medallas y fotografías llegaban solo hasta 1981.
Ahora lo sabía todo; los años transcurridos desde entonces eran más de treinta y los supervivientes, solo dos.
Llamó a la puerta. Le abrió una mujer a la que nunca había visto. Lo saludó con un marcado acento hispano.
—Adelante.
Lo invitó a acomodarse en el salón. El suelo emanaba un olor a lejía, o quizá a desinfectante.
—¿Le traigo un café? Enseguida llegará la señora.
¿Cuánto tiempo había pasado desde su primera visita a la casa de los Cantuzzi?
Fabio no lo recordaba, pero era como cuando uno vuelve a los lugares donde ha estado de joven, antes de que la vida tomara un camino inesperado, antes de que sucediera toda una serie de hechos cargados de consecuencias, hechos de los que ya no se puede volver atrás, a los que no se puede poner remedio.
Pensó en cuando había estado ahí sentado, charlando con Cantuzzi, y sintió que esa había sido la última vez en que se había sentido inocente.
Había cambiado él, pero también el salón.
En ese orden absoluto, reparó en que al pie de una estantería había una caja de cartón de la que asomaban varios álbumes y un revoltijo de fotografías sueltas.
De lejos era difícil distinguirlo, pero parecían viejas y descoloridas.
No se atrevió a levantarse, ni siquiera a incorporarse del sofá para echar un vistazo.
—Discúlpeme.
Una voz desde el pasillo. Gemma llegaba con paso lento, seguida de su hija, que sostenía una bandeja con dos tazas de café.
Elena lo miró, lo saludó y se sentó junto a su madre sin volver a abrir la boca.
Estaba tan cerca de ella que sus piernas se tocaban.
Tal vez no conseguía dar sentido a ese dolor, pero era obvio que lo intentaba.
Fabio se preguntó si, ahora que ya no estaba su padre, estaría aún más pegada a la madre: Cantuzzi no se lo habría permitido, estaba seguro.
«Ya eres mayor —le habría dicho—. No te hagas la niña.»
Gemma interrumpió el hilo de sus pensamientos.
—Lo hago siempre yo. A la italiana, con la cafetera moka. Parece fácil, pero... —Trató de bromear—: ¿Cómo está, doctor que no es doctor?
Primero sonrió ella y después él.
Nunca le había prestado atención, pero en ese momento tuvo claro lo guapa que seguramente había sido Gemma de joven.
Una simple broma y, ahí estaba, la chica que le había hecho perder la cabeza a Cantuzzi.
Y quién sabe a cuántos más. Hasta que se casó, guardó esa belleza en un estuche, se la regaló a su marido y la ocultó al resto del mundo. Así funcionaba.
—Estoy bien, señora, gracias. Pero ¿y usted?
¿Cómo debía actuar con la hija? ¿Debía hablarle? ¿Prestarle atención? Fabio hizo caso omiso de ella.
—Aquí estamos. Elena no se ha separado de mí desde el funeral...
¿Verdad, Elena? —Le guiñó el ojo. Calló para enjugarse una lágrima con el dedo, cuidando de que no la viera la hija, que miraba fijamente a un punto de la habitación delante de ella—.
Han saltado todos los diques que había tratado de poner estos años.
Así que, llegados a este punto... Ella disfruta de su madre y yo, de mi hija.
Gemma interceptó la mirada de Fabio, irresistiblemente atraída por las cajas con los álbumes de fotos.
—Las estábamos mirando. Usted podría pensar: normal, en un momento así. Uno vuelve a los recuerdos, a los momentos bonitos. Pero ¿sabe cuánto tiempo hace que no lo hacíamos?
Fabio negó con la cabeza.
—Dígamelo usted.
—Más de treinta años.
¿Qué podía comentar? Nada. Probó a saborear el café, para darse algo de aplomo, pero la tacita ya estaba vacía.
—Durante todo este tiempo, borramos el pasado. Nos engañamos pensando que, si no hablábamos más de ello, lo olvidaríamos.
—¿Y funcionó?
—En absoluto. —Sonrió desconsolada—. Hablo en plural, pero en realidad fue una decisión de mi marido.
Y me dirá usted: ¿por qué no se rebeló? Podría haberlo hecho.
Pero no lo hice. Porque no se estilaba, porque lo amé hasta el extremo.
Por muchos motivos. —Luego, con un tono distinto, añadió—: ¿Está casado?
—Sí.
¿Era relevante que fuera su segundo matrimonio? No, creía que no. Cambió de postura en el sofá. Se había preparado para muchas cosas, pero desde luego no había imaginado que Gemma Cantuzzi tuviera tantas ganas de charla.
—¿Es feliz? Disculpe la indiscreción... Me he quedado sola con una hija y tengo más de ochenta años. He decidido que ya no voy a reprimirme más, no me interesa. Para mi marido eso era importante, pero para mí... De modo que, ¿es feliz?
—Sí, lo soy.
—Yo también he sido feliz con mi marido.
Por eso hice lo que él quería, porque lo contrario lo habría destrozado.
Lo habría matado... Discúlpeme, de verdad, pero tengo tanta necesidad de hablar de esto...
Angelo se habría burlado de mí. No hago nada sin pensar en lo que habría dicho él, a cada instante.
Se me hace tan raro estar de repente sola.
—Se estrujó las manos con un gesto nervioso—.
No es que no estuviera preparada, pero nunca se está preparado de verdad.
Se puede perder a una amiga a la que se ve de vez en cuando, a un pariente que nos visita una vez al mes.
Pero a un marido... —Tuvo que interrumpirse—.
Un marido, como le decía, tan presente como el mío, se mete en tus pensamientos.
Y yo sigo hablando con él, como si todavía pudiera responderme.
Ya se lo he dicho, tengo tantas ganas de hablar...
—Entonces yo también le voy a revelar algo. He dicho una media verdad... —dijo Fabio con aire cómplice.
«Generad empatía. Si os hablan de fútbol, convertíos en hinchas; si es de política, convertíos en filósofos.» Se lo había enseñado Wagner, después de que otros se lo hubieran enseñado a ella.
—¿Puedo ofrecerle algo más? —lo interrumpió—. ¿No? ¿Al menos un vaso de agua?... Debe de ser divertido su trabajo.
—No, gracias, estoy bien así. No sé yo si es tan divertido. Con su marido lo era, nos gustaba charlar juntos.
—Pero se disponía a hacerme una confesión... ¿Ha cambiado de idea? ¿Ya no quiere? Perdone, lo he interrumpido, ya no sé mantener una conversación...
Le tomaba el pelo, como si estuviera hablando con un niño.
—He crecido en una familia a la antigua, y no crea que en nuestra casa uno podía divorciarse tranquilamente, y tampoco se hablaba de ello como si nada...
Pero el caso es que he vuelto a casarme.
Mi primer matrimonio no salió muy bien. Un día, mi exmujer me dejó plantado y no quiso volver a saber nada de mí, apenas un momentito en el juzgado para firmar el divorcio y ya.
—¿Y cómo es? —le preguntó ella.
—¿Cómo es qué?
—Hacerlo todo de nuevo con otra persona, ver la televisión en el sofá, esa intimidad que quizá uno se ha construido, y luego verse en la cocina, por la mañana, desayunando en pijama con alguien a quien se acaba de conocer.
Lavarse los dientes y mirarse al espejo con otra persona...
No consigo imaginármelo. —Negó con la cabeza—.
Pero yo soy una mujer de otra época. Me comprometí con uno.
No sabe usted cuánto. Más de cincuenta años con un hombre como Angelo...
Fabio le contó que la primera vez que había estado allí, cuando ella se fue después del café, Angelo le dijo: «¿Ha visto lo guapa que es?».
—No me lo invento, se lo juro. Tenía esa voz de cuando íbamos a las fiestas, de jóvenes, y perdíamos la cabeza todos por la misma chica.
Gemma se quedó un momento pensativa, su marido se lo decía a menudo a ella también. Se enjugó otra lágrima y volvió al presente.
Le pidió a Elena que trajera unas galletas.
—Ya están listas, en la cocina.
Elena se levantó refunfuñando como una niña y desapareció.
—Tengo la sensación de que mi marido se sinceró con usted.
—Sí, lo hizo.
Fabio calló. Esperó a que la señora Cantuzzi le hiciera preguntas más concretas.