Dos #2
Cuando se sentó, Fabio se dio cuenta de que había aún toda una multitud tratando de entrar en una iglesia abarrotada ya.
Alrededor del féretro había coronas de flores con el nombre de las asociaciones que las habían enviado: círculos de montaña, empresas del sector que había hecho millonario a Cantuzzi.
Los presentes eran partícipes de la ceremonia.
Aparentemente no tenía sentido, pero sí que había una respuesta: en una ciudad tan pequeña, el dolor que había golpeado a los Cantuzzi no había dejado indiferente a nadie.
Los que ahora tenían cuarenta o cincuenta años habían vivido el drama de la familia cuando estaban en el colegio, en la parroquia o en el círculo alpino: los lugares que Stefano y Elena habían frecuentado antes de convertirse en anécdotas: «¿Conoces a mi amigo Stefano?
Pues ha muerto clavado en una verja...», «Nooo, ¿en serio?
», «¿Te acuerdas de Elena, la de cuarto D?
Pues se volvió loca cuando murió su hermano, ¿te lo puedes creer? ».
La tragedia que se había abatido sobre los Cantuzzi se había convertido para muchos en el acontecimiento más dramático de su juventud: y, por eso, estaban allí para recordarlo y asistir al epílogo de la historia.
Se reconocía enseguida a los que habían crecido con Stefano y Elena —de buena familia, excelente educación y bonitas mansiones— y a los antiguos empleados, muchos, muchísimos, que lloraban y parecían sinceramente afectados.
Fabio pensó en los primeros, tratando de imaginar lo que pasaba por la cabeza de Angelo cuando se los encontraba por la ciudad, quién sabe cuántas veces, o por senderos de montaña o en misa.
Estaban teniendo la vida que sus hijos habían perdido.
Habían encontrado un buen trabajo, se habían comprado una casa, se habían casado, habían tenido hijos y ahora habían empezado a aflojar el ritmo, a concederse algún capricho, sí, un buen coche, un apartamento en la playa, quizá, o una casa más grande en la ciudad.
¿Los Cantuzzi iban a misa? Probablemente no a la de los domingos por la mañana, en la que la gente se para a charlar a la salida y acaba en el bar tomando una copita antes de ir a comer con la familia.
Era más probable que fueran a la de vísperas, en la que como mucho te encontrabas con los que querían tener libre el domingo para irse de excursión, quizá.
Una atmósfera más discreta, más de tarde, sin niños ni jóvenes, sin ritos sociales: solo un saludo sin miradas compasivas, sin charlas incómodas ni preguntas espinosas.
Escuchando la homilía, Fabio comprendió que sí, que iban a misa: el cura evitó mencionar lo que le había sucedido, pero hizo de Angelo una semblanza fiel.
Habló de él como de un hombre indómito. No escatimó en alabanzas, describiéndolo como un buen cristiano, capaz de aceptar lo que el destino le había reservado, capaz de cargar con su cruz.
No, pensó Fabio, en eso se equivocaba. No lo conocía como lo había conocido él.
Había cargado con su cruz, sí, como cargaba con tu mochila si estabas demasiado cansado o como te habría cargado a hombros, si hubiera tenido la fuerza, al darse cuenta de que ya no podías más.
Pero que hubiera aceptado su destino... No, eso sí que no.
No había aceptado nada. Ni se había liberado de nada.
La celebración había terminado, Fabio salió de la iglesia junto a Sybille.
Llevaba tacones de aguja y una falda de piel: imponía hasta en su idea de elegancia para un funeral.
Se acercaron a dar el pésame. Fabio se puso disciplinadamente en la cola y esperó su turno.
Gemma sostenía a su hija de la mano: cambiaba unas palabras con quienes se acercaban a saludarla, a algunos los abrazaba.
Estaba visiblemente afectada, pero parecía tener la situación bajo control: entre una persona y otra, miraba siempre a Elena para ver cómo estaba y si era demasiado para ella.
La señora que iba delante de Fabio se demoró hablando, pero al fin llegó su turno: se vio delante de Elena y de Gemma. La viuda necesitó unos instantes para reconocerlo.
—Ha sido muy amable en venir, doctor Montari.
—No soy doctor. Su marido y yo siempre bromeábamos sobre eso, ¿sabe?
Se ocupó Sybille de llenar el silencio.
—Lo siento mucho, su marido era una persona excepcional.
No era una frase muy original, pero era lo que había que decir.
Notaban tras de sí la presencia de otros que querían también dar el pésame a la viuda, por lo que se apartaron.
—Adiós, señora Cantuzzi —le dio tiempo a decir a Fabio.
Se preguntaron si seguir al féretro hasta el cementerio. En esa pequeña ciudad, todavía era costumbre, pero decidieron renunciar. Aunque no lo hubiera sorprendido esa muerte anunciada desde hacía tiempo, Fabio se sentía muy triste: sabía que echaría de menos a Cantuzzi.
No le apetecía estar solo, por lo que fue a la galería a recoger a Carolina.
Dejó el coche cerca y se quedó al otro lado del escaparate, observándola mientras le explicaba a un cliente las características de una obra.
Percibía su voz aunque no la oyera, imaginaba sus palabras solo con observar la expresión de su rostro: ¿qué increíble conjunción de los astros había permitido la entrada en su vida de una persona así?
Vista desde allí, era tan elegante y sexy que, cuando decidió entrar por fin en la tienda, se sintió fuera de lugar, tosco y torpe.
Entonces, ella reparó en su presencia e interrumpió la explicación para saludarlo y darle un beso.
Siguió observándola. Esos cuadros, esas obras...
, debía de ser agradable tenerlos cerca todo el día.
Al fin llegó la hora del cierre. En el camino de vuelta, cenaron en un restaurante cerca de casa y luego hicieron el amor.
Cuando Carolina se durmió, Fabio fue a sentarse en el sofá con el portátil y accedió a su cuenta de empleado.
Al cabo de un rato, al oír un crujido, se interrumpió para asegurarse de que Carolina seguía durmiendo, pero después pensó que, aunque hubiera aparecido de repente, no se habría enterado de nada: se trataba solo de simples movimientos bancarios de una cuenta a otra, que solo él o alguien que hubiera querido hacer un control podría haber descifrado.
Sumó los distintos movimientos uno después de otro, sin comprobar el subtotal.
Eran setecientos tres mil quinientos euros.
No imaginaba que fuera tanto. Se preguntó si alguien en el banco se habría dado cuenta.
No tardaría mucho en obtener respuesta, pero en ese momento aún estaba demasiado ocupado repasando mentalmente sus adquisiciones y pensando dónde esconderlas.
Había comprado un coche antiguo que había dejado provisionalmente en un garaje donde solía aparcar el otro, y ya estaba pensando en un tercero.
Ese lo quería nuevo y muy rápido. Se había divertido comprando vino a precios descabellados: no asimilaba que una sola botella pudiera costar varias decenas de miles de euros.
Había algo que le resultaba incomprensible: no dejaba de ser simplemente uva.
¿Cuánto mejor podía ser para valer no mil, sino diez mil veces lo que otra?
Había botellas de cinco euros y de cincuenta mil.
Compró diez, después de leer acerca de un banco en la región de Módena que ofrecía un servicio de bodega donde conservar las botellas preciadas.
Lo divirtió dejarlas precisamente allí y no en otra parte, como por ejemplo la bodega del aeropuerto de Ginebra o la de algún sitio elegante de Milán.
Un par de Romanée Grand Cru de las que se producían solo tres mil quinientas botellas al año: diecisiete mil euros.
Un Bolgheri superior DOP a veintitrés mil euros la botella.
Seis de champán Extra Brut Grand Cru Jacques Selosse: las consiguió en una subasta, a trece mil euros cada una.
Tres días después, al término de una larga negociación telefónica, adquirió una nave en una zona industrial en las afueras.
Estaba hecha de planchas de metal y tenía una entrada amplia por la que cabía un coche.
Cogió las llaves, firmó el contrato y le estrechó la mano al vendedor.
Al día siguiente, hizo dos viajes para llevar allí los dos coches antiguos.
En un pequeño armario escondió también las joyas.
Ahora tenía su guarida. Se había convertido en un bandido.
Encendió todas las luces y contempló el almacén por entero: de ahora en adelante, dispondría de mucho espacio. Y era como cuando compras una casa muy grande: llega un momento en que tienes que llenarla.