El estafador Dos
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Dos

Dos

En esos meses de orgía y de euforia, Fabio no se olvidó ni de Cantuzzi ni de la promesa que le había hecho. Por cómo lo había visto en esa visita a la casa de la montaña, sabía que no había tiempo que perder. Se lo debía. Por esa excursión al refugio, por lo que había querido compartir con él.

Probó a llamarlo para sincerarse sobre sus condiciones.

Lo llamó al teléfono de su casa; Cantuzzi tenía un móvil que llevaba consigo cuando salía, pero que estaba apagado la mayor parte del tiempo.

Le saltó el contestador automático: era la voz de la señora Cantuzzi.

Tenía un tono doliente y se disculpaba por no estar en casa.

Dejó un mensaje de saludo. Unos días después, fue la propia Gemma quien le devolvió la llamada.

Era la primera vez, pero como su marido debía de haberle hablado tanto de él, se dirigía a Fabio con un tono afectuoso.

Empezó por el final: la enfermedad había avanzado.

Angelo sufría terribles dolores. Había perdido más peso y el prurito era a ratos insoportable.

Su marido se estaba yendo y le había rogado que lo llamara.

—Ya verá, señora, como se recupera —probó a decir Fabio sin convicción.

—No. Eso no sucederá.

—¿Por qué?

—Porque así lo ha decidido él. Está preparando el después, no quiere dejar el trabajo a medias. Como de costumbre.

—Lo siento mucho.

—Yo también. Muchísimo.

Parecía una frase obvia, pero, sabiendo lo que sabía, Fabio creyó intuir su significado: se lo había perdonado todo.

—Necesitaría hablar un momento con él. ¿Cree que lo alegraría si paso un momento por su casa?

—Desde luego que lo alegraría, pero tiene muchos dolores. Apenas puede hablar... Me lo puede decir a mí, si quiere.

—De verdad es cosa de un minuto. Siento insistir, perdóneme, pero estoy seguro de que Angelo lo querría así.

La señora Cantuzzi dudó un momento y luego se dejó convencer.

—Lo creo... Venga, entonces, por la tarde, hacia las tres y media. Se toma un sedante para descansar después de almorzar y, cuando se despierta, es el único momento en que no tiene dolores ni prurito, no sé por qué. Venga en esa media hora de tregua.

Fabio se presentó en su casa esa misma tarde.

Acudió a abrirle la señora Cantuzzi y fue ella también quien lo condujo junto a Angelo.

Había mandado colocar una cama en el que había sido su despacho, para que no tuviera que subir la escalera.

A su lado había un catre, seguramente para ella, que —se imaginaba Fabio— nunca dormiría lejos del marido.

Se quedó un momento frente a la cama, tratando de ver si Cantuzzi era capaz de reconocerlo.

A su lado, Elena le había cogido la mano y se la acariciaba.

Ahora el niño era él. Fabio reconoció la foto en que salían los cuatro en la casa de la montaña, que era precisamente el motivo por el que estaba allí.

Sus expresiones, ahora que sabía lo que había ocurrido después, no mentían: habían sido felices.

—Ven, Elena, vamos a dejarlos un momento a solas —dijo la señora Cantuzzi.

Elena masculló algo, no saludó a Fabio ni se presentó, pero le hizo una última caricia a su padre.

Aunque era como una niña, lo había entendido: podía morirse en cualquier momento.

«Te dejo un ratito, pero quiero que estés cuando vuelva», parecía decirle con esa última mirada.

Luego se levantó y salió de la habitación, seguida de su madre.

Fabio se sentó, con la esperanza de que en esa postura a Angelo le fuera más fácil escucharlo.

O, simplemente, notar su presencia. Estaba reducido a un esqueleto.

De debajo de las mantas asomaba un brazo muy flaco moteado de hematomas y conectado a un gotero.

Le cogió la mano, aunque solo fuera para llamar su atención.

Todavía no tenía claro que Angelo lo hubiera reconocido.

Acercó la boca a su mejilla esperando que así lo oyera.

Notó un olor inconfundible: el de alguien que se está muriendo.

—Soy Fabio. Quería saludarlo, Angelo.

Cantuzzi permaneció inmóvil. Las informaciones llegaban despacio a su cerebro. Elena estaba en otra parte, y ahora había un extraño o un amigo, o quién sabe, a su lado.

—¿Cómo se encuentra, Angelo?

—No bien —murmuró con esfuerzo.

—¿Quiere que descorra un poco la cortina? ¿Dejo entrar un poco de luz?

Se levantó y dejó entrar algún rayo de sol, con cuidado de que no le diera en la cara.

En el pasado debía de haber habido más vistas y más luz: después, otros habían tenido la misma idea de Cantuzzi, ir a vivir fuera de la ciudad para construirse un chalé, por lo que espacios verdes quedaban ya bien pocos.

Una hilera de verjas, setos y alambradas daban una idea bastante clara de cómo se vivía en esa zona que había surgido de la nada y en la que no había una sola iglesia ni una plaza.

—Hace un día bonito. Quizá llegue ya la primavera...

¿Qué coño estaba diciendo? A él siempre lo habían traído sin cuidado el sol y la primavera. Fue al grano:

—Tengo una buena noticia.

De repente, Cantuzzi trató de volverse hacia él. Había entendido. Lo decía la mueca en su cara.

—La casa, Angelo. Intenté ponerla a la venta en varias webs, pero nada.

Un día, me invitó a su casa un cliente, uno de estos que se esmeran en que todo el mundo sepa que viven por todo lo alto, de estos que quieren impresionar: que si el coche, que si la casa, que si la mujer exmodelo de pasarela...

Todo. Igual pensaba que no lo envidiaba lo suficiente, el caso es que se puso a contarme que se había montado un spa en su mansión.

Que volvía del trabajo y se metía en la sauna, que volvía de esquiar y se daba un baño turco, que llegaba de correr y se daba un baño de hidromasaje.

Entonces se me ocurrió una idea: llamé a una empresa, pedí un presupuesto para montar un spa completo con todo incluido: sauna finlandesa de madera de peral asiático, baño turco con un gran espejo, cerámica, mayólica...

Me inventé incluso un nombre para la casa antes de ponerla en los anuncios: Villa Hygge.

Calló. Angelo ahora parecía divertido.

— Hygge es una palabra danesa que engloba todas esas cosas que gustan ahora: el bienestar, el relax, la paz interior...

Subí el anuncio a las redes, Villa Hygge, con spa , etcétera.

Vamos a la deriva, ahora ya todo es imagen: al cabo de una hora, tenía diez solicitudes.

Si no hubiera quitado el anuncio, probablemente habría llegado a las cien en un par de días.

Pero no tenía nada listo: había que hacer ese spa .

Pedí un mes de plazo, y eso los hizo enloquecer a todos: pensaron que estaba hasta arriba de solicitudes y que tenían que competir unos con otros.

O que ya la había apalabrado para otros.

Cuando concerté la primera visita, después de construir el spa , convencido de que tenía que adelantarse a los demás, un tipo me dio una señal que es la mitad del total.

Me dijo que, si quería, podía darme una parte en negro a mí directamente por la mediación.

Se la vendí. Asunto terminado. Lo hemos conseguido.

Su mujer no sabrá nada, el dinero está en la cuenta, y esa casa ya es como si nunca hubiera existido.

Sintió la mano de Cantuzzi apretar la suya. Entonces Angelo empezó a lagrimear. Pero, por una vez, eran lágrimas de alegría.

—Ya no tiene que preocuparse.

Se quedaron inmóviles en esa postura. Cantuzzi parecía dormido, pero las lágrimas seguían rodando por sus mejillas.

Fabio oyó a Gemma a su espalda y se volvió, dándose cuenta de que también él estaba llorando. Le rogó con un gesto que lo dejara seguir allí un momento. Se quedó callado, con una mano sobre la cama, junto al rostro de Angelo, y la sensación de asistir al final de algo grande.

—Angelo, ahora me despido. Tengo que ir a hacer un recado. Hay una cosa que quiero decirle. Otra buena noticia. Tiene que ver conmigo: me caso.

—Bravo —lo oyó decir cuando ya casi había salido de la habitación. Se volvió a mirarlo y esa fue la última vez.

Al cabo de verdaderamente poco tiempo, ahí estaba Fabio, una tarde medio nublada, medio soleada, siguiendo a una multitud de personas que avanzaban todas en la misma dirección.

Entre ellas había bastantes ancianos, hombres y mujeres, pero también más jóvenes, de cuarenta y cincuenta años.

No podían ser amigos de Elena: había transcurrido demasiado tiempo desde que los Cantuzzi se la habían encontrado de vuelta en la infancia, lloriqueando por un pastel o porque le contaran un cuento.

No, no estaban allí por ella. ¿Por quién, entonces?

Fabio vio a Wagner y llegaron juntos a la entrada de la iglesia, en el momento preciso en que levantaban el féretro para llevarlo ante el altar.

Justo entonces vieron a la señora Cantuzzi y a Elena.

Avanzaban despacio detrás del féretro, cogidas de la mano para sostenerse la una a la otra, seguidas del resto de la gente.