El estafador Epílogo
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Epílogo

Nunca le contó a Carolina esa última conversación con Gemma Cantuzzi.

Era algo solo suyo y, quizá, en medio de todo el tsunami que los había arrollado, fuera un recuerdo que valía la pena conservar a buen recaudo.

Se imaginaba a Gemma en París o en Londres, con Elena, recuperando lo que habían perdido, encerradas en un duelo sofocante y atrapadas por un hombre que, pese a amarlas profundamente, las había condenado a las dos.

A miles de kilómetros de su pasado, Fabio se pasaba días enteros contemplando el océano.

Ese horizonte ilimitado era la respuesta a los años, ni siquiera tres, a decir verdad, menuda farsa, transcurridos espiando el mundo por el hueco de la cerradura o entre los barrotes de la celda.

Después había llegado la negociación y, con esta, el arresto domiciliario y, al fin, la decisión de cambiar de aires en cuanto le brindaron la posibilidad.

Descubrió cuán fácil era desaparecer si nadie te buscaba.

—Nos ha tomado a todos por gilipollas —le dijo el fiscal justo después de la sentencia.

Lo expresó con esa crudeza, pero el tono no era de enfado ni de decepción: habría sido un ingenuo, sí, pero, al menos en su terreno, había entendido cómo funcionaba el mundo en realidad.

Fabio nunca volvió a tener contacto con él.

Desde donde se encontraba ahora, espiaba los yates de crucero que todos los días atracaban en el puerto y se quedaba mirando a los turistas que desembarcaban uno detrás de otro por la larga pasarela.

Estaba convencido de que, antes o después, entre esa muchedumbre de pasajeros distinguiría la silueta delgada y elegante de Gemma y aquella, torpe y robusta, de Elena.

Pensaba en ellas, y en Angelo y en Stefano, ese chico al que había observado tantas veces en la foto de la cocina que había terminado por creer que de verdad lo había conocido.

Reconocería a Gemma y a Elena, entraría deprisa en su apartamento panorámico de la planta treinta y bajaría corriendo para ir a su encuentro.

Las invitaría a un café, o quizá a un cóctel, de esos que tenían una banderita.

Se quedarían juntos contemplando la playa y el mar, recordando cómo esas tardes en que él les robaba y Gemma le hablaba de sí misma habían sido lo más parecido a la ternura que habían conocido nunca.

Le preguntaría si lo había perdonado... No, lo más verosímil era que se quedaran callados, que se limitaran a beberse el café, aguardando el momento de disfrutar de la puesta de sol y esperando que tanto él como Gemma y Elena, antes del inevitable final, pudieran asistir mil veces más a ese espectáculo majestuoso.

¿Cuánto hacía que se había marchado Carolina?

¿Cuánto hacía que había vuelto a su casa, a su vida?

A su familia, quizá: la había criticado tanto, pero, al final...

Era probable que ahora estuviera haciendo aquello para lo que siempre había estado destinada: trabajar en la empresa familiar como directora de algo.

Se la imaginaba rodeada de los que eran como ella, ocupada en contarles la extravagante aventura que había vivido con ese bandido por el que había perdido fugazmente la cabeza, hasta el punto de casarse con él.

Ya no recordaba cuánto tiempo había pasado, pero, una mañana, en su soledad, recordó el fin de semana en la montaña con Angelo y se marchó.

Cogió un avión, después otro y otro más.

Aterrizó en Buenos Aires y alquiló un coche en el aeropuerto: estaba solo, pero era como si estuviese con Angelo y Stefano.

Se imaginaba a Cantuzzi al volante, comentando lo que veían, con su hijo al lado, que no se perdía una palabra de ese padre del que todos, desde su madre hasta los empleados, le decían que era tan único y especial.

Fabio se lo imaginaba empeñado en no decepcionarlo nunca: ¿que quería caminar diez horas?

Pues de acuerdo; nunca una rabieta ni una lágrima.

Había seguido el camino trazado durante años, hasta que una llave perdida lo había mandado todo al garete.

Sin quererlo, había sido el propio Stefano, que había hecho lo imposible para estar a la altura de ese hombre, el que lo había herido de muerte.

¿Cómo de grande o de pesada era esa llave?

Poco. Pero había sido la medida de su destino.

Fabio vio los primeros guanacos cruzar la carretera poco antes de la Patagonia, seguidos de las orcas, los pingüinos y los glaciares. Sabía cuál era la meta real de su viaje.

Tal vez los Cantuzzi habían llegado a ese valle ellos solos, sin otros turistas.

Eran tiempos lejanos. Fabio identificó en un momento esa puerta natural excavada en una roca que se abría a un panorama espectacular.

A su alrededor se oían voces de todos los rincones del mundo.

Se puso respetuosamente a la cola, esperando su turno para sacar una foto.

Los turistas se repartían en grupos, pero no le pedían a nadie que los fotografiara, como ocurría en los tiempos de Cantuzzi y también en los suyos.

El más alto alargaba el brazo delante de sí, les decía a los demás que se juntaran detrás, estos se apiñaban para no quedar fuera del encuadre, y luego tomaba la foto, atento a que saliera bien la puerta y el recuadro de panorama correspondiente.

No tenía ninguna gana de fotografiar el paisaje, y menos aún de fotografiarse a sí mismo. Se limitó a mirar a su alrededor, pensando en esa piedra tan valiosa para ese niño que debía de estar oculta en alguna parte. Mejor que siguiera donde estaba.

Llevaba decenios enterrada allí y, mientras tanto, todo había cambiado.

Habían cambiado los Cantuzzi, había cambiado el mundo y había cambiado incluso él.

Salvo una cosa: a diferencia de los Cantuzzi, todavía no había encontrado un momento que lo representara, ni uno que le hubiera gustado que lo representara.

Cuando cayó la noche y ese lugar quedó olvidado, eterno, subió al coche y reemprendió el camino hacia Buenos Aires y, desde allí, hacia ese nuevo rincón del planeta que había empezado a considerar su casa.

Mientras se alejaba, lanzó una última mirada a esa puerta natural excavada en la roca y pensó que siempre había tenido razón, lo había sabido siempre: las cosas, amigo mío, suelen suceder por casualidad.