Uno #2
—Gemma cree que la vendí. En lugar de eso, contraté a una asistenta que viene todos los meses a ver cómo está la casa y a hacer algo de limpieza.
Y un jardinero. Todos los santos meses he pagado las facturas, pidiendo que me las enviaran a la oficina para que mi mujer no las viera.
Me siento un miserable por haber mentido todos estos años, pero ya no hay vuelta atrás.
Tengo toda una lista de cosas que no habría querido hacer como hice. Pero se acabó.
—Todavía hay tiempo —se aventuró a decir Fabio.
—No, te equivocas, no lo hay.
Intentó decir algo. Pero ¿el qué? Cantuzzi tenía razón: apenas se sostenía en pie.
—Regálala, véndela, haz lo que te parezca, haz alguna reforma si es necesario, sácalo de la cuenta, si hay gastos... Lo que sea, mientras consigas hacerla desaparecer antes de que yo me muera para que Gemma y Elena no se vean obligadas a volver aquí.
—Lo intento, Angelo. Le juro que voy a intentarlo.
Se quedaron un rato más ahí sentados, mirando el cielo, la cancha de tenis, la hierba bien cortada y la gran mesa de madera. Después se montaron en el coche y volvieron directamente a casa, sin que Fabio lograra convencerse de que todo eso no era una historia de fantasmas.
Las semanas siguientes, sustrajo algo más de dinero de otras cuentas.
Para la mayor parte de esos clientes, se trataba todavía de cantidades modestas, pero para Fabio representaba la posibilidad de permitirse lujos con los que hasta entonces solo había fantaseado.
Sacó dinero de la cuenta de un industrial del textil muy conocido.
Lo eligió a él y no a otros después de quedarse embelesado en una exposición dedicada a la historia de su marca, observando el documento que acompañaba un brocado y en el que se explicaba el proceso según el cual se había realizado.
Saber que se remontaba al siglo XVII daba una idea de lo antigua que era la riqueza de esa familia.
A ellos les robó doscientos mil euros.
Transfirió cincuenta y dos mil de la cuenta de un jubilado, heredero de una empresa de logística muy activa en la región, a la cuenta de otro jubilado: su exsuegro. Tenía que llamarlo, ir a pescar le sentaría bien.
Sacó veintidós mil euros de la cuenta de una señora de casi noventa y dos años, propietaria de una serie de inmuebles en la ciudad y alrededores, con un patrimonio que rondaba los diez millones de euros.
Setenta y cinco mil de la cuenta de un exfutbolista, el único de la ciudad que había jugado en primera división. De niño lo admiraba muchísimo: se había asegurado de que tuviera el dinero suficiente para que eso no le supusiera un problema real.
Noventa y un mil euros a un gerente jubilado que había sido el jefe de su padre y le había amargado la vida.
«Este dinero es para ti, papá.»
Hizo transferencias no autorizadas, estampó de su puño y letra la firma de clientes, modificó el campo del beneficiario respecto a lo indicado por el cliente.
Trapicheó aquí y allá, movió mucho dinero para adquirir pólizas, acciones y bonos del tesoro, enredó para confundir, aprovechó el hecho de que conocía las costumbres de sus clientes y eligió entre estos a los menos atentos y expertos. ¿Qué podían temer de alguien como él?
San Fermo.
Si ellos supieran...
Una tarde de entre semana, Fabio se adentró en una zona de tráfico limitado, tomó por una calle central y consiguió aparcar entre dos coches.
Se bajó y se quedó un momento parado delante del escaparate de una joyería que vendía relojes de lujo.
Sus extras, así los llamaba él, rondaban ya el medio millón de euros.
Fingía consigo mismo que no la sabía, pero conocía en realidad la cifra exacta: cuatrocientos ochenta mil quinientos, de los cuales treinta y siete mil doscientos conseguidos solo en el último mes, y setenta y dos mil en el último trimestre.
Parecía de verdad mucho dinero, pero al cabo de poco tiempo se daría cuenta de que no lo era en absoluto. Miró a su alrededor: apenas había nadie. Debía de estar todo el mundo trabajando, encerrado en una habitación.
¿Y él, en cambio?
Echó un vistazo a los relojes expuestos y luego llamó al timbre.
Lo recibió una empleada con un traje de chaqueta de pantalón negro.
Fabio vestía unos pantalones grises, una camisa clara sin corbata y una chaqueta azul.
Ingresos percibidos: ¿sesenta, ochenta mil euros?
¿Recibían los empleados de los comercios de lujo una formación para saber con qué tipo de cliente estaban tratando?
Saboreó el momento en que la empleada empezaría a sospechar que tenía mucho más que eso.
Se puso a dar vueltas entre los expositores de joyas, deteniéndose delante de algunos.
¿Qué tipo de hombre parecía? ¿Qué tipo de cliente daba la sensación de ser?
Él lo tenía mucho más fácil: miraba la cuenta que le interesaba y lo sabía al instante.
Ellos tenían que basarse en sus impresiones.
Se volvió de repente para ver si la empleada lo estaba siguiendo.
No. Ingresos percibidos: treinta, cuarenta mil euros.
Parecía un tipo que solo le haría perder el tiempo.
Tuvo que ir él a buscarla.
—Disculpe, señorita. Me preguntaba si...
La llevó ante un expositor e indicó un Patek Philippe de cuarenta y ocho mil euros. Tenía la esfera verde oliva y la correa de piel de cocodrilo. Eso, al menos, era lo que veía él.
La empleada levantó la mirada, convencida todavía de no haberse equivocado con él. Fabio le leyó el pensamiento: un megalómano que quería llamar la atención y que saldría de la tienda con un Seiko de mil doscientos cincuenta euros como mucho.
—Sígame, por favor —susurró casi a regañadientes. No podía arriesgarse. La siguió hasta un saloncito.
—Siéntese.
—Gracias.
—¿Quiere un café? Enseguida le traigo el reloj.
Poco después, mientras saboreaba el café, vio llegar a otra empleada con una bandeja acolchada de terciopelo y, encima, colocado con mimo, su reloj.
La chica lo cogió con un gesto ligero, como si fuera algo muy delicado y valioso. Lo era. Él la observaba y solo pensaba en cuánto costaba. También un poco en su padre. Le tendió la muñeca.
—Supongo que es para usted.
—Sí.
—Mejor. Este tipo de objetos siempre es mejor probarlos.
—Le sonrió—. Tenemos clientes que compran la misma marca desde hace años porque todavía recuerdan la sensación que experimentaron la primera vez que llevaron uno de esos relojes.
La consistencia de la correa, el acero de la caja, el color de la esfera: cada uno de estos relojes comunica una sensación distinta.
Y cuando uno encuentra el modelo que le queda «como un guante», difícilmente se decanta por otro... Es como el zapato de Cenicienta.
Había cambiado el tono de voz, ahora escogía las palabras con cuidado. Empezaba a creer posible esa venta.
—Bien, estire el brazo, así...
Desabrochó la correa, luego, con una mano, le tomó delicadamente la muñeca y, con la otra, le colocó despacio el reloj sobre la piel. Miró a Fabio para ver el efecto.
—¿Lo nota? Es algo único. Si ahora se probara un Rolex, sería distinto, y lo mismo con un Cartier. Cada casa tiene su propia consistencia al tacto, que es como su firma.
Le abrochó el reloj, rozándole la piel con la punta de los dedos.
El acero, la correa, el peso, el olor, los reflejos.
Ese verde que entonaba con su tez, el acero que se le pegaba a la piel. Tenía razón: era exactamente como el zapato de Cenicienta. Embelesado, miró el reloj un momento más y luego levantó los ojos a la empleada y se dio cuenta de que prácticamente pendía de sus labios. Ahora sí lo creía posible.
—Existen distintas razones para adquirir un reloj de esta categoría: algunos clientes los coleccionan, otros los compran y no los usan porque quieren dejárselos intactos a los hijos... Venga conmigo.
El lugar en el que se lo había hecho probar era el que tenía la luz perfecta. Lo acompañó a otro rincón preparado como el decorado de una película, donde, además de en los espejos cercanos, podía verse desde una perspectiva más amplia.
—Mírese en este espejo...
Fabio obedeció. Los pies, los tobillos, las piernas, el torso, la cara: era todo igual, pero estaba ese reloj. Como probablemente otros mil antes que él, pensó que, con ese reloj en la muñeca, todo podría ocurrir en su vida. Y, al poco, el tiempo le daría la razón.
—Luego me gustaría elegir algo también para mi pareja. Para darle una sorpresa.
La empleada desconfiaba todavía. ¿Quién era ese hombre? Pero, en el fondo, podía ser hasta el propio Pablo Escobar resucitado, lo importante era que comprara. Volvió a su papel sin cambiar el gesto.
—¿Hace mucho que le gustan los relojes?