Uno
Uno
En los pocos meses de vida que le quedaban a Angelo Cantuzzi, Fabio tuvo ocasión de entender que la personalidad y las experiencias de ese hombre que había crecido en los años de la Segunda Guerra Mundial eran mil veces más complejas de lo que Wagner o él podrían haber pensado.
Cantuzzi no tenía mucho tiempo. Por eso, sabía con precisión cuáles iban a ser sus siguientes pasos en los meses que le quedaban.
Qué parte de ese recorrido había decidido hacer con Fabio solo podía sorprender a una mirada distraída.
En una vida como la suya, el dinero había ocupado un lugar tan central que no era en absoluto extraño que Cantuzzi le pidiera a un banquero que le hiciera de confesor y, quizá, que le diera incluso la extremaunción.
Era un recorrido por etapas y, ya fuera la última, la penúltima o la antepenúltima, pasaba inevitablemente por esos dos días en la montaña y por esa mañana en la que Fabio había acudido a la puerta de la casa de Cantuzzi a la hora convenida.
Un recorrido en el que habían desaparecido los puntos de referencia: cuando Cantuzzi abrió la puerta, con Gemma detrás, mirándolo preocupada, Fabio se preguntó si estaba allí como amigo o como banquero.
Descubrirlo no era importante, no había tiempo. Ahora ya la prisa no era solo por la vejez, estaba también la enfermedad para imprimir un último acelerón. Cantuzzi caminaba un poco más despacio y su paso parecía aún más inestable que hacía unas semanas.
Cuando los separaban pocos metros, Fabio tuvo ganas de ir a su encuentro y abrazarlo.
O sostenerlo. Pero lo habría humillado, por lo que se limitó a abrir la verja de par en par para facilitarle el paso.
Al verlo subir torpemente al coche, desplomándose sobre el asiento con todo su peso, comprendió que el cáncer lo estaba devorando a una velocidad inaudita, considerada su edad.
Tal vez dependía de su complexión robusta. La enfermedad era tan fuerte como él.
—Lo veo bien, Angelo. En forma —mintió.
—Arranca, por favor. Gemma nos está observando, no quiero que se dé cuenta de que apenas he dado diez pasos y aun así me duelen muchísimo las piernas.
Encendió el motor, y justo después Cantuzzi se sacó una pastilla del bolsillo y se la tomó.
—Tengo un poco de agua, si quiere...
—No, gracias. Cuando hice el servicio militar, aprendí a tragarme cualquier cosa sin agua. Aunque digan que no es bueno.
Cogieron la nacional y luego la autopista. ¿Le había dicho a su mujer que se estaba muriendo? ¿Y a su hija? ¿Cómo le explicabas a una persona como ella que te estabas yendo?
—¿Te importa parar un momento en un área de descanso? Ahora ya tengo muy poca autonomía. ¿Te apetece un café?
—No, ya he tomado. A menos que quiera usted uno.
—Yo no tomo café, ya lo sabes —bromeó Angelo—. Dame un segundo para ir al aseo y nos vamos.
Salvo algún breve diálogo, guardaron silencio durante casi todo el trayecto.
Cantuzzi había perdido mucho peso: las piernas le bailaban en esos pantalones de pana que Fabio le había visto muchas otras veces.
Se pasaba continuamente la mano por las pantorrillas y, a escondidas, hacía lo mismo con el pie: el prurito debía de ser insoportable.
Tenía la tez amarillenta. Lo menos que se podía decir era que la predicción de meses había sido optimista.
No le preguntó ni comentó nada. Esperó a que fuera Cantuzzi quien le explicara el motivo de esa enésima excursión lejos del centro.
—Sal por aquí —balbució cuando se acercaban a una salida de la autopista. También su voz sonaba distinta. Salía más débil de su boca, y entre una frase y otra tenía que parar para recuperar el aliento—. Ahora gira a la derecha.
Tomaron una carretera que subía describiendo curvas cerradas desde el valle. Cuando dejaron atrás un pueblo a mil metros de altitud, Cantuzzi rompió el silencio.
—Hay una casa —dijo—. Es esa casa. Ahora la verás. Es preciosa. O, mejor dicho, lo era. Nunca hemos hablado de ella. Hemos escudriñado juntos todas las propiedades, pero esta no. Y supongo que podrás imaginarte el motivo. Por ahí... Ese caminito.
Fabio tomó por un camino sin asfaltar en ligera bajada. A derecha e izquierda, algunos abedules y hayas resistían entre pinos cembros, alerces y abetos.
—Ten cuidado con los socavones, los que ves llenos de agua son muy profundos.
A ambos lados había algunas casas de los años setenta medio abandonadas, cabañas de pastor, un establo. Fabio aminoró para dejar pasar a una familia de corzos que cruzaba tranquilamente.
—Bien, ahora toma a la derecha y ya estamos.
Un centenar de metros más adelante, Fabio se detuvo delante de la verja.
Era idéntica a como se la había imaginado: con altos barrotes rematados en punta de flecha.
Era bastante fácil figurarse cómo había ocurrido todo.
Sintió escalofríos. Cantuzzi rebuscó en el bolsillo para sacar las llaves y bajó del coche.
Metió la llave en la cerradura, y la verja se abrió con un leve chirrido.
—Espérame aquí un momento —dijo Cantuzzi en el umbral de la casa.
Fabio se sentó en un banco de hierro fundido.
El jardín estaba cuidado, había incluso una pradera de hierba segada y una cancha de tenis que, por el contrario, estaba más abandonada.
Intentó imaginárselos lanzando las pelotas por encima de la red y distraerse de vez en cuando mirando la verja; haciendo una barbacoa y mirando la verja; jugando a las cartas en esa mesita bajo el alerce y encontrársela ahí delante.
Después, Elena había empezado a estar mal, y hasta Cantuzzi se había resignado.
—¿Vosotros teníais una segunda residencia? —Mientras tanto, el anciano había vuelto y se había sentado a su lado, esperando su respuesta.
—No. Creo que no había dinero, pero sobre todo creo que lo que no había era el deseo de tenerla —contestó Fabio.
Cantuzzi se puso a hablarle de una época, en Italia, en que todo parecía posible. Había una promesa en el aire. Todos pensaban que tendrían una vida más plena, más rica que la de sus padres, que sus hijos estudiarían en mejores colegios.
—Era la idea de una felicidad infinita. No era una cuestión filosófica, tenía que ver con un bienestar material... —prosiguió Cantuzzi.
Fabio lo interrumpió. Ahora ya se lo podía permitir.
—Mi padre tenía más o menos su edad, pero no creo haberlo oído hablar jamás de felicidad. Y menos «infinita».
—Quizá porque no había tenido éxito, disculpa mi franqueza. La mayor parte de las personas que conocía y frecuentaba tenía una actividad, y también la mayor parte de ellas estaba ganando mucho dinero. Nos estábamos haciendo todos ricos, de modo que, ¿quién podría haber estado ya triste?
Su padre no había comprado una segunda residencia como esa en la que se encontraban. No tenía un buen coche, no tenía piscina... Quizá, el razonamiento de Cantuzzi tuviera sentido: en su casa no se hablaba de felicidad porque no tenían ni una sola de esas cosas.
—Después, Stefano murió, y ya no supimos qué hacer.
Durante un tiempo, nos quedamos como aturdidos.
¿Y ahora?, pensábamos. ¿Cómo se volvía a empezar a partir de algo así?
¿Cuánto tiempo necesitaríamos para estar un poco mejor?
No había muerto por un resbalón en el baño. Había sido una cosa terrible, cruenta.
Se pasó una mano por los ojos con un gesto cansado.
—Ese chico ahí colgado, desmayado... Siempre he pensado que era demasiado, que era de verdad injusto.
Pero me había gastado tanto dinero en comprar esta casa, y otro tanto en reformarla...
Así que seguí repitiéndole a mi mujer que teníamos que ser racionales: acababa de morir un chico aquí, pero seguimos viniendo los fines de semana, aunque nos doliera.
A todos. A mí el primero. Pero la casa era bonita, nueva...
Le repetía a mi mujer que a Stefano le encantaba y que lo habría hecho feliz imaginarnos aquí.
Figúrate, desde el cielo... ¿Te das cuenta de las tonterías que me decía a mí mismo?
Pero en realidad mi razonamiento era otro: las cosas no se desperdician, no se tiran; eso pensaba.
De pequeño tenía una tía que, antes que tirarla, se comía la comida caducada.
De joven había pasado hambre, así que se la comía de todos modos.
Luego se pasaba dos días enferma, pero la vez siguiente volvía a hacer lo mismo.
—Entonces, ¿siguieron viniendo aquí?
—Sí, durante un tiempo. Gemma sufría, se desesperaba, lloraba sin parar.
Pero yo la obligaba a reaccionar. Pensaba que, si abandonábamos la casa, habríamos perdido.
Habría sido como decir que todo había terminado.
Ya nunca habríamos vuelto a ser felices.
Había gente que pasaba aposta por aquí para ver la verja en la que había muerto ese chico que había salido en los periódicos.
Y nosotros, nada, aquí seguíamos. Todos los santos fines de semana. ¿Te haces una idea?
Fabio asintió. ¿Qué podía decir?
—Seguimos así durante meses, hasta que un día dije «basta».
Pero no dije: «Se acabó, ya no venimos más».
Dije: «Se acabó, la vendemos». Como si fuera tan fácil...
Cuando llegaba el agente inmobiliario a enseñar la casa, siempre se acercaba alguien y le contaba al comprador potencial lo que había ocurrido.
No sé por qué, quizá solo por gusto por lo macabro, por el morbo patético de hablar de una muerte violenta que había salido hasta en la prensa.
Mientras tanto, ¿dónde pasábamos los fines de semana?
Aquí. No sé qué pensaban mi mujer y mi hija.
Seguramente nada bueno. Pero yo lo estaba convirtiendo en una de mis cuestiones de principios. Y luego pasó lo de Elena...
Se le ahogó la voz en la garganta.
—¿Qué quiere que haga, Angelo? ¿Cómo puedo ayudarlo?
Ese dolor era demasiado incluso para escucharlo.