Siete #4
—Pues ocurrió que un día Elena estaba sola en casa.
Hacía poco que habíamos despedido a la asistenta porque iba por ahí chismorreando sobre nuestras desgracias, contando los problemas de Elena.
Una mañana, Gemma había salido a hacer un recado.
En la buhardilla hay una ventana, una claraboya, bajo la que habíamos colocado un telescopio sobre una especie de escalerita: con Stefano nos pasábamos horas contemplando las estrellas.
Elena debió de sentir nostalgia de ese pasatiempo que de vez en cuando compartía con nosotros; se subió a la escalerita y abrió de par en par la ventana para dirigir el telescopio, pero se asomó demasiado y cayó al vacío.
Esas gotas que tomaba le bajaban la tensión, la debilitaban: yo ya me había dado cuenta, pero no le di la importancia debida.
Pero lo que nunca me perdonaré fue lo que ocurrió después.
La voz de Cantuzzi era ahora poco más que un susurro en la oscuridad. Fabio estaba muy cerca de él para oír su relato. No dijo nada porque sabía que, ahora que había empezado, no debía pararlo.
—Yo estaba fuera por trabajo, en Escandinavia y el norte de Europa.
Tenía ideas de otra época: no llamaba desde el extranjero porque me parecía que era tirar el dinero.
No tenía treinta millones de euros en el banco, pero te aseguro que dinero para una llamada internacional no me faltaba, incluso en la década de los ochenta.
Pero era una de esas típicas reglas estúpidas que pensaba que me hacían mejor que los demás.
Nosotros no somos gente que pierde el tiempo en chácharas.
No tenemos nostalgia ni sentimentalismo.
Si papá está fuera, pues ya volverá. Cuando Elena se cayó, me buscaron.
En el trabajo sabían que estaba con un cliente en Dinamarca.
Me llamaron allí, pero estaba cazando. Formaba parte del trabajo: ambos teníamos esa pasión, nos íbamos de caza juntos dos o tres días, y luego él me hacía un encargo millonario.
Ambos tiritaban ya. La sensación de calor provocada por el aguardiente se había desvanecido.
—Me marché nada más terminar la cacería, sin saber lo que había pasado.
Cuando llegué a Italia, pasé antes por la fábrica que por casa.
Entré, y había un silencio espectral. Tenían todos unas caras...
, pero nadie me explicaba nada. «Váyase a casa, doctor», me dijo la secretaria.
No lo entendí ni siquiera entonces: ¿qué más podía sucederme?
En casa tenía un mensaje de Gemma. Me reuní con ellas en el hospital, donde Elena permaneció ingresada varias semanas.
Cuando me vio entrar y me saludó, sentí un escalofrío.
Había vuelto a oír la voz que tenía con siete u ocho años.
Parecía una película de terror. ¿Por qué hablaba así?
—Se frotó la nariz con la mano enguantada—.
Su mente no aguantó... Había vuelto a la infancia, a cuando aún tenía un hermano, un padre y una madre que no lloraba a escondidas y, por delante, la perspectiva de una felicidad infinita.
En esa oscuridad tan intensa, hasta Fabio era capaz de reconocer la Osa Mayor, la Osa Menor y, desde ahí, la estrella polar.
Pensó en Elena y el telescopio, se preguntó qué esperaba ver antes de caer al vacío.
Quizá quería solo robarle un poco de atención a ese hermano mayor que, desde que ya no estaba, ocupaba aún más espacio que antes, si es que eso era posible.
—¿Tienes hermanos, Fabio?
—No. Siempre me he preguntado cómo habría sido mi vida si no hubiera sido hijo único. No me entendía mucho con mis padres, pero no tenía a nadie a quien preguntar si sentía lo mismo que yo.
Lo dijo como si estuviera hablando solo. A un centenar de metros de donde estaban se entreveía el humo del refugio.
Angelo parecía ahora arrepentido de haber hablado de su hija. O quizá estaba demasiado helado, cansado o borracho para seguir.
—Hace un frío que pela —dijo bruscamente—. Ya no recordaba lo heladora que es la montaña. ¿Entramos?
—Claro —se apresuró a responder Fabio, antes de echar una última ojeada alrededor—. Gracias por traerme aquí.
Angelo iba a decir algo, pero cambió de idea.
—¿Qué me iba a decir? —preguntó Fabio.
—Nada agradable.
—Aun así, me gustaría saberlo.
Estaban muy cerca por el frío, pero también porque cada cual pensaba que el otro podía desplomarse en el hielo.
—Estaba pensando que mi vida ha sido una continua demostración de que lo que yo creía importante en realidad no lo era en absoluto. Y uno se pregunta: ¿a los ochenta por fin lo has entendido?
—¿Cuándo supo la verdad? —le preguntaría más adelante el fiscal—. La auténtica.
—Solo un tiempo después. De labios de su mujer, Gemma. En ese momento, solo sabía que estábamos en un glaciar y que Cantuzzi se había desahogado conmigo y que estaba como una cuba. Así es que lo sostuve y lo acompañé, primero al refugio y luego al baño y a acostarse.
—Llegados a este punto, de verdad que no lo entiendo.
—Lo sé. A mí también me costaría entenderlo. Pero, si tiene ganas de escucharme, le contaré el resto de la historia.