El estafador Siete #3
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Siete #3

—¿Te acuerdas de lo que estábamos hablando, Fabio?

Un momento que nos representa... Estaba indeciso, pero después he pensado que, tal y como estoy, prefiero cambiar las reglas del juego.

Ya no se trata de un momento que me represente, y que, si no me gusta, no puedo cambiar, sino de uno que me habría gustado que me representara. ¿Entiendes la diferencia?

—Claro.

El diario volvió a abrirse por la página de la descripción que había hecho Elena de esa ruta. Y, aunque la caligrafía era la de una niña, las cotas y los desniveles completados eran decididamente los de alguien mucho mayor.

Fabio se apoyó en el respaldo del banco.

—No le he dicho una cosa importante. Mi mujer me dejó, hará unos dos años. Pensé que mi vida estaba acabada. —Volvió a inclinarse hacia Cantuzzi—. Pero ahora hay otra persona, por lo que estoy convencido de que mi momento está aún por llegar. Por eso no le he contestado todavía.

Ahora los diques habían saltado ya, hablaban sin freno. Cantuzzi y él, en pie de igualdad.

—El otro día fui a hacerme más pruebas: según el médico, me quedan solo unos pocos meses.

Cinco, quizá seis. Le pedí que fuera claro: igual se equivoca, pero pongamos que no.

Estoy haciendo planes. Es lo que siempre he hecho.

También venir aquí es parte de la idea. No habría soportado no volver.

Era nuestro lugar especial. Mío, de mi hijo y de mi niña, que ya es una mujer.

Cuando llegue a casa, tendré que decirle a mi mujer lo que está pasando.

Calló como si estuviera siguiendo una idea en su cabeza.

—Igual Gemma ya lo ha adivinado, pero creo que no.

No sé si seré capaz, te confieso. Lo malo es que no puedo decirle lo que diría cualquier otro marido en mi lugar: «Cariño, hemos tenido una bonita vida, ahora toca ya a su fin, pero hemos sido felices».

No lo hemos sido. No por culpa nuestra, pero quizá podríamos haber hecho las cosas de otro modo. Yo, sobre todo. Ella me siguió en todo.

—Lo siento, Angelo.

Ahora Fabio lo llamaba por su nombre, aunque seguía con el «usted».

—Decía que había cambiado las reglas del juego. ¿A qué se refería?

—Cuando estaba en Argentina, una Navidad me fui diez días con Stefano.

Viajamos en coche hasta la Patagonia. En un momento dado, mientras caminábamos, Stefano se agachó.

Había una piedra grande. Trató de levantarla, pero no se movía.

Debía de pesar siete u ocho kilos. Tenía pasión por el cuarzo, los minerales, los meteoritos: era esa clase de niño.

Se puso a decir que era rodocrosita, que es la piedra nacional argentina, la llaman también piedra de los incas .

Eso lo sabía él, ¿eh?, se la había estudiado antes de marcharnos; yo no tenía ni idea.

Había que recorrer varios kilómetros a pie, él era pequeño, y yo cargaba con una mochila muy pesada.

Le dije que la piedra era muy bonita, pero que no podíamos llevárnosla de ninguna manera.

Pues bien, se cogió la única rabieta de su vida.

Clavó los pies en el suelo como un niño pequeño y se negó a moverse de allí.

Sin la piedra no pensaba ir a ninguna parte.

Y allí, por una vez, no hice lo que habría cabido esperar de mí, a saber: reprenderlo, puede incluso que pegarle, ordenarle que se levantara y dejara de llorar inmediatamente.

—¿Qué hizo, Angelo?

—Se me ocurrió una idea, y lo convencí enseguida.

Delante de nosotros había una pequeña colina que tenía en lo alto un arco de roca inconfundible: también los hay en nuestros Alpes.

Solemos llamarlos puertas de lo que sea, y también allí se llamaban algo parecido.

El caso es que llevábamos una de esas palas de avalancha.

Nos pusimos a cavar un agujero bien hondo para esconder dentro la piedra, y quedamos en que un día volveríamos a recogerla.

—¿Y lo hicieron?

—No, por desgracia no. Pero creo que fue la única vez que no me comporté como un terco y supe ser distinto de mi padre.

Subía cuatro miles con mis hijos cuando eran pequeños, parecían contentos, pero lo más probable es que solo quisieran contentarme...

Esa clase de hombre y de padre he sido. Hoy me doy cuenta de que me habría gustado ser ese otro, el que era capaz de tener una idea buena para no decepcionar a su hijo, y no solo un hombre más fuerte, maduro o resistente.

«Stefano, no te preocupes, encontraremos una solución.

» Me ha llevado ochenta años entender que la vida está en los vacíos: aquí estamos los dos charlando, sin pensar que mañana tenemos que subir más arriba, despertarnos antes que los demás.

Soltó un hondo suspiro.

—Tendría que haber sabido ser un hombre más tranquilo, no estar siempre persiguiendo algo... No he sido capaz. Mi educación no me ayudó.

Fabio escuchaba en silencio, percibía que había algo más. Y, en efecto, Cantuzzi prosiguió:

—Pero es solo un pretexto, he tenido años para aprender a ser de otra manera, para cambiar esa forma de vivir tan agobiante. Tal vez lo habrían conseguido mis hijos, pero probablemente yo no se lo habría permitido.

De pronto se le llenaron los ojos de lágrimas.

Fabio no lo dudó.

—¿Qué tal si salimos un momento, Angelo? Quiero ver el cielo, las estrellas. Nunca he estado a tanta altitud.

Se abrigaron y abrieron la pesada puerta de madera.

A su alrededor solo había tinieblas, silencio, aire helado: Fabio no había vivido nunca algo así.

Se alejaron unos pasos para que la oscuridad fuera más densa.

La nieve crujía bajo sus pies, pero, tal vez por el aguardiente o por las estrellas, ya no sentía miedo.

Y además estaban en llano. Cuando se detuvo, oyó a Cantuzzi sollozar a su espalda.

No lo veía, solo podía oírlo.

—Hay tantas cosas que no te he contado —susurró.

—Lo sé... ¿Cómo murió su hijo, Angelo? —se atrevió a preguntarle, aprovechando que apenas podían distinguir las facciones el uno del otro.

—De la manera más tonta. Stefano resultó herido tratando de saltar la verja de nuestra casa de montaña.

Había perdido las llaves y no quería estropear el fin de semana con su novia.

Se quedó colgado varios minutos, hasta que ella consiguió ayuda.

Cuando al fin llegó el auxilio, ya no había nada que hacer.

—Dios mío, lo siento...

—Era un chico fantástico, y se fue, perdiéndoselo todo en la vida. De vez en cuando me pregunto si fue peor para él irse o para nosotros seguir aquí sin él... Y, luego, el problema de Elena...

Ahora estaban uno frente a otro, frotándose los brazos con las manos, tratando de entrar en calor. De sus bocas salían enormes nubes de vaho que pautaban sus palabras.

—¿Qué ocurrió?

—Tras la muerte de su hermano, sufrió una grave crisis nerviosa.

Estuvimos a su lado. Más mi mujer que yo: durante mucho tiempo, estuve obsesionado con dar un sentido a lo que le había ocurrido a Stefano.

Quería que fuera recordado en la parroquia, en el club alpino, en la universidad...

No era capaz de pensar en otra cosa. Me olvidé de ella, y creo que para Elena eso fue devastador.

Cuando la veía desanimada, poco atenta en el colegio, la regañaba; esperaba espolearla así, porque temía que la muerte de su hermano se convirtiera en una excusa para todo.

Temía que se volviera débil y perezosa. Vamos, que volví a ser el típico testarudo.

Fabio le puso una mano en el hombro.

—Creo que eso lo habría hecho cualquiera en su lugar.

—No lo sé. Si volviera atrás... En un momento dado, me refugié en el trabajo, traté de seguir adelante. Elena sufría continuas pesadillas, gritaba, y no había manera de que se calmara. Al cabo de unos meses, fuimos a un médico que le recetó unas gotas y, poco a poco, se fue serenando.

—¿Y qué ocurrió después?

¿Tenía que fingir que ahí terminaba la conversación? Fabio había bebido demasiado para razonar de ese modo. Y luego estaba ese frío, esa luz que irradiaba la nieve...