Siete #2
Siguieron así dos o tres minutos más en progresión lateral.
La pendiente aumentaba o disminuía, obligando al pie a doblarse para adherirse lo más posible al suelo.
Fabio tenía ganas de pararse y ponerse de una vez los crampones, aunque solo fuera para sentirse más tranquilo.
Pero ¿ahí, en equilibrio? Demasiado arriesgado.
¿Por qué no se los habían puesto nada más empezar?
Debía de ser una cuestión de machismo, como con los cinturones de seguridad, que al principio ningún hombre quería ponérselos.
¿Qué estaba haciendo él ahí? Era un banquero.
¿Por qué estaba siguiendo a un millonario de ochenta años al que no parecía bastarle haber perdido a un hijo?
¿Y cómo lo había perdido? La montaña tenía algo que ver, seguro, pero Fabio no sabía de qué manera en concreto.
El mismo carisma que lo había arrastrado a él probablemente había arrastrado también a sus hijos, para no decepcionarlo: ¿cómo podía alguien no tratar de complacer a un hombre así?
Miró hacia delante. La niebla había descendido, lo que hacía aún más temible esa caminata sobre el hielo.
Ya no se veía bien la pendiente, la consistencia del terreno, cuánto hielo y cuánta nieve había, cuán lejos estaba aún ese puntito que Cantuzzi le había señalado como su destino final.
Trató de detenerse para ponerse los crampones, pero de nuevo tuvo la sensación de que era demasiado arriesgado y renunció.
¿Cómo había podido ser tan estúpido? Le entró vértigo y, un segundo después, sintió pánico.
No podía sentarse, detenerse ni agarrarse a nada.
—No sé qué me pasó, pero no era capaz de avanzar ni de retroceder, no podía ir a la derecha ni a la izquierda.
Me agobié muchísimo. Como cuando te cuentan de uno que se estaba hundiendo y por su culpa se murieron los demás, ¿sabes?
Pues yo igual —le contó después a Carolina, que lo escuchaba seria, pero, al final, no pudo contener la risa.
Ya no era capaz de pensar siquiera en dar un paso adelante o atrás.
Se sintió tremendamente solo, invadido por un temor como los que se sienten de niño y uno cree que nunca volverá a sentir nada así.
Un miedo tal que te haces pis encima, y luego en casa no sabes cómo explicárselo a tu madre.
Intentó llamar a Cantuzzi, pero este no lo oyó.
Se puso a gritar, pese a la vergüenza que sentía, pero la niebla y el viento se llevaron su grito.
Le temblaban las piernas y su respiración era agitada.
Se precipitaría pendiente abajo y se mataría: ¿qué otra cosa podía ocurrir?
Años después pensaría: un pie en el lugar equivocado y, ¡zas!
, se habría ahorrado todo lo ocurrido después.
Nada de Portofino ni campos de golf, nada de una transferencia tras otra.
Ni la cárcel. Nada de «a lo mejor me voy de rositas» ni de «quién sabe si habré hecho bien las cuentas».
¿Habría sido mejor, quizá?
No lo sabía. Se había arriesgado y le había salido mal. Podría haberle salido mucho peor, eso desde luego.
Se quedó quieto, pensando que acudiría alguien en su auxilio. Esperó varios minutos, que quizá fueran segundos. Hacía frío, no se veía nada, los que tenían dos dedos de frente se habían metido en los refugios o ya habían vuelto al pueblo en el teleférico.
—Deme la mano, vamos —dijo una voz de repente. Era la voz más tranquilizadora, más amable y paternal que Fabio había oído en su vida.
Sabía de quién era.
—Me ha entrado el pánico, lo lamento mucho. Me siento estúpido.
—No debe. Vamos, agárrese a mi bastón, yo estoy estable. Pero no tire demasiado, que, con todo, soy viejo.
—Lo siento mucho.
—No se preocupe, Fabio, no hay de qué avergonzarse.
Recorrió los siguientes doscientos o trescientos metros pegado a Cantuzzi como un niño, depositando su confianza en él como quizá no se hubieran atrevido a hacer ni sus propios hijos. El refugio surgió delante de ellos.
Dejaron la mochila sobre la cama y no dijeron palabra hasta que salieron y se sentaron en un banco en la puerta, a esperar a que llegara la hora de la cena.
Varios alpinistas, hombres, mujeres, niños, niñas, ancianos y ancianas, comentaban la jornada: ninguno parecía haber pasado diez minutos de terror como le había ocurrido a Fabio.
Y la mayoría de ellos había llegado más arriba, había afrontado cumbres, cuatro miles.
No habían llegado al refugio directos desde el teleférico.
—Le ocurre a todo el mundo —había zanjado enseguida el tema Cantuzzi.
Se lo veía animado, feliz. Generoso—. Qué importa, ocupemos una mesa junto a la ventana, que pronto llega el crepúsculo.
Es un espectáculo maravilloso, y ahora el cielo está límpido de nuevo.
Se ve que las nubes nos estaban esperando a nosotros.
Tomaron un plato de estofado con polenta.
Un aroma a clavo se extendió por la habitación, recién reformada.
Cerca de cuarenta años antes, no muy lejos de allí, dos familias habían perdido a sus hijos en una excursión por los Alpes.
Durante meses se habían preguntado cómo recordarlos, y al final habían optado por una donación a los guías alpinos locales, que se habían esforzado en tratar de salvarlos primero, y después en traer sus cuerpos de vuelta al valle.
Con esa donación, se había construido el refugio.
El dinero ahorrado para sus estudios, para ayudarlos a comprar una casa o un coche, había confluido allí: era un flaco consuelo, pero el lugar, con sus ventanas abiertas al glaciar, estaba ahí para recordar la pasión de esos chicos.
Cantuzzi se levantó para acercarse a unos estantes a coger unos cuadernos en los que la gente dejaba un recuerdo escrito. Estaban divididos por año: Fabio leyó «1978» en la tapa de uno y se puso a hojearlo.
—¿Quiere usted también un licor?
Pidieron dos aguardientes, seguidos de otros dos. Y otros dos más.
Cantuzzi pasaba las páginas, parecía que conociera exactamente los recuerdos y las ideas recogidos en esos cuadernos, se detenía en las frases escritas por él y por sus hijos, Elena y Stefano.
—¿Ve esto?, es la firma de Elena. Dormimos aquí y, a la mañana siguiente, nos despertamos muy temprano y ella coronó su primer cuatro mil.
Estaba eso de que lo había hecho su hermano, y entonces ella también tenía que hacerlo.
Para ella siempre ha sido muy importante no ser menos.
Uno quiere a sus hijos por igual, pero...
con Stefano siempre he tenido una relación especial.
Fabio observó la letra: era la de una niña.
—¿Cuántos años tenía su hija?
—Nueve o diez. Apretó los dientes y llegó hasta arriba.
No hay complicaciones de montañismo, solo hace falta resuello, piernas y ganas.
Por la tarde, cuando volvimos aquí, todos la festejaron mucho.
Yo el primero. Imagínese, la gente la felicitaba, y ella se subió a una mesa a recibir los aplausos.
Menudo numerito, por poco paso del orgullo a la vergüenza...
Tenía un carácter totalmente distinto del de Stefano, que siempre fue más tímido y reservado.
Siguió con la lectura de los mensajes, ahora iba por la década de los ochenta.
—Este es de Stefano, escribe sobre una travesía. Fue con un amigo. No me llevaron con ellos: era demasiado difícil... No firmaron, pero la letra es la suya, y también el nombre del amigo se corresponde.
Siguieron así media hora. A ratos Cantuzzi parecía haberse impuesto sobre la realidad: hablaba de esas excursiones por los Alpes, de sus hijos, de sus hazañas, y en sus palabras Stefano no estaba muerto y Elena se había convertido en una adulta como cualquier otra.
Si no estaban allí con él en ese momento era solo porque ya era viejo y no valía más que para ese ridículo paseo de menos de una hora que solo Fabio había sido incapaz de completar.
—Nunca habías estado en la montaña, ¿verdad? —le preguntó en un momento dado, pasando al tuteo. El tono era divertido, desprovisto de todo reproche.
—Así es. Le he mentido.
—¿Te acuerdas de lo de Argentina? Pues me contrataron porque le dije a todo el mundo que hablaba el español tan bien como el italiano.
Y el inglés, que era necesario porque había varios proveedores estadounidenses.
Cuando llegué, solo sabía decir Me llamo Angelo , 1 My name is Angelo , Italy , Italia ...
Nada más. Hay que ser caradura... Pero ahí estaba yo, el contrato era mío, ya no podían mandarme de vuelta a casa.
Al cabo de dos meses, había aprendido las dos lenguas, el inglés y el español.
Siguieron hojeando los cuadernos mientras saboreaban el aguardiente.
Todo era tan vivo, tan vívido, y el empleado había dejado la botella medio llena en la mesa.
No era muy difícil entender por qué Cantuzzi había roto su relación con todo el mundo: le habrían recordado que era un hombre sin suerte, al que el destino había asestado un golpe fatal.
En su cabeza, sin embargo, su hijo mayor y su hija menor no dejaban de ser motivo de orgullo para él.
Cantuzzi seguía leyendo y releyendo esos breves mensajes.
Estaban escritos a lápiz, a bolígrafo, con rotuladores de todos los colores.
Algunos habían dejado dibujos, referencias claramente descifrables solo entre los que compartían esa misma aventura.
Hablaban de volver, «han sido los días más bonitos de mi vida», de amistad, de estar juntos.
A Cantuzzi le sonó el teléfono, eran «sus mujeres». Se alejó un poco para hablar libremente y, cuando volvió, parecía conmovido. Debía de haber comentado con ellas lo que estaba haciendo. Y además estaba algo borracho.