El estafador Siete
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Siete

Siete

Cantuzzi no se volvería como ellos ni siquiera ahora que se estaba muriendo.

Había conservado un candor que él y Wagner no sabían ni remotamente lo que era.

Había sido ese candor lo que, en un momento dado de la conversación, ayudado quizá por esa sucesión de deditos de bourbon, lo había llevado a preguntarle a Fabio si a él también le gustaba la montaña.

—¿Le gusta, Fabio? Me refiero al alpinismo, pero también cosas más facilitas, como excursiones y rutas de senderismo...

Era una pregunta que traducía algo más que mera curiosidad, no es que no se hubiera dado cuenta, pero en Fabio era inherente el instinto de complacer.

No se trataba solo de seguir el consejo de Wagner: haz lo que te digan, complácelos.

Había algo más: parecía que para Cantuzzi fuera un asunto fundamental.

Una especie de «¿eres de verdad de los míos? ».

«Voy muy poco, cada vez tengo menos tiempo, pero me gusta mucho», fue su imprudente respuesta.

Sin embargo, había algo magnético en Cantuzzi.

Estaba el dolor, ahora lo sabía, pero, además, en su mirada afloraba continuamente la sombra del hombre que debía de haber sido.

Su padre siempre había perdido en la vida.

Primero el amor y la estima de su mujer, después el optimismo y el deseo de disfrutar.

Y no porque le hubiera ocurrido algo terrible.

Angelo Cantuzzi, en cambio, que había crecido más o menos en la misma época y a quien el destino había golpeado de lleno en el corazón, aún no se había resignado a ser un perdedor.

Ver que se interesaba por él, que quería entender quién era, lo halagaba.

No era como los otros clientes, que buscaban a alguien que los complaciera en todo y, aunque sabían que era por adulación, no les importaba, antes al contrario: era la prueba de que tenían el poder.

Cantuzzi, en cambio, quería conquistarlo.

Quería ver si, a su edad, era capaz todavía de hacerse un amigo.

Ahora que se estaba muriendo, probablemente ponderaba cada movimiento con más atención que nunca.

—¿Cuándo le gustaría ir? —se vio preguntando Fabio, sin ni siquiera darse cuenta.

Poco tiempo después, con habilidades de montaña que no iban más allá de las excursiones organizadas por la parroquia, y con un equipamiento comprado para la ocasión en la mejor tienda de deportes de la ciudad, ahí estaba Fabio, sentado en el teleférico junto a Angelo Cantuzzi.

A su alrededor, uno de los más bellos panoramas glaciares de los Alpes, el del macizo del Rosa.

Un lugar que para Cantuzzi debía de tener un significado sentimental especial.

—Está lejos, pero me gustaría ir. Y me haría feliz que me acompañara usted, Fabio.

No había dicho «por última vez», no era propio de él chantajear, pero de eso se trataba.

Fabio, que no sabía nada de ese lugar ni de esas cumbres, aceptó.

Era innegable que, si existía el destino, lo había agarrado con los dientes.

Tal vez había sido una mera casualidad, o tal vez todo había sucedido como consecuencia de la fiesta en Milán.

Pero lo seguro era que Fabio no había escatimado esfuerzos.

A bordo de ese teleférico, Cantuzzi vestía unos pantalones de pana que debían de remontarse a los años ochenta por lo menos y un chubasquero ligero que parecía, en cambio, de reciente adquisición.

Estaba hablando de Gemma y de Elena, que se habían quedado en casa y de las que llevaba años sin separarse.

Se refería a ellas siempre con la misma expresión: «mis mujeres».

Una manera de hablar que quizá había desaparecido ya pero que, a su edad y con todo lo que le había ocurrido, suscitaba mucha ternura.

—Piense que, en el pasado, yo estaba siempre fuera por trabajo: me marchaba el lunes y no regresaba antes del jueves. Los chicos se levantaban de un salto, aunque ya estuvieran en la cama, para preguntarme cómo era la ciudad en la que había estado y si les había traído un regalo.

Eso de hablar de Stefano como si todavía viviera era desgarrador: Cantuzzi no podía pensar que Fabio no estuviera enterado, pero se empeñaba en seguir con la farsa.

—Hay un cielo hermosísimo. Solo aquí lo he visto así.

—Tiene razón. Es precioso.

Era el final del verano: el verde de los prados se había apagado, pero aún estaba por venir el dorado de los alerces.

Solo se veía algún rebaño desperdigado, pequeños grupos de obreros dedicados a los típicos trabajos de mantenimiento de los remontes y de las pistas antes de que llegara el frío, un grupito de turistas que subían a pie.

A Cantuzzi le habría encantado estar en su lugar, condenada vejez.

—¿Adónde vais? —les preguntó a dos chicos sentados con ellos en el teleférico.

Era así: dondequiera que estuviera, tomaba el control de la situación.

—Os conviene ir al otro lado —les dijo, después de que le explicaran el itinerario que tenían pensado—.

Depende también de cuánto queráis cansaros...

Si rodeáis esa punta de roca... O si, por el contrario, vais todo recto...

Pero yo haría la ruta entera. Sois jóvenes.

Fabio lo escuchó mientras les proponía dos o tres soluciones distintas, les dejaba el número de teléfono de un guía local, «aún debería estar en activo», y se ofrecía incluso a llamarlo personalmente.

Los jóvenes le dieron las gracias y, cuando se despidieron de ellos en la primera parada, Fabio sospechó que se habían bajado antes de tiempo para escapar del deseo acuciante del anciano de aconsejarles.

Era un hombre tan generoso como agotador.

Subieron a un segundo y un tercer teleférico, sin que Cantuzzi perdiera ocasión de pegar la hebra con cualquiera.

¿Por qué era tan abierto? ¿Por qué quería ayudar a todo el mundo? Quién sabe. Era bonito que fuese como era, se limitó a pensar Fabio. «Pero no viviría con él», bromeó consigo mismo.

Subieron a más de tres mil metros. El aire ahora era decididamente más frío: ya no había árboles ni vegetación, solo una extensión de tierra marrón oscuro y gris por los detritos y, algo más arriba, de distintas tonalidades de blanco, desde el más oscuro hasta el más claro.

Visto desde allí, el glaciar parecía un cachorro asustado.

A lo mejor no era tan arriesgado, se dijo Fabio para animarse.

Cuando pusieron al fin los pies sobre ese terreno duro y rocoso, el sol había desaparecido, llevándose consigo el calor.

La temperatura había disminuido de pronto.

No se atrevía a preguntarse cuántos grados hacía, pero imaginó que no sería más de un puñado por encima de cero.

Miró a Cantuzzi, ocupado en respirar a pleno pulmón, y desechó la idea de ponerse el gorro y el plumífero.

Calculó que ese debía de ser el momento en que se ensalzaba el aire de la montaña, la altitud. Y la relativa ascesis.

¿La ascesis?

Venga ya.

No se le ocurrió nada que decir, prefirió concentrarse en los demás excursionistas que atacaban la subida, un centenar de metros por debajo de ellos.

Mientras tanto, a su lado, Cantuzzi enumeraba entusiasta los cuatro mil metros que se erigían por encima de ellos.

Podría haberle dicho lo que fuera, que Fabio se lo habría creído.

Pero tenía otra pregunta en la cabeza. Varias, en realidad. Entre estas, una era la más urgente: ¿qué terreno era ese blanco y gris a pocos metros de él? Era empinado, casi escarpado: miró abajo para ver adónde iría a parar si daba algún paso en falso. No alcanzó a ver el fondo.

Joder.

Y también: ¿dónde estaba el sendero, pues él no veía ninguno? Y: ¿por qué de repente ya no había un alma? ¿Dónde se habían metido los que iban delante de ellos? ¿Qué se los había tragado? ¿Había alguna clase de maleficio?

Todos esos pensamientos rebotaban en su cabeza. De fondo, oía la voz de Cantuzzi, que seguía enumerando cumbres. Estaba pasando revista a todo el arco alpino noroccidental.

—Démonos prisa, que está cambiando el tiempo —dijo bruscamente.

Fabio levantó la cabeza: allí donde pocos minutos antes estaba el sol, se había formado ahora una densa línea de nubes de un color blanco que viraba al gris.

No tenía ni idea de qué dirección tomar ni de cuánto podía fiarse de Cantuzzi, que había hablado de cerca de una hora de camino.

¿En subida, en llano? Aún no había salido y ya tenía unas ganas locas de volver a casa.

—Venga, vamos.

—¿Nos ponemos los crampones?

—No, no hace falta. Igual más adelante.

Fabio apoyó el pie sobre el blanco sucio y, al instante, sintió crujir el hielo bajo las suelas. Pensó que nunca había usado crampones, pero que se habría sentido mejor con ellos puestos. Quizá, pasados los tres mil metros, podía desoír el consejo de Wagner. Desechó la idea.

Recorrieron un tramo de pendiente sin puntos de referencia ni apoyos: había que mantener el equilibrio sin pensar en el terreno bajo los pies y sin poner las piernas rígidas.

Porque, si te caías, rodabas pendiente abajo.

Fabio clavó con fuerza los bastones en el suelo.

A unos veinte metros por delante, Cantuzzi avanzaba más deprisa que por las calles de la ciudad.

Joder, ¿no había dicho que estaba enfermo?

Durante un momento, lo maldijo a él y se maldijo a sí mismo.

Probó a mirar hacia abajo, pero apartó la mirada enseguida: tampoco desde allí se veía el fondo.

Alargó el paso para no perder a su compañero; Cantuzzi rodeó una roca y, por un instante, desapareció de su vista.

¿Dónde estaba? Cuando él también hubo rodeado la roca, se dio cuenta de que Cantuzzi lo estaba esperando. Debía de haber algún cartelito con la altitud en alguna parte.

—Magnífico, ¿verdad? Ahora queda todavía un tramo expuesto, pero después ya es pan comido.

¿Por qué no se ponían los crampones?