Seis #3
Fabio empezó a preguntarse cómo convencer a Cantuzzi de trasladar todo su patrimonio a un único banco: el suyo.
—Si quiere, un día hablamos de cómo «racionalizar».
Racionalizar. Pensó en Wagner y en lo que se había convertido. Y eso sin haber sido nunca un soñador...
—Mire, he preparado un esquema...
—Ya me hablará de eso la próxima vez. Antes tengo que decirle una cosa. —Tragó saliva, miró la puerta cerrada y luego prosiguió—: He intentado hacérselo entender, pero tengo la sensación de que ella piensa que solo soy un viejo cascarrabias. Por desgracia, se equivoca.
Cantuzzi le dijo que, hacía unos días, había recibido los resultados de unas pruebas.
—Mi mujer me controla mucho en el tema de la salud, está al tanto de todo, llama a los médicos.
Pero tenía una corazonada, y conseguí poner en antecedentes al médico antes de que me diera los resultados, explicarle un poco la situación.
Así es que, el día previsto, que fue hace una semana, nos hizo ir a la consulta y dijo que estaba todo bien.
Gemma lo creyó, pero yo comprendí que no era así.
Al día siguiente, me llamó y me pidió que volviera a su consulta.
Me inventé un pretexto y fui. En resumen: me estoy muriendo.
Calló para recuperar el resuello. Fabio guardó silencio. Hasta en la muerte, la vida de su padre no había sido en nada épica: un día estaba, y al siguiente no.
—Tengo un tumor en estadio 4, el médico se maravilla de que siga en pie.
He tenido que hablarle a él también de mi padre, le he dicho que soportar el dolor está en el ADN familiar.
Llevo un tiempo dando vueltas en la cabeza a todo este blablablá.
—Hizo un gesto en el aire, como reproduciendo ese movimiento—.
Usted y yo hablamos de muchas cosas, pero usted sabe poco o nada de mi salud.
Mejor así. Pero le aseguro que hace tiempo que trato de prepararme para esta eventualidad.
Tengo ochenta años, ¿qué tiene de raro morirme, en el fondo?
Pero, por desgracia, la mía no es una familia normal.
Y, en estas semanas, usted y yo tenemos que encontrar la manera de que, una vez muerto, yo no cause más dolor a mi mujer y a mi hija...
Más del que les he causado estando vivo, me refiero.
—Lo siento mucho.
Era verdad. Fabio sentía un pesar simple y real.
—Reflexione muy bien sobre lo que acabo de decirle.
—Pienso que lo que hay que hacer es simplemente continuar como lo ha hecho hasta ahora. Inversiones prudentes para gestionar el patrimonio de manera que les asegure a sus herederos un óptimo rendimiento sin riesgos. Y pienso también otra cosa: a veces los médicos se equivocan.
—Yo también lo he barajado —reconoció Cantuzzi—. Pero solo ocurre en contadas ocasiones. Y me he dicho que, después de haberme pasado la vida sintiéndome especial, he agotado mi cupo de vanidad.
—Hagamos como si fuera a ser así. Pero, a la vez, esperemos que no lo sea. ¿Qué le parece? Dicen que la mente cuenta mucho.
¿Qué tonterías estaba diciendo? Se inclinó hacia Cantuzzi y le puso una mano en el brazo. Era algo que siempre le hacía su abuela.
—Estoy un poco cansado...
—Entonces no lo molesto más.
—Vamos, lo acompaño —zanjó Cantuzzi.
Salieron del despacho y se dirigieron al vestíbulo. Como a su llegada, Gemma apareció de la nada con la misma sonrisa forzada de hacía dos horas.
—¿Necesita ir al aseo antes de irse?
Fabio asintió, y ella le indicó con un gesto que la siguiera.
—Adelante.
Abrió una puerta al final de un corto pasillo y encendió la luz.
Frente al espejo, Fabio se dio cuenta de que estaba algo achispado: la culpa la tenían esas dos copitas con el estómago vacío. Bebió del grifo, inclinándose sobre el lavabo, se echó agua en la cara y se secó con la pequeña toalla de lino blanco prevista para los invitados.
La señora Cantuzzi lo esperaba con su abrigo en la mano.
En la entrada, volvió a oír unos pasos que recorrían el piso de arriba y bajaban la escalera.
Se volvió y vio a una chica, a una mujer, más bien, que lo espiaba desde lo alto.
Probablemente había pensado que se marchaba ya y que no se daría la vuelta.
Fabio la miró y percibió el apuro de los Cantuzzi.
Ella se quedó inmóvil y luego volvió a subir corriendo.
Tenía la mirada de una niña, pero el cuerpo y los andares, torpes y lentos, de una adulta con sobrepeso.
—Nuestra hija Elena —susurró Angelo.
Fabio subió al coche y se marchó, con una sensación de alivio. Pasada la primera curva, llamó a Wagner.
—¿Qué tal ha ido, Fabio?
—Bien.
—Has tardado mucho. ¿Cómo es la casa? No he estado nunca.
—Muy grande, pero sobria. Casi modesta. Se pregunta uno qué hacen con todo ese dinero.
—Como me la imaginaba. Pareces triste. ¿Qué ha pasado?
—Cantuzzi se está muriendo. La mujer no lo sabe. Ni los hijos.
—La hija. Tienen solo una.
—Él me ha hablado de dos hijos. Y he visto las fotos.
—Te digo que solo hay una hija —repitió Sybille.
—Sí, en casa con ellos solo hay una. La he oído andar y, luego, cuando creía que ya me había ido, se ha asomado... Solo la he entrevisto. El otro hijo estará casado y vivirá en otro sitio, me imagino.
—Está muerto. —La voz de Sybille no traslucía ninguna emoción—. Ocurrió hará unos treinta años. Un accidente tonto. El destino.
Fabio aparcó el coche.
—Dios mío... ¿Y la hija? Parecía extraña.
Sybille suspiró.
—La hija perdió el juicio por el dolor. O eso me han dicho. Enfermó un tiempo después.
Fabio se llevó la mano derecha al cabello.
—¿Por qué no me lo has comentado antes?
—Porque habrías ido a verlo con aire compasivo.
—Tal vez habría sido mejor.
—No. No se lo merece.
Miró la hora. Iba a llegar tarde. Arrancó el motor.
—¿Cómo es que tiene tanto dinero?
—Lo ha ganado. Sobre todo, no lo ha gastado.
Igual un restaurante en los cumpleaños, el coche no cuenta porque era de la empresa, pequeños regalos, un reloj al chico y una cadenita para la chica en la primera comunión y la confirmación, una fiesta con algunos amigos y parientes.
Son de esa cultura. Nunca se habrían comprado un Ferrari, aunque podrían haberse permitido más de uno.
Pero a ti eso no te interesa. Tú solo tienes que conseguir que dentro de tres meses o un año tenga un poco más de dinero.
Fabio resopló y tocó la bocina.
—Perdona, es que hay cada gilipollas por aquí... Hay mucho tráfico... Una cosa más: Cantuzzi tiene otra cuenta. Con quince millones.
—Me lo imaginaba, pero a mí nunca me ha comentado nada. Aconséjale que racionalice.
Fabio soltó una risita amarga.
—¿Qué pasa ahora?
—Me gusta Cantuzzi.
—A mí también.
—¿Por qué?
—Pensaba que habrías entendido el motivo.
—No.
—Porque se ha pasado la vida acumulando dinero, pero...
—Pero ¿qué?
—Pero no se ha vuelto como nosotros.