Seis #2
Se interrumpió, pero prosiguió enseguida:
—Piensan que gano más que sus hijos, y eso, bien lo sabe usted, aquí es muy importante. Quizá en otros lugares sea distinto. Pero, como le decía, yo no he viajado mucho.
Cantuzzi no comentó nada. Fabio llevó la mirada de los diplomas a una serie de fotografías tomadas en la montaña: había dos jóvenes, un chico y una chica.
También las fotos parecían haberse detenido en los años ochenta.
En un momento dado, debían de haber dejado de actualizar las fotos enmarcadas.
Pensándolo bien, lo mismo ocurría en casa de su madre: no había fotos de él de adulto, ni siquiera la de su boda.
Cuando ya no se va de vacaciones en familia, adiós fotos.
—Ya está aquí mi mujer... Siéntate, Gemma, quédate un momento con nosotros.
Gemma Cantuzzi le pasó a Fabio una taza de café humeante y a su marido, una de té, acompañadas de un platito de pastas, y luego se sentó, pero sin arrellanarse. Estaba en el borde del sillón, como en el asiento abatible de un tren, lista para levantarse e irse.
—¿Había mucho tráfico? —preguntó cortésmente—. Me han dicho que hay niebla en las carreteras, con toda esta vegetación que tenemos alrededor.
Le hablaba a él, pero parecía estar en otra parte.
—Sí, señora, un poco —contestó Fabio, devolviéndole la cortesía—. Pero me gusta salir de la ciudad. De niño tenía un amigo que vivía por aquí, íbamos a cazar ranas, a pescar. Cosas así. Tengo bonitos recuerdos.
—Hace mucho tiempo que vivimos aquí. A mi marido no le gustaba la ciudad, y nuestros hijos disfrutaron de criarse en el campo.
Se pasaban el día en bicicleta o patinando: fueron años hermosos...
A menudo comentamos que podríamos volver al centro a vivir.
Una casa más práctica, más moderna. Pero después de todo este tiempo... —Se encogió ligeramente de hombros.
De nuevo los mismos ruidos sobre sus cabezas.
A Fabio le habría gustado responder a las preguntas con otras preguntas: ¿cuántos años tenía la hija menor de la que le había hablado Cantuzzi?
No podía ser una adolescente. ¿Qué hacía todavía en la casa?
Había también copas, tampoco alcanzaba a leer las fechas, pero intuía que eran trofeos de esquí.
¿Podía preguntar algo para halagar el orgullo materno?
No.
Se quedó callado. Como le había enseñado Wagner.
—Ha sido un placer conocerlo. —Gemma se levantó de pronto, como si tuviera un resorte o un temporizador que la reclamara en otra parte: dos minutos de cortesía, menos habría sido una grosería, más habría sido demasiado.
Había hecho lo que debía hacer. Le estrechó la mano sin mirarlo a la cara y desapareció escaleras arriba.
—Vayamos a mi despacho, ¿quiere? —le propuso Cantuzzi—. Estaremos más cómodos.
Fabio lo siguió. De nuevo, fotos de los hijos, una de él y su mujer, siempre con paisajes de montaña de fondo.
Una todos juntos ante una bonita casa de montaña.
El despacho era la habitación más vivida y acogedora, aunque por todas partes hubiera archivadores que Fabio imaginó llenos de cuentas, facturas, compraventas.
Se veían las señales de la gestión de la riqueza, pero ningún lujo.
¿Qué hacían con todo ese dinero? ¿Un capricho, una pasión?
Algo no cuadraba. O quizá sí, según cierta mentalidad pasada de moda.
—¿Le apetece? —preguntó Cantuzzi, indicándole una botella de bourbon—. Una vieja costumbre. Pero hace mucho que no me la concedo.
—¿Por qué no? —se apresuró a contestar. Nunca bebía durante el día.
—Síguele la corriente al cliente. Siempre —decía Wagner.
—Claro.
—Trabájatelo. Haz que baje la guardia.
Cantuzzi se sirvió un dedo de alcohol y le sirvió otro a él. Alzaron los vasos sin que se tocaran.
—¿Hemos avanzado algo?
Fabio miró las manos de Cantuzzi, apoyadas delante de él sobre el escritorio. Eran enormes.
—Hable tranquilo. No muerdo.
—Sí, pero siendo prudentes. No tenemos otra cosa que hacer que conservar las posiciones y hacerlas aumentar despacio, con inversiones seguras.
Con rendimientos no muy altos pero que, a largo plazo, puedan darle satisfacciones.
Con estos números, unos quince millones de euros, ya solo un uno o un dos por ciento al año supone muchísimo.
Y la inflación ahora mismo ronda el cero.
—El tono de Fabio era tranquilo y seguro—.
Pero dígame usted. Puede haber exigencias que yo no conozco, me limito a referirle las cifras.
Que, de todos modos, bien conoce, estoy seguro. Es usted del gremio.
De nuevo esos pasos en el piso de arriba. Ahora había otra persona más caminando, probablemente la señora Cantuzzi. ¿Qué hacían?
—Me mira como si fuera Creso. Y, en ciertos aspectos, sería estúpido negar que soy rico.
Millones de euros... Es algo a lo que nunca he terminado de acostumbrarme.
—Miró por la ventana—. Con el dinero ocurre una cosa extraña, al menos para mí.
Si no lo has tenido de niño ni de joven, siempre piensas que no lo tienes.
Sé que no es así, pero usted ahora me habla como si yo fuera Rockefeller, y eso me incomoda.
—Volvió a mirar a Fabio—. Mi mujer, lo mismo: imagínese que le da miedo todo este dinero.
Un día, le expuse nuestra situación. Le dije la cifra exacta, pero ella no quería saberla siquiera.
La seguía por la casa mientras ella se alejaba de mí, tapándose los oídos.
Como una niña. Y es que un poco lo es. —Sonrió—. ¿Ha visto lo guapa que se conserva?
Calló, conmovido. Fabio evitó hacer comentarios. ¿Qué podría haberle dicho? Era verdad y punto, su opinión no hacía ninguna falta. Cantuzzi se levantó para cerrar la puerta, que estaba solo entornada.
—Pensaba que eso la tranquilizaría, pero la noche siguiente no pegó ojo.
Repetía una y otra vez: «Pero ¿cómo lo hemos hecho, Angelo, cómo lo hemos hecho?
». Cómo lo he hecho, en realidad... Ella nunca ha trabajado.
Que le quede clara una cosa: sin ella, no habría dado ni un paso.
El caso, sin embargo, es que ni siquiera me he dado cuenta.
Simplemente, he nacido y crecido con la idea de tener que partirme el espinazo hasta el final.
Eran buenos tiempos, y así fue como llegué hasta aquí.
Si por mí fuera, estaría siempre trabajando...
Es una enfermedad en toda regla, se lo aseguro. —Sonrió—. ¿Qué me dice?
—Que igual no hay más camino que ese. Entiendo muy bien ese tipo de determinación, rayana en la obsesión. Y entiendo también que esto merece otra copita.
Se había aventurado: ¿demasiadas confianzas?
Cantuzzi no pareció molesto en absoluto. Al contrario, volvió a servirle una ración generosa de bourbon.
—Igual ahora me toma por un presuntuoso. Pero le ruego que me crea: yo mismo estoy asombrado. —Cantuzzi bebió a su vez un sorbito de licor—. Es bueno, ¿verdad?
—Mucho.
—¿Sus reuniones de trabajo siempre acaban así?
—A decir verdad, nunca. Creo que la doctora Wagner no lo aprobaría.
—¿Usted cree?
—Igual la conoce mejor que yo.
Cantuzzi negó con la cabeza.
—Como le he dicho, de mi padre no heredé ni un céntimo, solo una lección constante de tenacidad y determinación.
Siempre ha habido un abismo entre nosotros: él creció en una época en que había que emigrar, con dos guerras mundiales.
La suya fue una vida durísima. «No teníamos ojos para llorar», me decía siempre.
Sea como fuere, tuvo una vida aventurera: piense que fue a América a bordo de un carbonero porque ni siquiera podía permitirse un billete de cubierta.
Hizo todos los trabajos posibles para ganarse la vida.
La mía fue un paseo comparada con la suya.
Yo he vivido en una época en que se podía llegar a hacer dinero.
Eso también lo sabe usted. Antes y después ha sido mucho más difícil.
No es que para mí fuera fácil. Pero, mire, por cómo estoy hecho, para mí habría sido peor no poner toda el alma en el esfuerzo.
Matarme a trabajar ha sido siempre lo que más me ha gustado en la vida.
Trabajaba como un poseso, ¿y qué hacía en vacaciones?
Me iba a la montaña. Pero no a dar paseítos: mil o dos mil metros de desnivel todos los días.
Me despertaba a las seis de la mañana y, ¡hala, a caminar!
Mi mujer siempre dice que, en otra vida, debí de ser un mulo.
—Y, de pronto, añadió—: ¿Lo estoy aburriendo?
—En absoluto.
—¿A qué se dedicaba su padre? Ya se lo he preguntado, lo siento.
—Pero yo no le he contestado: era empleado.
Un trabajo ganapán, sin más. Se despertaba por la mañana y salía de casa como si fuera al matadero.
Creo que solo disfrutó durante el servicio militar.
Decía que no había vuelto a tener amigos como aquellos, que nunca había sido tan feliz como en esos meses.
Hablaba de esos amigos, que había perdido desde entonces.
«¿Por qué no vas a visitarlos?», le pregunté una vez.
«Qué quieres que te diga, viven lejos», me contestó.
Pues bien, los conocí en su funeral y descubrí que uno vivía a media hora en coche y el otro, a dos horas.
Miró a Cantuzzi: ya no lo escuchaba. Había hablado demasiado, tal vez por el alcohol. ¿A quién podían interesarle las historias de su padre?
—Bueno, como íbamos diciendo... —prosiguió Cantuzzi, con un tono de pronto distante.
Fabio pasó a enumerar pros y contras de títulos, acciones, bonos del tesoro y pólizas en las que invertir, a partir de la gestión que había llevado a cabo Wagner hasta entonces. No había gran cosa que hacer más que evitar perder la cabeza ante ese patrimonio.
—Hay otra cuenta —lo interrumpió Cantuzzi en un momento dado—. En otro banco. Ya sabe, así, si uno quiebra... Abrí dos cuentas en dos bancos distintos y las hice crecer en paralelo, como gemelas. Allí hay otros quince millones, más o menos —susurró.
Quince más quince eran treinta. Dios santo.