El estafador Seis
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Seis

Seis

El tiempo transcurría deprisa, ocurrían cosas continuamente.

Feliz hasta la médula por su nueva historia de amor, una fría tarde de primavera, Fabio llamó al portero automático de un chalé en las afueras de la ciudad.

No estaba en la colina ni en una zona exclusiva con bonitas vistas: estaba simplemente allí donde hacía años los Cantuzzi habían encontrado un lugar donde cristalizar el bienestar alcanzado.

Había otros parecidos alrededor, pero ese, aunque más viejo, era decididamente el más grande; sin embargo, el tiempo en el que los Cantuzzi eran objeto de envidia era muy lejano.

Volvió a pulsar la tecla y al fin vio abrirse la verja.

Entendió que podía entrar con el coche y lo aparcó en una franja de cemento en medio de dos zonas de césped bordeadas de ciclámenes.

Echó un rápido vistazo a las casas de alrededor: Fabio no sentía nostalgia por el lugar donde había crecido, pero tampoco esas cuatro calles daban pie a grandes sueños.

Se vivía solo un poco mejor y con más espacio a disposición, pero la señal distintiva parecía ser la niebla, que lo envolvía todo.

Recorrió el jardín con la mirada. Desde luego, de mayo en adelante debía de ser un infierno de mosquitos; sin embargo, la sensación que le dio era que hacía siglos que nadie lo disfrutaba.

Había también una mesa de ping-pong cerrada sobre la que, estaba seguro, no rebotaba una pelota desde hacía mucho tiempo.

—¿Qué tal?

Cantuzzi lo esperaba en el umbral. Le estrechó la mano y lo invitó a entrar, ayudándolo a quitarse el abrigo.

Fabio se dio cuenta de que se había dejado en el coche la carpeta con sus notas.

Se disculpó y volvió a buscarla. Observó de nuevo el jardín: estaba todo en orden y bien cuidado, pero cada elemento del cuadro traicionaba el paso del tiempo.

Cada objeto de decoración era el más novedoso de algún año de al menos tres decenios antes.

Como un pistolero que hubiera disparado todos los cartuchos de una vez y se hubiera quedado sin nada.

La mesa de hierro forjado, que debería haber servido para comer, estaba sepultada bajo una montaña de sillas apiladas, un taburete y hasta viejos cojines envueltos en fundas de plástico.

El balancín no tenía asientos, solo una malla medio oxidada en la que si apoyabas el trasero cogías el tétanos.

Era la reconstrucción plástica de la idea de bienestar propia de los años de su infancia: cuánto había soñado él con tener un jardín como ese en el que comer al aire libre y organizar fiestas.

Visto ahora, parecía un plató de televisión de los años ochenta abandonado tras la decisión inesperada de poner fin al programa.

Cogió la carpeta del asiento del pasajero y volvió a la casa.

La puerta estaba abierta. Desde la entrada, que daba a una escalinata de mármol gris, Cantuzzi lo hizo pasar a una sala de estar y, desde allí, al salón.

La casa parecía muy grande, silenciosa y vacía, como si hubieran empezado a decorarla y, en un momento dado, se hubieran cansado, con lo que, si algo se rompía, se desgastaba o pasaba de moda, no se hacía nada al respecto.

En la época en la que se habían adquirido, los muebles debían de considerarse modernos y lujosos, pese a su sobriedad, pero hacía tiempo que ya no era así.

Fabio no pudo evitar pensar en el montón de dinero que había en la cuenta de Cantuzzi.

Los números nunca mentían, se lo había enseñado Wagner.

La cuestión era saber cómo interpretarlos.

Si no se correspondían con la realidad, el tiempo diría el porqué.

En pocos meses, Fabio había visto de todo: ancianos propietarios de decenas de casas que fingían estar en la miseria, así como mujeres elegantes que se presentaban con collares de decenas de miles de euros, pero cuyas cuentas, descubría, estaban en números rojos, con deudas y pagarés.

—Entonces, ¿ves como mienten? —le había dicho alguien una vez.

—¿Quiénes? ¿Las personas?

—No. Los números.

—No. No mienten. Solo has utilizado la llave equivocada para entrar.

Si encuentras la adecuada, entonces todo cobra sentido: el exceso de avidez o de generosidad; el deseo de venganza cuando los hijos meten al padre o a la madre en una residencia, los descuidan, los olvidan.

¿Qué haces ahora? ¿Les dejas todo el dinero a esos desagradecidos?

Mejor tirarlo a la basura, o regalárselo a la asistenta, que ella, al menos, sí te apreciaba.

¿Que la asistenta fingía, no te quería de verdad?

A quién le importa. Tus hijos ni siquiera se molestaban en fingir.

—¿Quiere un café, Fabio? Luego podemos ir a mi despacho.

Un instante después, apareció de la nada la mujer de Cantuzzi. Debía de estar espiando desde alguna parte, preparada para salir a escena en el momento oportuno, como en el teatro.

Era elegante, llevaba un vestido de excelente corte y de un tejido —se daba cuenta hasta él— de calidad, pero pasado de moda también.

Fabio se levantó para estrechar la mano que le alargaba y se preguntó si Gemma Cantuzzi estaba elegante porque sabía que iba a llegar un extraño o si se vestía así todos los días, incluso para estar en casa sin más.

Si no iba a salir, su madre estaba siempre en bata y zapatillas.

Gemma aparentaba unos diez años menos que su marido, aunque tenía alguno más; calzaba unos zapatos de tacón ni muy alto ni muy bajo, y un chal suave y ligero, drapeado sobre los hombros.

Era mayor y guapa, con una dulzura como distraída.

—¿Cómo quiere el café? —le preguntó sin levantar los ojos. El tono era despegado, pero de una cortesía impecable.

—Solo. Gracias, señora.

—Enseguida vuelvo.

Desapareció en la cocina. Sobre sus cabezas se oían los pasos de alguien que iba y venía.

—Es mi hija —dijo Cantuzzi—. ¿Usted tiene hijos? —le preguntó automáticamente—. No, no tiene, ya me lo ha dicho. Bueno, todavía está a tiempo... Aproveche ahora para viajar, para cambiar de ciudad, si puede. Ya le he hablado de Argentina, me parece.

—Sí, y de los bailes en Cerdeña y en Alemania.

Fabio sonrió.

—Empecé a trabajar muy pronto, a los catorce años.

«Trabaja, que ya tendrás tiempo de estudiar después», me decía mi padre.

Me condenó a muerte: del disgusto, leí más libros que un profesor universitario.

¿Y sabe por qué? Porque me avergonzaba. Temía ser descubierto, que se supiera que era un ignorante.

Empecé a trabajar en la fábrica a los doce años.

Apilaba las piezas, las clasificaba; más que nada, corría de un lado a otro como un loco, preguntando a los mayores si necesitaban ayuda.

Hasta que, al cabo de quince años, me pareció que ya conocía el mercado lo bastante bien y me lancé.

A los cuarenta y dos, cuando llevaba trabajando casi treinta, monté una empresa de la que era el único propietario.

No era muy grande, pero me fue bien. Creo que era el año 77.

—Es mi año.

—¿Cómo?

—El 77. Es el año en que nací.

Cantuzzi entornó los párpados, como si lo estuviera sopesando.

—¿Le gusta su trabajo?

—Sí, mucho.

—Con mis hijos, intenté hacer las cosas de otra manera.

Pero, al final, sobre todo con el varón, insistí para que estudiara lo que quería yo.

Él habría querido hacer Medicina, pero lo presioné para que eligiera algo que sirviera para ayudarme con la empresa.

Y así me fue. A mi hija la dejé elegir: nada que ver.

Imagínese que he soñado toda la vida que era escritor.

Pero no en el sentido de que quisiera llegar a serlo, eso nunca se me pasó por la cabeza.

Digo en el sentido literal de que eso es lo que sueño por las noches: desde que era niño, sueño que estoy sentado escribiendo una novela, vivo en una buhardilla y me entrevistan en televisión...

—Meneó la cabeza—. Me parece que estoy quedando como un idiota.

Se levantó rápidamente sin esperar ningún comentario, parecía que se hubiera acordado de algo de repente, y salió de la habitación.

Los cuadros de las paredes eran casi todos paisajes de montaña.

Sobre una cómoda había dos diplomas de bachillerato enmarcados juntos.

A Fabio no le dio tiempo a leer los nombres ni las fechas.

Cuando estaba a punto de levantarse para verlos mejor, volvió Cantuzzi. Parecía haberse refrescado la cara.

—Discúlpeme. Y ahora hábleme un poco de usted... Está haciendo carrera. Funciona así, ¿no? ¿Si los dedican a las inversiones significa que lo están haciendo bien? ¿O me equivoco?

—Sí, creo que funciona así.

—Pues eso le deseo, entonces.

—He apostado mucho por el trabajo.

«¿Demasiado?»

Se calló a tiempo: «No bajes nunca la guardia», le había repetido mil veces Wagner.

—Sus padres estarán orgullosos de usted.

—Mi padre murió hace años. Era un tipo callado.

No sé qué habría pensado del hecho de que esté muy poco en la oficina.

Un día estoy jugando al golf en Cernobbio y, al siguiente, en Portofino para hablar de una póliza o de una inversión...

Mi trabajo funciona así, se pasa tiempo con los clientes, se hace intercambio de ideas, y eso contribuye a encontrar las soluciones óptimas.

Fabio se paró a reflexionar.

—Creo que a mi padre esto le habría parecido incomprensible.

A mi madre le gusta la idea del puesto fijo, del banco...

Sospecho que prefería cuando trabajaba en ventanilla, le daba más seguridad.

Pero, en general, creo que está asombrada de cómo me han ido las cosas.

Nunca ha tenido mucha confianza en mí —se le escapó decir.

Cantuzzi entornó los párpados.

—¿En qué sentido? —Y añadió enseguida—: Disculpe si hablo demasiado. Pero, mientras esperamos el café...

Antes incluso de darse cuenta, Fabio contestó:

—Creo que no se hacía muchas ilusiones conmigo. Y, ahora, sus amigas le preguntan si puedo ayudar a sus hijos, que le hablan de mí como si fuera un genio.