El estafador Cinco #3
42%

Cinco #3

—Sí, claro, venga por aquí. Voy a pedir que se lo preparen. ¿Quiere un café?

—No, gracias, no quiero nada.

—Puede sentarse aquí o esperarme de pie.

—¿Cómo se titula esta canción de Janis Joplin?

— White Rabbit . Pero no es de Janis Joplin, es de los Jefferson Airplane... Enseguida vuelvo con el cuadro.

Pagó y volvió al coche, tratando de no hundirse en la tierra húmeda.

Metió el cuadro en el maletero y se apretó el nudo de la corbata, observándose en el pequeño espejo.

Una vez reunido el valor de sustraer la cantidad y transferirla, con ese cuadro —quién podría imaginar que pudiera costar tanto sin ser un Picasso o un Van Gogh— había accedido al nivel superior, el de gastar el dinero.

Solo gastarlo, no despilfarrarlo. Era aún demasiado tímido.

Pero no tardaría en deshacerse de ese reparo.

Pasó por la oficina, pero se quedó solo un par de horas: estaba inquieto por si Carolina volvía pronto a casa, quería contemplar con ella el cuadro, estudiarlo a fondo. Se había perdido un montón de cosas además de la música. Con Carolina, su vida se ensanchaba.

Llegó a casa un poco antes que ella. Entró, encendió las luces, dejó en el suelo el cuadro envuelto en papel de celofán y se observó en el espejo de la entrada: estaba decididamente en forma, ni un asomo de barriga.

Quizá, la decisión de volver al gimnasio había sido el inicio de su renacer.

Fue al dormitorio para comprobar si la nueva casa lo tenía todo.

Se estaba acostumbrando poco a poco. Abrió cajones y armarios: habían hecho un buen trabajo.

Sus camisas, dobladas y colocadas como él había dicho, los trajes, colgados en el armario contiguo al de Carolina, los zapatos, en el zapatero...

Estaba todo perfecto. Se dirigió al salón: no había prácticamente nada suyo en la zona noble del apartamento, la que verían sus amigos, que en realidad eran solo los de Carolina.

Ella le había dado a entender que los cuadros de su vieja casa no estaban bien: «¿Te importa no traértelos?

». «¿Por qué no vendes esas alfombras?» Había acabado todo en el sótano.

¿Qué hacía ahora con ese apartamento? ¿Venderlo?

¿Alquilarlo? Tenía que ponerlo en alguna web y liberarse del tema.

Era todo tan semejante al mundo en el que había crecido...

El de «¿Adónde crees que vas?». Huir era la única opción.

«¿Y este botellero? Igual podrías regalárselo a tu madre, que no tiene...»

Carolina trabajaba en una galería y él, en un banco. Así estaban bien las cosas. Ella no iba a decirle cómo gestionar las inversiones o las cuentas.

¿O es que quería cambiarlo a él también, como a sus muebles y sus adornos?

Gracias.

¿Quería que fuera distinto de como había sido hasta entonces?

Afortunadamente.

Le quitó el plástico al cuadro y lo apoyó sobre una consola en el salón. Incluso tirado ahí, de cualquier manera, quedaba de maravilla. Ahora se trataba solo de esperar.

Se quedó sentado en el sofá contemplando su nueva vida hasta que oyó girar la llave en la cerradura y abrirse la puerta. Fue al encuentro de Carolina y se puso a besarla antes incluso de que pudiera cerrar la puerta tras de sí.

—He invitado a unos amigos. Para celebrar.

—Mira.

—Van a llegar enseguida. ¿Pedimos algo? Hay un restaurante indio...

—Te he dicho que mires.

La llevó delante del cuadro.

—Estás loco... ¿Cómo lo has hecho?

—Pues yendo a por él. Era el que te gustaba, ¿no?

—No me refería a eso.

Apoyó ambas manos en sus hombros y se acercó a él, sin apartar los ojos del cuadro. Era hipnótico.

—Ya lo sé.

—Cuesta una cantidad absurda.

—¿Te gusta?

—Claro que me gusta. Pero...

—Pero, entonces, ¿ella lo sabía? —le había preguntado el fiscal.

—¿El qué?

—Que usted, Montari, había empezado a robar.

—Ganaba mucho. No es que no pudiera permitirme comprarlo con mi dinero.

—¿Hasta el punto de gastarse cuarenta, cincuenta mil euros en un cuadro?

—Estaba enamorado. Estoy enamorado.

—Me parece imposible que no sospechara.

—No. En ese momento no sospechaba nada.

—Percibo un «pero» en sus palabras, Montari.

—Es que estaba pensando en algo.

—¿En qué?

—Una vez fuimos a una subasta de botellas de vino.

Se hacen subastas hasta de vino. Total, que había un tipo que me caía gordo.

En un momento dado, aumentó la puja, y yo lo seguí.

Llegamos así hasta un precio que no tenía sentido, pero ninguno de los dos quería abandonar.

Cuando, al final, me dejó ganar, estaba claro que me había llevado la botella, pero eso me había convertido en el panoli de la situación.

Y, en ese momento, vi que Carolina estaba rara. Ya no se estaba divirtiendo.

—¿Qué quiere decir con eso?

—Pues que es una sensación que tengo, pero yo diría que ahí fue cuando se dio cuenta.

—¿De qué?

—De que traficaba.

—¿Y?

—Creo que le gustaba imaginárselo.

—¿Qué quiere decir?

—Lo encontraba divertido. Y no iba a pararme los pies.

Mientras lo decía, se preguntó por qué, de repente, estaba tratando de meter en problemas a su mujer.