Cinco #2
Fabio se levantó también y se puso a dar vueltas alrededor de ella como en un balé. Ahora eran los niños los que miraban a esos dos adultos que se cortejaban.
—¿Y bien?
—Puede que sí que haya una razón.
—¿Y cuál es?
—¿Conocer y frecuentar a un puñado de imbéciles?
—Esa es una buena respuesta.
—¿Qué te parece?
—Me parece que seré tu Caronte, Montari.
Aún no había llegado el otoño, el segundo sin Roberta, cuando Fabio se mudó a casa de Carolina.
Todavía recordaba perfectamente esos meses, quizá años, en los que Roberta y él habían decorado su casa.
Recordaba las agotadoras negociaciones para elegir el lavabo del baño y los continuos intercambios de e-mails con fotos de bañeras y de inodoros, era increíble la cantidad de modelos que había.
Y luego las discusiones sobre lo que debían incluir en la lista de bodas, lo que era mejor comprar ellos directamente, y lo que «igual consigo que me lo regalen mis padres», que eran siempre los de Roberta, «tu madre nada, ¿eh?
». Cuando entraron en esa casa, la noche de bodas —no la anterior, la de bodas, que quede bien claro—, se sintió exhausto.
A veces, las pequeñas decisiones pueden ser agotadoras.
Pero quizá todavía fuera solo una cuestión de dinero.
Con Carolina, en cambio, una mañana se despertó y se vistió.
Les abrió la puerta a los de la mudanza y, por la tarde, al salir de la oficina, fue directamente a la casa de ella, donde encontró sus cosas de la Casa Uno guardadas ya en los armarios y en las estanterías de la Casa Dos.
Se habían encargado ellos de todo, y ahora por fin él podía dedicarse a olvidar.
Olvidar que, un día, sin decirle nada, Roberta había usado su llave y había entrado en la Casa Uno —poco después de las nueve, a esa hora estaba segura de no encontrarlo allí—, había cogido todo lo que era suyo y se lo había llevado.
Sin una carta, una palabra o un mensaje.
Olvidar que, al salir del trabajo y volver a la Casa Uno, había encontrado algunas paredes y varios cajones vacíos, y el suelo del salón inesperadamente desnudo.
Olvidar que había dejado pasar varios días para expiar a fondo su pena, varias noches ahí tumbado en el suelo, contemplando el desastre en el que se había convertido su vida a través de la filigrana de ese suelo desnudo, hasta que se había decidido a comprar una alfombra nueva, así como toda una serie de utensilios —sacacorchos, abrelatas, un tendedero— que se había pasado días buscando antes de comprender que Roberta se los había llevado porque había decidido que eran suyos.
Y era verdad: volviendo la vista atrás hasta esas compras, recordaba que había sido ella, cada una de las veces, la que había abierto la cartera.
Pensó en Cantuzzi, que le había pedido que le contara un momento revelador.
Rehuyó la idea de que el fracaso de su matrimonio pudiera ser la respuesta.
Estaba volviendo a empezar todo de cero, no repetiría los mismos errores con Carolina.
Unos días después de la mudanza, en el trabajo se inventó un compromiso ineludible y condujo un par de horas hasta que llegó a unos campos cultivados llenos de acequias, mosquitos y flamencos.
Se detuvo en un puente a observar el río que corría por debajo: había unos pescadores en la orilla.
Se acordó de Gianni, su exsuegro, y del dinero que le estaba transfiriendo.
Gianni nunca le había dicho nada, a diferencia de su madre.
Pero esa era una historia en la que no le apetecía pensar. Al menos ese día.
Volvió al coche y aparcó poco después delante de una vieja granja transformada en espacio cultural.
En las paredes, escrito en letra de molde, se leía: COLECTIVO BIEMPENSANTE - ALMACÉN DE ARTE CONTEMPORÁNEO .
¿Qué quería decir colectivo ? ¿Cómo se las apañaban con el dinero?
¿Cómo se lo repartían? ¿También ahí recurrían a la clase de eufemismos que se usaban en el banco? «Somos un equipo, recursos humanos...»
Se miró los zapatos: en ese aparcamiento la humedad nunca desaparecía, uno se hundía.
Se enjugó el sudor de la frente, se quitó la chaqueta, se aflojó la corbata y se dirigió hacia la música.
Debía de ser ska o algo así: también la música la había frecuentado muy poco.
¿Se podía aprender pasados los treinta? Quizá.
Tal vez, si empezaba con algún porro, lo demás vendría por sí solo.
La puerta estaba abierta de par en par, el espacio era enorme.
Fabio probó a anunciar su llegada con un saludo, pero la música era ensordecedora.
Recorrió la galería entera, observando las obras, colocadas todas muy alto, a prueba de ladrones.
Pasó delante del retrato de una mujer de tez oscura, con el trasfondo de lo que a primera vista parecía una aldea africana, pero, si te parabas a mirarlo, veías que el artista jugaba con el espectador: en realidad, era una prostituta, ejerciendo en alguna zona rural de la región.
Había también una serie de lunas que, según explicaban, estaban expuestas en telas circulares de colores distintos y realizadas en materiales varios, desde la malta hasta la arena y la arcilla.
Fabio fue a parar al fin delante de lo que estaba buscando, aparentemente una naturaleza muerta: unos tomates dentro de una caja de la que, si se observaba con atención, asomaban unas manos ensangrentadas de distintas tonalidades.
Debía de ser algo contra la explotación de jornaleros.
Quería ese cuadro, lo sabía desde que se había puesto en camino hacia allí.
Al fin acudió alguien a su encuentro. Vestía una camiseta de tirantes y unos pantalones cortos. Fabio se sintió observado como si fuera un marciano.
—He llamado hace un rato. Me parece que ya han recibido la señal a cuenta —dijo, tratando de hacerse oír por encima del estruendo de la música. Esa sí le sonaba, era una canción de Janis Joplin que conocía casi todo el mundo.