Cinco
Cinco
Fue la propia Carolina quien lo llamó una noche. Fabio contestó a la velocidad del rayo.
—¿Qué tal, Montari, estás en casa? ¿Y qué haces?
No le había dado su número, por lo que debía de haberlo conseguido ella por su cuenta, y eso le dio ánimos. Echó un último vistazo a la pantalla del ordenador, abierta en las cuentas de sus clientes.
—Carolina... ¿Cómo estás?
—¿Te molesto?
Llevaba más de una hora consultando esas cuentas.
Controlaba los importes, los movimientos, los informes de inversión, la edad del titular, y, mientras tanto, se preguntaba, como un francotirador, a quién y cuándo disparar.
Era como apostar en las carreras de caballos: solo que, en ese juego, el único que no ponía dinero ni subía la apuesta era él. Apagó el ordenador.
—No estaba haciendo nada. Acabo de terminar de cenar.
Miró el plato, apoyado en el reposabrazos del sofá, con restos de patatas al horno. Al lado, una copa de vino tinto casi intacta. Estaba ahí de adorno más que nada.
—¿Y qué has cenado?
—Lo que cocinan en el restaurante de aquí abajo. Deciden ellos por mí.
—¿Plato preferido?
—Crepe de jamón y queso.
—Muy rico, Montari.
Lo llamaba por el apellido, como en el banco. Pero era su manera de bromear. O de flirtear.
—¿Y tú qué estás haciendo?
—Mirando el techo. ¿Dónde vives?
—Dentro de las murallas.
—Ya lo sabía, pero te lo he preguntado para ver si me mentías.
—Esta vez no. ¿Y tú?
—Yo ñoquis con mantequilla y salvia.
—Te preguntaba que dónde vives.
—Ya lo sé. Pero me apetecía decirte mi plato preferido. ¿Te trae sin cuidado? —Se rio—. Vivo cerca de tu casa. A cinco minutos andando... ¿Nos vemos?
Quería una cosa y enseguida trataba de conseguirla.
¿Él estaba listo? No para vestirse, para prepararse. Para estar con una persona, para cortejarla y dejarse cortejar.
—¿Dentro de cuánto?
—¿Media hora? Venga, quedamos en el puente. Y luego ya improvisaremos algo.
Carolina apareció por una esquina y fue a su encuentro con aplomo.
Llevaba una cazadora de piel sobre una simple camiseta blanca y unos vaqueros que le realzaban las curvas.
Era elegante y sexy, pero no tanto como para intimidarlo.
Pese a que aún no había cumplido los cuarenta, él ya parecía viejo, mientras que ella todavía tenía aire de universitaria, aunque ya debía de haber pasado un tiempo desde su último examen.
Lo saludó y dio una vuelta alrededor de él, como si quisiera ver qué tipo tenía, o calibrar si se iba a arrepentir.
Él se quedó inmóvil, divertido y asustado por toda esa exuberancia.
—Vamos a dar una vuelta. Tengo la moto aquí al lado —rompió el hielo Carolina.
No era una pregunta.
Se pararon delante de una Honda. Hacía una eternidad que Fabio no montaba en moto: ¿qué le pasaba a la vida después de los treinta años?
La línea era retro, pero se notaba a la legua que estaba recién comprada.
Carolina le indicó con un gesto que subiera y le puso un casco en la mano. Fabio se montó con torpeza.
—Te voy a llevar a un sitio.
—Vale.
Encendió el motor, se dio la vuelta para comprobar que estaba listo y se puso en marcha, decidida. Mandaba ella, pero estaba atenta a él.
—Estás mono con el casco. Incómodo, pero mono. Tú de adolescente no tenías moto, ¿a que no?
—Vivía en el centro.
—No me lo creo.
—Ya. Nos habríamos conocido antes.
Una vez que sabías dónde agarrarte, era agradable dejarse llevar. Roberta era de las que decían: «No, venga, conduce tú, por favor». ¿Se estaba olvidando de ella? Bajó la visera del casco: tampoco estaba acostumbrado a que le diera el aire en los ojos.
Pararon a los pocos kilómetros, después de tomar por un camino sin asfaltar que llevaba a un pequeño lago.
En la arena había algunos troncos, rocas y una tumbona abandonada.
Eligieron dos de las rocas, las juntaron y se sentaron encima.
Fabio recordaba haber estado allí en el pasado, pero era como lo de Montecarlo: solo había ido a bañarse alguna vez en verano, de niño, o a beber, ya de mayor, una noche, cuando aún tenía amigos.
Después se casó y se olvidó del sitio. Él, de todos modos, nunca la habría llevado allí.
Era como decía Wagner: no estaban en el mismo plano.
Ella no tenía que demostrar nada. Él, en cambio...
Carolina dejó el bolso en el suelo y sacó una botella de vino blanco y un sacacorchos. Lo tenía todo pensado de antemano.
—Todavía debería estar fresco.
También llevaba en el bolso los vasos. Una farola cercana alumbraba apenas sus rostros. Un grupo de niños voceaba a pocos pasos de ellos.
—Tienes una moto muy bonita.
—Hace años me entró casi como una obsesión. Hasta fui a alguna concentración y todo. Pero después ya se me hizo pesado.
—¿En qué sentido?
—Estaban demasiado cabreados. Cazadoras de cuero, tachuelas, Dios... No me veía con cuarenta años bebiendo cerveza entre carpas y baños químicos.
Se interrumpió para probar el vino.
—No habrías llegado a los cuarenta —objetó él.
—Por eso me salí antes. Una vez, mis padres se enteraron de cómo pasaba los fines de semana y se quedaron horrorizados.
—¿Cómo son tus padres? —le preguntó, tratando de visualizar esos fines de semana suyos.
—Como te los imaginas. Muchos conocidos, muchas cenas, muchos almuerzos...
En diciembre no tienen una sola noche libre en semanas enteras.
Más una sociedad de acciones que una pareja: fuera lo hacen todo juntos; en casa, tienen habitaciones separadas y apenas se dirigen la palabra. Pero creo que, a su manera, se quieren.
A Carolina no se le ocurrió siquiera preguntarle a él por los suyos.
—¿A qué querían que te dedicaras? —siguió preguntando Fabio.
—A un trabajo cualquiera de empresa. No importaba cuál. Me habrían dado un puesto, directora de algo, después de lo cual hasta podría quedarme en casa si quería.
—Suena cómodo.
—Puede ser. Pero parece una tumba.
Él prefirió cambiar de tema.
—Qué sitio más bonito.
—Siempre venía aquí con una amiga cuando discutíamos con nuestros novios.
—¿Servía de algo?
—No lo sé. Nos fumábamos un montón de porros. En un momento dado, nos olvidábamos de por qué estábamos aquí y nos volvíamos a casa tan contentas.
—¿Y tu novio? El que estaba en la cena la otra noche.
Ella le dirigió una sonrisita y, de repente, preguntó:
—¿Estás casado?
Carolina tenía una voz cálida, a ratos infantil, como de alguien que hubiera crecido de repente, pero sin dejar a un lado los caprichos. Eso, sin embargo, vendría luego: ahora el hecho de que tuviera esa forma de hablar y esa voz le suscitaba pensamientos muy distintos.
—¿Y bien?
—Lo he estado. Durante más de diez años. Y ahora creo que ya no lo estoy. Es como una obra, pero yo no soy ni el capataz ni uno de los obreros que trabajan en ella. Digamos que soy uno que estaba allí, que creía que formaba parte, y luego lo pusieron en la calle de un día para otro.
—Esto también lo sabía. Es una ciudad pequeña. En mi ambiente se habla de ti: tienes en mano el dinero de un montón de gente que conozco.
Antes de salir de casa, había mirado la cuenta de Carolina. Todos los que vivían en la ciudad desde hacía al menos una generación tenían una cuenta en su banco. No tenerla era como una afrenta a la familia de los dueños, con los que te topabas en todas partes si formabas parte de cierto círculo.
Entre fondos, inversores y capitales externos, todavía llevaban el mismo apellido del fundador.
Hasta poco antes, Fabio habría recibido un aviso automático del banco para pedirle que justificara esa incursión en una cuenta de un titular que no era cliente suyo: pero ahora había subido de nivel y estaba autorizado a fisgonear casi por todas partes.
A nadie se le pasaba por la cabeza que funcionara así: charlaba con gente que le contaba lo que le daba la gana sobre sus negocios, creyendo que podían darle gato por liebre.
Pero luego él consultaba la pantalla y descubría enseguida las mentiras.
—¿Estás ahí?
—Sí, perdona. Es que estaba pensando.
—¿En qué?
—Estaba pensando que yo, en cambio, no conozco a nadie que te conozca. Estoy en desventaja.
La cuenta de Carolina registraba entradas discontinuas.
Transferencias irregulares que no superaban los mil euros y, de vez en cuando, ingresos de diez mil, quince mil, que venían todos de un mismo apellido: el suyo.
Cambiaba solo el nombre de pila, masculino: que fuera su padre el que reabasteciera su cuenta regularmente era mucho más que una hipótesis.
O su abuelo. Había mirado también la cuenta de su padre: había lo bastante para mantener a diez familias, pero, a juzgar por los movimientos esporádicos, debía de ser poco más que una cuenta de cortesía. El botín estaba en otra parte.
—No, hablan bien de ti. Todo el mundo dice que eres bueno. Que eres brillante. Y, de repente, te invita a salir una chica y estás incómodo. ¿Eso cómo se explica?
Había comprobado el historial: en los últimos dos años, la cuenta de Carolina nunca había bajado de los treinta mil euros, que debía de ser, a juicio del padre o del abuelo, el umbral de seguridad por debajo del cual no convenía estar.
—¿No le daba reparo hurgar en sus cosas? ¿Espiar su cuenta? —le había preguntado el fiscal.
—Para nada. ¿Usted nunca ha mirado los mensajes del teléfono de su mujer?
—No, nunca.
—Pues qué suerte la suya.
—¿Y bien? —insistió Carolina. Sirvió un poco de vino en un vaso y se lo pasó antes de llenar el otro. Brindaron y bebieron un sorbo.
—No lo sé. Igual el problema es que no me he fumado un porro en mi vida.
—No me lo creo.
—Pues créetelo.
—Me apasionan los casos desesperados.
Se había puesto de pie, él seguía sentado y la miraba moverse.
—¿Por qué te dedicas a este trabajo de mierda? No me digas que no es más que un trabajo, que te sirve para pagar la hipoteca o las vacaciones. Eso ya lo sé. Pero no es el único que hay. Podrías haber sido ingeniero, asesor o abogado. Quiero la respuesta verdadera.