Cuatro #4
—En este momento, la mujer de la que habla está en arresto domiciliario. Cuando decía que no sabía qué hacer con su vida, no creo que sus planes incluyeran acabar sentada en el banquillo de los acusados.
—Ya, pero nos enamoramos.
—¿Y después?
—Después empezó todo.
Tras ese breve intercambio con Carolina, Fabio volvió a casa, encendió el ordenador, tecleó la contraseña del banco y accedió a su cuenta de empleado.
Pensaba en ella, en el número de teléfono que había guardado en la agenda del móvil, aunque no lo habría olvidado nunca, en el tiempo que tenía que dejar pasar antes de llamarla para no asustarla.
O quizá fuera al contrario: tenía que espabilarse.
No parecía alguien acostumbrada a esperar.
Pero antes había otra cosa que hacer. Una pequeña venganza que debía consumar.
—¿Entiende? —le diría más adelante al fiscal—, esa noche, de repente, pensé que sí tenía una manera de que esa gente volviera a poner los pies en el suelo.
No era verdad que se le hubiera ocurrido de repente .
Llevaba mucho tiempo pensándolo. Nada más encargarse de los primeros clientes, Fabio se dio cuenta enseguida de lo dispuestos que estaban a delegar: lo firmaban todo, estampaban su nombre junto a las crucecitas diligentemente preparadas con antelación por gente como él, casi como si su único objetivo fuera facilitarles la tarea.
Pero si esas firmas eran tan irrelevantes, entonces, ¿por qué hacían falta tantas? Ni uno solo se lo preguntaba.
Sus clientes eran a menudo emprendedores, gente acostumbrada a manejar dinero, tal vez desde hacía generaciones, y, sin embargo, miraban las tres primeras líneas y a la cuarta empezaban a resoplar.
Estaban seguros de no tener nada que temer de él, para tenerle miedo primero habrían tenido que respetarlo.
Convenían juntos un plan de inversiones, y la vez siguiente Fabio les comunicaba con orgullo: «¿Se acuerda de esos diez mil...
, esos cien mil? Pues, ahora, ¿cuánto tiempo ha pasado, un mes?
Ahora son quince mil o ciento veinte mil».
Con esa comunicación, que podía ser tan cierta como falsa —no cambiaba nada, puesto que nadie reclamaba el dinero al cabo de unas pocas semanas: la avidez y el terror de perder un buen negocio eran más fuertes que nada—, Fabio sabía que ese cliente era suyo para siempre.
El secreto, naturalmente, era escoger personas con mil negocios a la vez y suficientemente acomodadas como para no pedirte de repente desinvertir grandes cantidades porque les hubiera dado una ventolera.
No el típico que iba a verte un día y te decía que quería comprarse un Porsche: pero si no eras capaz de distinguirlo tras los dos primeros encuentros, más te valía cambiar de trabajo.
El cliente ideal era aquel cuyos gastos eran los mismos desde hacía años, gastos que alguien como Fabio podía prever al detalle. Había muchos así.
La información la tenía. Para pasar a la acción necesitaba solo un poco de rabia: las continuas humillaciones —«San Fermo» por aquí, «San Fermo» por allá— terminaron por dársela.
Empezó con cantidades pequeñas.
—Diez mil. Ocho mil. Los primeros años, nunca más de veinte o treinta mil. Poca cosa.
—¿Para usted eso es poca cosa?
—Sí.
Se abrió una cuenta y empezó a enredar, trasladó alguna inversión, maquilló alguna cifra. Al final, hizo una transferencia a la cuenta de su madre, en el mismo banco. Pan comido.
—¿Cómo se sintió después de robar la primera vez?
—Culpable, muy culpable.
No era verdad. Los sentimientos habían sido otros: excitación, una alegría avasalladora, furia. Sí, también mucha furia.
Su madre aún no lo había cubierto de insultos. Su madre, que le había devuelto el dinero y lo había amenazado con denunciarlo si volvía a hacerlo. Pero los insultos vendrían después.
En ese momento, Fabio solo sentía una euforia desmedida.
—Culpable, muy culpable —había repetido.
Al fiscal no podía decirle la verdad, a saber: «Usted no se imagina lo que es mover dinero como en el Monopoly, pero sabiendo que es dinero de verdad.
No eres un atracador, que teme que le disparen, que lo detengan, que le peguen.
Estás en tu casa, en el sofá, y, ¡zas!, transferido.
Luego abres tu cuenta y ahí está el dinero, es tuyo.
Miras la cuenta del de “San Fermo, ven aquí, muy bien, San Fermo”, y ves que ya no está allí el dinero.
Pero él no se dará cuenta, porque no es que actúes como uno que bebe de la botella de otro y luego este se la encuentra vacía.
No. Usted imagínese que tiene treinta, cuarenta botellas, todas medio llenas o medio vacías, y en cada una hay un vino distinto.
Uno de lujo, uno de cuatro perras, uno viejo, uno nuevo».
—Lo hemos encontrado todo. Pero faltan tres millones. ¿Dónde los ha escondido? Así, Montari, no vamos bien —le había dicho el fiscal.
«¿Dónde los ha escondido?»
Había aprendido a robar todo ese dinero. Más adelante aprendería a gastarlo y, al final, a despilfarrarlo. Lo único que no había sido nunca una opción era devolverlo.