El estafador Cuatro #3
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Cuatro #3

No costaba imaginar lo poco que les apetecía frecuentarse fuera de los eventos sociales, del Rotary o del Lions, el club de jardinería para ellas o el equivalente para ellos.

Una sociedad tribal llena de ritos. Pedían al dinero que les comprara también la amistad: el entrenador personal se convertía en su confidente si tenían un amante, cuando no en el amante en sí; o el arquitecto que trabajaba solo para ellos y consideraba una suerte poder ir de una reforma a otra en una sucesión sin fin de propiedades y bienes.

No porque no pudieran tener amigos: porque no querían una relación en pie de igualdad. Era más cómodo así.

Él era el banquero con el que pasar el tiempo, el que llegaba corriendo sin importar la hora a la que lo llamaran, ya fuera para una inversión en acciones o para una compraventa de inmuebles.

Entre sus varios clientes, había uno que la mano no se la ponía en el hombro, sino en la mejilla.

Como si se dirigiera a un niño o a un retrasado.

No lo llamaba Fabio ni Montari, sino por el nombre del pueblecito, convertido después en un barrio de la ciudad, en el que había crecido.

«San Fermo... ¡Ven aquí!», «San Fermo, ¿todo bien? »

A tiro de piedra de la ciudad, pero no dejaba de ser un pueblo.

Y no uno de esos pueblecitos colgados, como cuadros en la pared, en la cima de las colinas en las que las familias importantes habían construido sus mansiones a lo largo de los siglos.

No, más bien un aglomerado anónimo de casas que se habían desarrollado en una tierra que nadie quería, en los arrabales de la ciudad, que desde los años sesenta en adelante se había llenado de fábricas, naves y garajes, con granjas transformadas en aparcamientos para los viajeros que dejaban el coche allí para coger el autobús que los llevaba al nuevo aeropuerto construido para los vuelos de bajo coste de toda Europa.

El tipo le hablaba de sus vacaciones, de los coches que se había comprado, y de vez en cuando soltaba distraídamente: «¿Y tú?», sin ni siquiera escuchar su respuesta. «Me lo cuentas otro día, ¿vale?, que ahora estoy ocupado», «Muy bien, San Fermo, pero ahora no, ¿vale?».

En una de esas veladas mundanas a las que los clientes lo llevaban a veces para exhibirlo —«Venga, San Fermo, acompáñame, así ves unas cuantas mujeres guapas, que buena falta te hace»—, Fabio encontró de pronto una solidaridad inesperada en una chica más joven que él.

Después de Roberta, su autoestima estaba por los suelos: desde hacía meses iba a un centro de masajes para experimentar la sensación de tener un cuerpo.

Era un sitio de lujo, no como esos con prostitutas, que siempre tenían un aspecto tan sórdido, y donde nada más entrar te entregaban un boleto de perdedor, como una especie de autopista hacia un declive inexorable, con ese tufo a desinfectante que se olía ya desde la calle...

No, en el centro de masajes que él frecuentaba olía a madera y a bambú.

Te servían una infusión en una taza bonita, todo estaba bañado en un aroma a sándalo, con una musiquita new age facilona pero que tenía su efecto.

La chica lo abordó cuando al fin pudieron levantarse de la mesa. Se le acercó por detrás y se puso a hablarle sin avisar ni presentarse. Parecía alguien a quien no le gustan las injusticias. O las cosas obvias. Pero quién sabe.

—Es un imbécil. Lo conozco de toda la vida, siempre ha sido un cretino. Íbamos al mismo instituto.

—¿Cómo?

—Sabes perfectamente de quién te estoy hablando. ¿Te gusta lo que haces?

—Hoy no. Los demás días sí.

Llevaba un vestido de cóctel negro bastante formal, pero calzaba unas botas parecidas a las que algunos amigos suyos habían conservado de recuerdo después de hacer el servicio militar. Estaba claro que ninguno de los invitados a esa velada se las habría puesto jamás.

—¿Te paga bien, al menos?

—Sí.

Lo estaba interrogando. O poniendo a prueba. O, lo que era más probable, también ella se sentía demasiado superior como para prestar atención a lo que le decía. Fabio se fijó en que tenía un pequeño tatuaje tribal en la muñeca y un piercing en el cartílago de la oreja derecha.

—¿Te merece la pena?

Le hablaba desde muy cerca. Fabio podía oler su perfume.

—No lo sé. ¿Tú qué haces?

—Menos de lo que me gustaría. Trabajo en una galería de arte. Poco dinero y menos gloria todavía. Me he dado un tiempo, antes de entregarme a mi destino.

—¿Es decir?

—Pues el de todos los que están aquí: ponerse a trabajar en el negocio familiar. O fingir que lo hacen.

—¿De qué es el negocio de tus padres?

—De gafas... Digamos que todavía no he encontrado lo que busco. Como la canción. ¿Y qué me dices de ti?

—Yo sí, creo que sí.

Trataba solo de no parecer un perdedor, mientras ella hablaba sin parar.

—¿Cómo te llamas?

—Fabio... Fabio Montari. ¿Y tú?

—Carolina.

—¿Te traigo algo de beber, Carolina? ¿Te apetece que nos sentemos en algún sitio?

Ella negó con la cabeza, y él se arrepintió de haberse precipitado. ¿En qué estaba pensando? Había vida ahí fuera, pero quizá no para él todavía.

—He venido con mi novio. No le importo una mierda, salvo cuando están sus amigos delante.

Carolina hizo ademán de alejarse y luego se le volvió a acercar, como si de repente se hubiera acordado de algo importante.

—Eres de los que recuerdan bien los números, ¿no?

—Es mi trabajo.

—Pues a ver si es verdad. Llámame, si no se te olvida.

Le dictó deprisa su número de teléfono y se marchó.

—Pensé que esa mujer me estaba salvando, de verdad —le contaría más tarde al fiscal.