Cuatro #2
Cantuzzi solo pareció acordarse de su interlocutor en ese momento.
—¿Y usted? Si tuviera que decir cuál ha sido el momento que mejor lo representa, ¿qué respondería?
La pregunta lo pilló desprevenido.
—Tengo que pensarlo. ¿Y usted?
—Nunca lo he sabido —reconoció Cantuzzi—. Tendría que preguntárselo a mi mujer. Pero temo que su respuesta (si es sincera, y no lo será nunca) pueda no gustarme. Creo que para ella he sido un auténtico dolor de muelas; que me ha soportado tanto como me ha querido.
Fabio se quedó desconcertado: un dolor de muelas no. Quizá algo peor, pero eso no. Entonces, al ver que Cantuzzi parecía esperar una respuesta, le brindó una, yéndose mucho por las ramas:
—Creo que aún no lo he conseguido. Hay periodos en los que pienso que nunca cambiará nada.
Estaré siempre aquí, en el banco, cada año, con algún cliente que otro más.
Y otros, por el contrario, me imagino que todo será muy distinto en breve.
Cambiaré de trabajo, de ciudad... ¿Le ocurre eso alguna vez?
Fabio se escuchaba hablar sin freno, preguntándose si también eso formaba parte de su trabajo o si estaba bajando demasiado la guardia.
—Con treinta años pensaba que sabía quién sería a los ochenta —contestó Cantuzzi—, pero luego mi vida transcurrió de un modo distinto de como me la había imaginado. Todavía no sé si para bien o para mal... Y no estoy seguro de querer saberlo.
Se interrumpió, ya no tenía ganas de seguir hablando. Le pidió a Fabio que reflexionara sobre la pregunta que le había hecho.
—¿Por qué? Yo no he tenido una vida interesante como la suya.
Cantuzzi meneó la cabeza.
—Una vez conocí a un tipo. Ya sabe, de esos un poco filósofos de barra de bar.
Todo el mundo se burlaba de él. Siempre estaba ahí sentado, sin hacer nada en todo el día.
Es consciente de cómo funcionan las cosas aquí donde vivimos, ¿verdad?
El que no tiene oficio ni beneficio no está bien considerado.
Un día que yo estaba deprimido y no tenía a nadie con quien hablar, me tomé una copa con él y charlamos.
Cuando ya llevaba unas cuantas, empecé a lamentarme y a llorar, y él me dijo una cosa a la que en el momento no di mucha importancia, pero que siguió rondándome por la cabeza: «No permita que nadie le diga que no vale nada».
Me parecía la típica frase efectista de un holgazán, pero de un tiempo a esta parte he vuelto a reflexionar sobre ella.
Y ahora se la repito a usted: no permita que nadie le diga que su vida no vale nada.
Dejó que lo pensara, luego se levantó y cogió la boina.
—Nos vemos pronto, Fabio .
Volvió a ponerse el plumífero y se despidió de él agitando la mano, como habría hecho un niño pequeño.
—Se deja esto —lo llamó Fabio.
Cantuzzi lo miró perplejo.
—¿A qué se refiere?
—A su paquete.
—Es para usted... Soy de pueblo: solíamos llevar huevos al médico, lechuga del huerto a los maestros... y pasteles al del banco. Se me ha quedado la costumbre. —Se rio—. Disfrútelos con su mujer.
—Gracias.
Fabio volvió a su escritorio. Seguía pensando en la pregunta que le había hecho Cantuzzi: ¿cuál era el episodio de su vida que mejor lo definía como hombre?
Pensó en Roberta, que no había vuelto ni para recoger su ropa.
«No permita que nadie...
»No permita que nadie.»
¿Funcionaba?
Las fiestas pasaron en la tristeza de su soledad, pero, cuando quedaron atrás, el trabajo volvió a apoderarse por completo de su existencia.
Se convirtió en escuela y formación para la vida.
Si bien el primer encuentro con el cliente, la presentación, se celebraba siempre en las pequeñas salas del banco, el trabajo en sí se trasladaba después a otros lugares.
Porque, cuanto más rico eras, más dinero ponías sobre la mesa en ese garito de juego en el que se habían convertido los bancos, y más cosas raras pedías.
Y más te gustaba mezclar lo público con lo privado, utilizar al banquero como a un peón que podías mover a tu antojo, sabiendo que, a cambio de tu dinero, estaría dispuesto a tragar con todo, a aceptar cualquier petición con tal de poder volver al despacho de su jefe a contarle que lo había logrado y, por consiguiente, a reclamar que le pagaran más y mejor.
Tras los primeros encuentros, vestido Fabio de traje azul marino de raya diplomática, y ellos, informales pero elegantes, quedó claro de inmediato hasta qué punto había acertado Wagner.
Los clientes ricos se encontraban a gusto con Fabio, que parecía haber nacido para ese trabajo.
Todo iba exactamente como ella había previsto: ese apellido insignificante, y también esa manera de hablar —no lo había dicho, pero se sobreentendía—, sin galones y sin sombra de afectación, resultaba útil, y de qué manera, con esos clientes.
Y la razón —Fabio tardaría mucho tiempo en darse cuenta— era que lo miraban por encima del hombro.
Saberlo más pobre, menos elegante, menos capaz de estar a sus anchas en el mundo reforzaba su complejo de superioridad.
Ensoberbecidos al verlo cohibirse cuando se acercaba a ellos, ni siquiera eran conscientes del deseo de revancha que albergaba en su fuero interno.
—Cuando me hablaban, me ponían una mano en el hombro, como si fuera un niño.
Decían «mi banquero», pensando que yo también era de su propiedad, como los coches, las mansiones, los relojes y los barcos amarrados en los puertos de ciudades prestigiosas.
«No me robes a mi banquero», «Aparta las manos de mi banquero»...
Así decían —le había contado Fabio al magistrado.
No es que eso justificara todo lo que ocurriría después, claro. Pero engañar a unos cabrones así no podía por menos de ser un atenuante.
«Ven a verme a la playa, ¿vale? Así hablamos un poco de negocios», «¿Te vienes al lago mañana por la mañana? Tengo que acercarme a ver cómo está el Riva, igual luego podemos salir a navegar un rato».
Y todos llamaban a Wagner para darle las gracias y decirle lo bueno que era ese joven banquero.
—Eres bueno. Ya lo sabía yo. Pero recuerda una cosa, Fabio: no eres como ellos —le decía ella—. Son ellos los que pueden tomarse libertades, no tú . Tú tienes que quedarte en tu sitio. ¿Está claro?
—Cristalino.
Una vez, se sinceró con él.
—Yo crecí en un pueblecito, lo sabes, ¿verdad?
Mis padres eran hijos de campesinos, aunque mi padre trabajaba en el ayuntamiento y mi madre era maestra.
Pero él, sobre todo él, siempre quería volver al mundo de su infancia.
Me pasé años comiendo en tabernas donde los dueños te servían con las manos negras, no porque estuvieran sucias, sino porque esa mugre nunca se iba del todo.
Años comiendo en platos desconchados y vasos baratos.
Nos llevaba a dormir a refugios de pastores amigos suyos para que viéramos cómo había sido su vida de niño: pero a mí me daba asco su vida de niño...
Toda esa sinceridad... Debía de ser por lo de siempre, lo de ser alemana.
—Era solo una niña cuando me juré a mí misma que, cuando fuera mayor, solo querría lujo. Hoteles de cinco estrellas, restaurantes caros, coches buenos. ¿Tus padres cuál tenían, un Ritmo?
—Peor. Un Bravo. Estaban el Bravo y el Brava, el mismo modelo, solo que con ligeras diferencias.
—Lo que quiero decir es que recuerdes esto también. Recuerda que, si la cagas, vuelves a esa vida. Así que no pienses que eres como ellos. No lo serás nunca. Pero, si haces las cosas bien, podrás vivir como ellos.
Fabio descubrió un mundo de gente inmensamente rica que vivía de rendimientos y negocios que en muchos casos se debían al talento y al ingenio de antepasados que habían vivido un siglo y medio antes.
Visionarios que habían acumulado enormes fortunas con las que habían hecho acopio de casas y terrenos.
Habían restaurado lujosas mansiones y abandonado otras demasiado caras o grandes.
No poseían simples apartamentos, sino, en muchos casos, edificios enteros o incluso calles que con frecuencia habían tomado el nombre de la familia en los tiempos en que los antepasados las habían abierto en mitad de las campiñas y por las que percibían alquileres que, considerados de uno en uno, eran poca cosa, pero que, todos juntos, constituían un patrimonio.
Iban de una reunión de comunidad a otra, de una casa que reestructurar a otra, enmendaban abusos, arreglaban instalaciones eléctricas todas las semanas.
Jugaban al pádel, al golf, algunos incluso al polo.
Y, aunque salían a cenar todos los fines de semana, arrastraban consigo el increíble tedio o frustración o malestar de ser engorrosamente ricos sin haber creado nunca nada, sin haber conquistado ni haber merecido nada.
La mayor parte de ellos no había dado literalmente un palo al agua en toda su vida.
Se separaban y se divorciaban sistemáticamente, pasaban de una aventura a otra por el sencillo motivo de que no tenían mucho más que hacer.
Los calvarios matrimoniales se consideraban una bendición en esa rutina de cenas y vacaciones, chalés de montaña y playas blancas y no contaminadas.
Llegaba uno acompañado de una chica jovencísima y se convertía en la comidilla, otra se echaba un novio exótico, de Martinica, Cuba o algún sitio similar, y todos comentaban cómo sería estar con él en la cama, en la cocina o en el salón.
Allí donde cabría esperar gratitud, solo había una queja continua contra padres o parientes que los habían cubierto de oro, pero no les habían permitido realizarse como habrían podido o querido.