El estafador Cuatro
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Cuatro

Cuatro

Unos días antes de Navidad, cuando ya había perdido a Roberta para siempre, Fabio recibió a Angelo Cantuzzi en una salita en el ala de los directivos del banco.

Esta vez, la cosa iba en serio. En las paredes colgaban los retratos del fundador y varias fotografías de época que ilustraban la fase pionera del banco y de la ciudad.

El crecimiento de una había sido la premisa para la expansión del otro, ese era el mensaje.

Cantuzzi vestía un plumífero verde que le confería un aire juvenil.

—Adelante, póngase cómodo.

En la cabeza llevaba una boina que, en cambio, lo hacía parecer más viejo, y, en la mano, un paquetito de pasteles que dejó en la mesa con un gesto desenvuelto.

Estrechó efusivamente la mano de Fabio y se colocó enfrente de él, todavía de pie.

Más que un millonario, parecía un jubilado que se dispusiera a ir a almorzar con un familiar.

¿Y él? ¿Qué parecía él?

—¿Quiere que le pida un café?

—No hace mucho que lo he dejado. La tensión, los médicos... —Levantó los ojos al cielo.

Con Cantuzzi, ni hablar de imponerle nada: Fabio tomó buena nota.

—Mi madre igual. Hace diez años que no lo prueba. Ni siquiera descafeinado.

—¿Ha servido de algo?

Fabio negó con la cabeza.

—Solo para empeorarle el humor.

—¿Ve usted?

—¿Quiere uno, entonces?

—Sí... Pero de máquina expendedora, si no le importa. Echo de menos el sabor. Y también el gesto.

—Nunca había oído de alguien que echara de menos esos vasitos de plástico. Pero, vamos, le indico el camino. Y cuente con mi discreción...

Bajaron una planta, cruzaron la zona de oficina diáfana y se pararon delante de la máquina de café. Al ver a Cantuzzi, un compañero les cedió el turno. Fabio sacó la llavecita con su cable de muelle.

—Tiene razón, es una petición un poco rara —convino Cantuzzi, con el vasito entre los dedos—.

Pero tengo buenos recuerdos de las horas que pasé en el trabajo: los compañeros, los subordinados, la fábrica...

—Y, escrutando a Fabio, añadió—: Aunque usted tiene aire de cansado.

No es que me extrañe: a su edad yo también trabajaba como un loco.

Fabio comentó que era normal: muchos clientes, muchas reuniones.

—Pero me lo paso bien —concluyó con una sonrisa.

—«Me lo paso bien, me lo paso bien...» Ahora se dice continuamente. Nosotros no lo decíamos nunca. Habría sonado pueril.

Cantuzzi suspiró.

Fabio hizo ademán de defenderse, pero renunció: no era una crítica dirigida a él.

—¿Sabe lo que pienso? —prosiguió Cantuzzi—. Que uno se hace viejo cuando ya no entiende lo que dicen los demás.

—Usted no me parece viejo en absoluto. Al contrario, lo encuentro en muy buena forma —protestó Fabio con excesiva vehemencia. Era la verdad, pero quizá ese tono... Tomó nota de otro dato importante: dejarle el mando, sí; adularlo, no. Nunca.

Cantuzzi cambió de tema.

—Me ha llamado la doctora Wagner. Lo tiene a usted controlado, ¿eh? Le he dicho que pensábamos volver a vernos.

—¿Cómo fue lo que me dijo el otro día? Quizá su lado es mejor que el mío... —bromeó Fabio, e invitó a café a un compañero que estaba esperando.

Volvieron a la salita y se acomodaron uno enfrente de otro.

—¿Ha pensado mientras tanto en lo que hablamos? —preguntó Cantuzzi.

—Sí, yo empezaría desde el momento presente. Esta es la situación, le he impreso el extracto. Aquí puede ver su liquidez, sus inversiones, sus ganancias de los últimos meses, los principales movimientos... —Fabio le entregó una carpeta—. Yo diría que la situación es más que tranquilizadora.

Cantuzzi tenía alguna arruga más desde la última vez. La vejez, pensó Fabio, debe de ser algo que se presenta un buen día de repente y luego empieza a correr.

Cantuzzi interrumpió sus cavilaciones.

—¿Y el futuro? Como puede imaginarse, mi preocupación no es por mí. Pienso en mi mujer, Gemma. Tiene que venir ella aquí también un día.

—Puedo desplazarme yo. Para que no tenga que molestarse ella.

—Ella está perfectamente, solo que es muy reservada. O igual piensa que prefiero ocuparme yo de estas cosas. Ella todavía está muy bien. —Meneó la cabeza—. Imagínese que los amigos me tomaban el pelo porque era mayor que yo, pero me parece que voy a ser el primero en irme.

Aunque no era más que un simple comentario, la expresión de su cara era muy elocuente.

—Para el futuro —prosiguió Fabio en tono profesoral—, yo seguiría privilegiando una rentabilidad discreta, con riesgos muy bajos. He pensado en tres inversiones que podría describirle a grandes rasgos...

Sacó de otra carpeta tres mazos de hojas grapadas juntas y se las pasó a Cantuzzi, que había apoyado la boina en la silla pero aún no se había quitado el plumífero. Lo hizo entonces, se puso las gafas de presbicia y empezó a hojearlo todo.

—La primera prevé una inversión inicial, seguida de aportaciones sucesivas...

El importe de unas y otras podemos decidirlo juntos.

En cuanto a la segunda... —Reparó en que Cantuzzi no lo estaba escuchando—.

Mírelo todo con calma y, si tiene alguna duda, estoy aquí para resolverla. Vuelvo dentro de unos minutos.

Eso también era la costumbre: dejar solo al cliente.

La excusa era que no se sintiera presionado, pero lo que se perseguía era que, abandonados a su suerte con los papeles, la mayor parte saludaría el regreso del banquero como una liberación.

Fabio dejó que pasaran al menos cinco minutos.

Cuando volvió a la salita, Cantuzzi estaba de pie frente a la ventana.

El montón de hojas había quedado sobre la mesa, sin pasar de la primera página. Fabio se puso a su lado.

—Qué bonita vista hay desde aquí —comentó Cantuzzi—.

Las montañas, las colinas... Una vez, de chaval, mi padre apostó con sus amigos a que podía ir y volver del monte Pugno en bici en cuatro horas.

Qué nombre más extraño, monte Pugno... ¿Lo ha pensado alguna vez?

En realidad, la forma recuerda un poco a un puño.

Si me apura, uno podría ver incluso una flor, pero nosotros no somos gente de llamarlo monte Flor.

Aquí nunca hemos sido muy románticos... Bueno, el caso es que llegó a la cima en tres horas y media, pero, para cumplir con los tiempos, tenía que bajar como un loco.

Había un viejo camino empedrado, que más tarde asfaltaron; sus amigos se repartieron por toda la bajada para ver cómo se las apañaba...

Hizo una pausa al recordar las hojas que debería haber estudiado.

—Lo sé, no las he mirado. Me canso de leer enseguida. Quiero estudiarlas bien... ¿Le importa que me las lleve a casa y me tome mi tiempo? No he parado desde esta mañana temprano y tengo la vista cansada.

Cuando Fabio contestó que no había ningún problema, añadió:

—Aún no me convenzo de haberme hecho viejo.

—No es usted viejo, pero...

Cantuzzi lo miró perplejo.

—Pero ¿qué? —le preguntó alerta.

—Pero olvida terminar la historia que me estaba contando, voy a empezar a pensar que está perdiendo facultades. —Era una broma, pero venía al caso—. ¿Qué pasó al final?

—Creía que solo le interesaban los números —replicó enseguida Cantuzzi—. ¿Qué quiere saber?

—Si su padre ganó la apuesta.

Cantuzzi le advirtió que era una historia sin final feliz. Fabio insistió, y él siguió contando.

—Mi padre sabía que estaba al límite. Según él, se le rompieron los frenos, pero quizá simplemente iba demasiado rápido. Se apoyaba en los pedales como un poseso, entonces, en una de las últimas curvas, se salió del camino y se estampó contra un árbol veinte metros más abajo.

—Ayyyyy...

—Se rompió tres o cuatro costillas... Setenta años después, todavía le hacían daño. Los últimos años, tenía que dormir en una tumbona. Era la única manera: ya no podía estirarse del todo. Bueno, sí que podía, pero luego le dolía mucho al levantarse.

—Ya me imagino.

Cantuzzi parecía haber cogido carrerilla, y Fabio lo alentaba: ¿a quién no le gusta que lo escuchen? Cantuzzi no iba a ser una excepción.

—Hace unos años, encontré esa bicicleta en el sótano.

—Hablaba acompañándose con las manos, sobre todo cuando se enardecía—.

Todavía no me había jubilado, seguía trabajando, pero había bajado un poco el ritmo.

En cuanto tenía un momento libre, me dedicaba a ella.

Estuve así semanas enteras, sustituyendo piezas, encontré cámaras de aire y cubiertas nuevas que se podían adaptar.

Compré incluso un sillín y un plato, porque el viejo estaba todo oxidado, y luego le di una mano de pintura...

Vamos, que la dejé como nueva otra vez. Piezas de recambio: menos mal que existen.

Pero no se imagina cuántas marcas hay ahora.

He tenido la suerte de haber vivido en el momento adecuado.

Tenía una vieja base para bicicletas, oxidada también.

Puse la bici encima, hice girar los pedales, sonaba muy bien. La saqué a la carretera y...

—Tampoco aquí hay final feliz. ¿Me equivoco?

—No, tampoco aquí. Me he mantenido siempre en forma, preparé un poco el plan y luego traté de subir al monte Pugno.

Como una especie de homenaje a mi padre.

Debí de recorrer medio kilómetro de subida, no más.

El peso, la estructura... Era como pedalear con un saco de patatas de treinta kilos a la espalda.

—Al menos lo intentó...

—Eso, desde luego... Pero ¿sabe lo que me gusta de esta historia?

No de mi homenaje, de la apuesta de mi padre.

—Prosiguió sin esperar respuesta—. El hecho de que sea tan paradigmática de quién fue él toda su vida.

Un empecinado, un testarudo. Si alguien me preguntara: ¿cómo era tu padre?

Pues era así, le diría: esta historia lo dice todo.

Hasta el final, nunca dejó de ser el niño determinado a conseguirlo todo.

Por un lado estaba el destino, que había decidido que no, y por otro estaba él, que estaba convencido de que sí.

Un desafío continuo. —Vaciló—. Con todo, creo que tuvo una vida bastante buena.

Desde luego, fue la que él quiso, un reflejo perfecto de sí mismo.