Tres #3
La primera había sido una mera formalidad; la segunda, el inicio de algo.
Poco después, Angelo se detuvo delante de la peluquería, salió del coche y abrió las portezuelas para que subieran su mujer y su hija. Arrancó el motor y se dirigió al oeste, alejándose del centro de la ciudad.
—Qué bien te han dejado —le dijo a Elena, que iba sentada a su lado.
—Gracias, papá.
—De verdad que te queda muy bien —añadió, con una mirada de aprobación.
—Gracias otra vez, papá.
—¿Te has hecho algo nuevo? Pareces distinta.
Elena se volvió para mirar a su madre con aire cómplice, pero no contestó.
Sentada en el asiento trasero, ahora que habían dejado lejos las calles del centro, Gemma observaba el paisaje en silencio.
¿Cuántos años llevaban recorriendo ese mismo camino todos los martes?
Al principio, algunas veces a pie, hasta que se dieron cuenta de que no era más que una manera de alargar esa agonía.
Podrían haber dejado de hacerlo, pero lo habrían echado de menos.
Un día, Gemma decidió regalarse una válvula de escape.
Era pueril, pero le procuraba algo de alivio.
Dirigía palabrotas a las montañas por lo que le habían hecho, viniendo de una ciudad en la que bastaba salir medio kilómetro para encontrártelas por todas partes.
Solo en el casco viejo se estaba al amparo de esa visión repugnante.
Después, la carretera subía y, de nuevo, la mirada volvía a abarcar esas malditas montañas.
Todo había empezado con ellas. Esa segunda residencia, esos fines de semana...
Las montañas. Tratabas de evitarlas, pero te seguían, te gritaban a la cara.
Esas montañas de mierda, imprecó para sus adentros.
Había empezado cuando el dolor que no se iba nunca se había vuelto demasiado grande y opresivo.
Se obligaba a mantener la compostura de siempre, nunca se había quejado del destino, ni en casa siquiera, o casi, y mucho menos en público.
Había participado en todos los actos en memoria de Stefano, había contestado siempre como es debido a las cartas de amigos o incluso simples conocidos, afectados e impresionados por su desgracia.
Había asistido incluso a la inauguración de la escuela primaria, siempre en memoria de Stefano.
Angelo le había suplicado que lo hiciera.
Era pedirle un sacrificio, Dios santo, y tanto que lo era, un esfuerzo inmenso.
Pero ella lo había hecho, nunca se había echado atrás.
Angelo le había confesado que, de otro modo, se habría derrumbado.
Se habría desintegrado en mil pedazos. Hasta que, dos años después de la muerte de Stefano, Elena había empezado a gritar en plena noche.
Gritaba fortísimo, tanto, que los despertaba.
Trataban de calmarla, pero no conseguían que dejara de hacerlo.
Le acariciaban la cabeza, le daban mimos aunque ya no fuera una niña, le contaban un cuento para tranquilizarla, como cuando era pequeña, pero nada.
Una noche, extenuada por ese sistemático y agotador atentado a su descanso, que soportaba sola pues Angelo tenía que trabajar —se había instalado una cama supletoria en la lavandería, un rincón de la casa desde el que no se oía nada—, a Gemma se le cruzó un cable.
Fue a despertarlo y se lo dijo. Cerró tras de sí la puerta de la lavandería y se encaró con él.
Fue la única vez que se rebeló contra ese hombre al que amaba tan profundamente.
—¿Quieres parar de una vez? —le espetó en voz baja—. ¿Quieres parar de una maldita vez? ¿Es que no ves que, por no dejar marchar a Stefano, estamos perdiendo también a Elena?
Y Angelo paró. Desde ese mismo momento, dejó de inaugurar, honrar y recordar, y ella volvió a ser leal y atenta a sus deseos, como siempre lo había sido. Solo se permitía una única libertad: montañas de mierda, repetía en su fuero interno. Una, dos, mil veces.
—Ahí hay un hueco —dijo Angelo un instante después, cuando llegaron a la explanada frente al cementerio.
Se pusieron en camino, Angelo delante, seguido de Gemma y de Elena.
Conocían de memoria la disposición de las tumbas, los epitafios sobre las lápidas, los cipreses que se alternaban con los setos, los puntos en los que se formaban sistemáticamente las malas hierbas, los rincones donde los empleados dejaban abandonados los cubos llenos de hojas y de tierra.
Las esculturas funerarias, las farolas que llevaban años fundidas, el sendero por el que podían atajar para llegar a donde se dirigían.
Hablaban con fingida naturalidad para romper el silencio y, conforme se iban acercando, callaban: ya no se oía volar una mosca entre ellos.
Gemma observó el paso de su marido, que siempre quería ir por delante pero que, de una semana a otra, le parecía cada vez menos seguro, más torpe y lento.
Ella entonces se puso a caminar más despacio para que él no se diera cuenta. Se habían convertido en dos ancianos.
¿Y Elena? ¿En qué se había convertido Elena? En una mujer con canas en el pelo y el cerebro de una niña.
«No quiero que estén nunca tristes», le había dicho una vez Gemma, cuando todavía se hablaban, a esa amiga que no entendía por qué anteponía a sus hijos a todo.
Pero, con Elena, seguir contándole cuentos y jugando con ella no había servido para parar el tiempo: la biología había seguido su curso.
Se le había olvidado hacerla madurar, pero no envejecer. Tenía ya más de cuarenta años.
—Dame la mano, tesoro.
—Sí, papá.
Se detuvieron delante de la tumba de Stefano. Leyeron su nombre grabado en la lápida y las fechas del nacimiento y de la muerte.
Angelo tomó también la mano de su mujer y la atrajo hacia sí.
Elena miraba al vacío, como si ni siquiera estuviera allí.
Lo habían intentado todo para que dejara de gritar, hasta que habían ido a ver a un médico que le había prescrito lo que, desde entonces en adelante, llamarían «las gotas».
Elena no había vuelto a gritar por las noches, pero decir que habían dejado atrás lo peor, no, eso no podían decirlo.
Gemma volvió a imprecar para soportar ese dolor. Montañas de mierda, montañas de mierda.
Angelo cayó en la cuenta en ese momento de qué era lo que notaba distinto en Elena: se había oscurecido el cabello.
Había visto que le habían salido canas, pero no había ahondado mucho en esa idea.
Stefano yacía allí desde hacía un siglo y, mientras tanto, su hermana tenía casi la edad que tenían ellos cuando...
Miró a su mujer y luego a sí mismo a través de la mirada que ella le devolvió.
¿En qué estaba pensando?
Se alejó y, cuando estuvo seguro de que no podían verlo, se tomó la cabeza entre las manos.
Su hijo estaba ahí. Y Elena, Dios mío, ¿cómo podría haber sido de otro modo?
Era una niña cuando había oído a un desconocido decir que su hermano mayor había muerto y había visto a su padre desplomarse en el suelo con un sonido de huesos rotos.
No era extraño que ese dolor la hubiera destrozado.
De los cuatro que eran, quedaban tres. Pero ninguno de ellos se había salvado.