El estafador Tres #2
27%

Tres #2

—Papá, en cambio, era bajito.

—Y luego se hizo rico y se volvió más alto. A mí papá me parece alto.

Se rieron a la vez del comentario tantas veces repetido.

—Mamá, ¿puedo comerme otro pastel?

Siempre hacía lo mismo.

Gemma le sonrió.

—Te sientan mal...

—Por favor, mamá.

—¿Mejor la próxima vez?

—Sigue contándome de papá —dijo Elena.

—Papá trabajaba también para el barón. Era más joven que yo, pero estaba haciendo carrera.

—¿Y en Argentina? ¿Cómo era nuestra casa cuando nos fuimos a Argentina?

Elena no era capaz de concentrarse mucho tiempo en un mismo tema.

—Era grande, con un bonito jardín. Pero yo nunca salía, porque me daban miedo los animales. Me quedaba siempre en casa contigo, que eras muy pequeñita. Sonreías todo el rato. Se ve que te gustaba Argentina.

Gemma tragó.

—¿Y cómo os conocisteis papá y tú? —preguntó Elena.

—Un día, el barón se llevó a todos sus empleados de excursión a la montaña, y allí nos conocimos.

—Pero, luego, ¿cuándo volvisteis a veros?

—Enseguida. Me escribió una carta para invitarme el domingo siguiente. De nuevo a la montaña. Y, como no le respondía, al cabo de unos días me mandó unas flores con una notita.

—¿Y qué ponía?

—Que no me conocía bien, pero que ya me echaba de menos.

—¿Y tú, mamá?

—Yo cedí. Y volví con él a la montaña.

—¿Papá era guapo?

—Y lo sigue siendo.

—Pero es viejo.

—Yo más. Le saco cuatro años.

—Tres y medio. Y tú eres guapa, mamá. ¿Y después?

—Muy poco tiempo después, nos casamos. Luego nació Stefano, y luego tú... ¿Vamos a la peluquería, y luego que nos recoja papá?

—Primero enséñame la foto.

Gemma sacó de su cartera una fotografía guardada en un sobrecito transparente.

Salían los cuatro: ella y Angelo todavía jóvenes, Stefano con una expresión decidida y Elena de adolescente, aunque aún parecía una niña.

Posaban todos vestidos de montaña, salvo Gemma, junto a un pequeño lago, a los pies de las Tofane.

—Mira, mamá: papá es el que más ha cambiado de todos.

—Sí, Elena, así es, papá es el que más ha cambiado de todos —convino Gemma con una amargura inesperada en la voz.

Angelo Cantuzzi dejó atrás la zona de las operaciones de caja y continuó hacia el despacho de Sybille Wagner.

Saludó cortésmente a los empleados, que ya lo conocían bien.

Fabio lo vio en el umbral del despacho charlando con su jefa, que había acudido a su encuentro y, mientras hablaba, jugueteaba con unas gafas de presbicia de montura lila que habían aparecido desde hacía unos días en su escritorio.

El hecho de que ahora las necesitara solo podía significar una cosa, pero ella parecía decidida a transformarlas en un arma más.

Fabio se acercó, esperando su turno para intervenir.

—Le hablé del señor Montari, ¿se acuerda?

Lleva diez años con nosotros. Ya verá, tiene muchas ideas interesantes —la oyó decir, y acto seguido los presentó deprisa—.

Ahora los dejo solos, señor Cantuzzi, para que puedan charlar.

Si necesita algo, estoy aquí al lado. No lo abandono, no se preocupe.

Si Montari no se porta bien, hágamelo saber —bromeó.

Se alejó con las gafas en la mano. Tenía dos pares por lo menos, las del día anterior eran verdes.

¿Y ahora? Era parte de la escuela Wagner: uno tenía que estar siempre preparado.

—Por favor.

Fabio invitó a Cantuzzi a acomodarse, mientras lo estudiaba.

Era viejo, con un aire amable y una sombra, entre bondadosa y jovial, que le asomaba de vez en cuando en la mirada.

Llevaba una chaqueta y una corbata mucho más informales que las suyas.

Era evidente que ya no trabajaba, pero no parecía abatido ni desganado.

—No nos conocemos, ¿verdad?

—Hace poco que me han transferido a esta oficina. Pero, como le decía la señora Wagner, llevo diez años en el banco.

—¿Lo ha celebrado?

—¿Cómo lo sabe?

Fabio se puso a la defensiva instintivamente.

—No sé, parece usted del tipo que celebra algo así. Yo no lo he hecho nunca.

—¿Y eso por qué?

—Me educaron con la idea de que celebrar es de tontos. Imagínese.

—Puede empezar ahora.

Cantuzzi se dirigió a la ventana.

—¿Le gusta su nuevo puesto?

—Creo que sí. Estoy haciéndome a ello.

—Siempre he pensado que uno tiene que dedicarse a lo que más le guste. Luego, cuando se es padre, con los hijos se acaba haciendo siempre menos teoría y más práctica.

Fabio asintió.

—Una vez, de pequeño, escuché una canción de Gaber. Hablaba de un tal señor Brown, un antirracista convencido, hasta que su hija se casó con un hombre negro. El señor Brown se lo tuvo que tragar, pero no daba saltos de alegría... El sentido solo lo entendí después. ¿Recuerda la canción?

Cantuzzi se quedó pensando un momento. Era obvio que no la conocía, pero no estaba acostumbrado a admitir su ignorancia.

—Nunca he escuchado música. Es como con las fiestas. He ido a muy pocas. De jóvenes, mi mujer y yo bailábamos bailes de salón de vez en cuando. Nos lo habían enseñado de niños. Todavía recuerdo los pasos —dijo, dando uno—. Fue hace tantos años... ¿Usted tiene hijos?

Tampoco Fabio estaba acostumbrado a admitir que su vida no seguía el camino esperado. ¿Habían pensado Roberta y él en tener hijos? A saber. Él, cuando menos, había estado ocupado en cosas muy distintas. Ahora que lo pensaba, quién sabe, quizá con hijos todo habría sido muy diferente.

—No, todavía no —reconoció.

Cantuzzi lo estudió, como si quisiera adivinar su edad.

—Es usted joven, pero no tanto ya. ¿Treinta y cinco?

—Treinta y cinco exactamente. Nunca he ido a un salón de baile. Y no creo que mis padres hayan bailado nunca.

—Y nosotros no deberíamos haber dejado de ir a bailar, ni a las verbenas en las plazas... ¿Qué querían sus padres que hiciera? De trabajo, digo.

—Creo que querían verme colocado. En lo que fuera. Desde empleado de correos hasta concejal, lo mismo les daba. No creo que se imaginaran jamás que el trabajo pudiera gustarte. Es más, si te gustaba quería decir que algo no cuadraba.

Cantuzzi asintió: entendía perfectamente lo que Fabio quería decir. ¿Cuántos años los separaban? Unos cuarenta, pero aun así parecían entenderse.

—Los mejores bailes de verbena, mazurca, vals, polca, los vi en dos sitios que no tenían nada que ver entre sí. Uno era Cerdeña, adonde fui con mi familia por un viaje de trabajo, y el otro, Alemania, donde solía ir a ver a mis clientes. ¿Usted ha viajado mucho?

—Un poco, aquí y allá, pero siempre como turista.

Roberta y él solían quejarse del lugar donde habían crecido, pero nunca habían pensado de verdad en abandonarlo. ¿Y por qué? Quizá habría bastado con eso para que Fabio no acabara solo.

—Todavía está a tiempo. A mí viajar me cambió la vida.

Vivimos cuatro años en Argentina, por mi trabajo.

Allí vi animales que no había visto nunca, y paisajes maravillosos.

Hoy, después de muchísimo tiempo, cuando venía aquí en coche con mi mujer y mi hija, he visto un gallo lira y me he sentido feliz.

Vivimos un poco en las afueras... ¿Sabe qué hacen los gallos lira en invierno, cuando el frío es intenso?

No, Fabio no lo sabía.

—Excavan un agujero y se esconden dentro, para calentarse. Como nos enseñaron en la escuela alpina. De joven estuve en el cuerpo de infantería de montaña. ¿Usted ha hecho el servicio militar?

—No.

—No sé por qué, me imaginaba que sí. ¿Cómo es que se libró?

—Por insuficiencia torácica. Me desarrollé tarde, a los dieciocho era poco más que un crío.

—Cuando yo era niño, a los gallos lira, los faisanes, solo pensábamos en comérnoslos. Solía ir con mi padre a cazarlos. Estaba la época de las setas y la de los faisanes. ¿A usted le gusta la caza?

—Tampoco he cazado. Mi padre no me llevó nunca, supongo que es algo que se hereda... ¿Me equivoco?

Cantuzzi le dirigió una mueca que quizá quería decir algo como «eran otros tiempos».

—¿Qué hacía su padre? —prosiguió.

—Nada arriesgado.

—¿Y usted? ¿Qué me dice de usted, señor Montari, es arriesgado su trabajo?

Fabio negó con la cabeza. Era más que obvio que no: vestía una chaqueta azul sobre una camisa blanca y una corbata celeste.

Se rieron los dos. Habían roto el hielo. ¿Y ahora qué?

—Escuchaba a la señora Wagner mientras le hablaba, y me preguntaba si yo también he sido un jefe así... Porque es su jefa, ¿verdad?

—Sí. Desde que llegué aquí.

—¿Cómo es?

—Tal cual la ve. Buena, competente, exigente y puntillosa. Pero sabe divertirse. Y a usted, como cliente, ¿qué le parece?

Se estaba relajando. No debía.

—Me parece que ambos la vemos de igual modo. Pero es mejor desde mi lado que desde el suyo.

—Desde luego.

Volvieron a reírse.

—¿Qué puedo hacer por usted, doctor Cantuzzi?

—Tiene razón: hablo demasiado. Es porque estoy jubilado.

En tiempos, si me retrasaba media hora en llegar a la oficina, tenía veinte, treinta llamadas esperándome.

Sin embargo, un buen día, vendí, y todo cambió...

Pero volvamos a nosotros. Para empezar, no me llame doctor: no tengo estudios universitarios.

—Yo tampoco. Quería, pero... No, no es cierto. Tenía otras cosas en la cabeza: quería ganar dinero, irme de casa lo antes posible. Así que nada de universidad. Me he arrepentido alguna que otra vez... No, tampoco esto es cierto.

Cantuzzi parecía divertido.

—Mi padre no terminó la escuela primaria.

Si le hubiera pedido que me mantuviera hasta los veintitrés años, me habría dado de tortas...

Pero no le he contestado: ¿nos vemos en breve para trazar un plan?

Hoy solo se trataba de presentarnos. Me estoy haciendo viejo y mi salud no... Me gustaría dejarlo todo bien atado.

—Yo no lo encuentro viejo. Pero podemos dejarlo todo bien atado.

—Quedamos en que lo llamo yo dentro de unos días, ¿de acuerdo?

—Muy bien, espero su llamada, entonces. Mientras tanto, voy a estudiar un poco la situación.

—Creía que no le gustaba estudiar.

—Eso era antes de que me pagaran por hacerlo —bromeó.

—Nos vamos a llevar bien, Fabio —dijo Cantuzzi, poniéndose de pie.

Lo miró directamente a los ojos y le estrechó la mano por segunda vez.