Tres
Tres
En un tiempo en el que nunca habría imaginado que lo sobreviviría durante decenios, Angelo Cantuzzi se llevó de viaje a Stefano, que entonces tenía siete años.
Hacía pocos meses que se habían afincado en Argentina y, aprovechando las vacaciones escolares y la proximidad del verano austral, padre e hijo cogieron un avión en Córdoba para ir a Buenos Aires.
Estaban solos: Gemma y Elena, que acababa de nacer, se habían quedado en casa.
La noche antes de su partida, Angelo miró a su esposa con una mezcla de culpa y satisfacción.
La había llevado a otro hemisferio tres meses antes y no le había dedicado ni un momento.
Había estado constantemente ocupado, de viaje entre una región y otra de ese país desmesurado, y, ahora que tenía unos días libres, volvía a marcharse.
Alejarse justo en ese momento no era muy considerado por su parte, pero estaba seguro de que, también esa vez, ella comprendería sus ansias de vivir.
—Qué quieres que te diga —había bromeado ella—. Os echaremos de menos. Mañana por la mañana despertadme antes de que os vayáis, si no, no os dejo marchar.
Iban a perderse la Navidad, pero juraron que regresarían a tiempo para celebrar juntos el Año Nuevo.
Angelo lo sentía, pero se encontraba en una parte del mundo muy nueva y atractiva, había todo un espacio salvaje que explorar entre el mar y la montaña.
Había convencido a Stefano de que lo acompañara, con la promesa de que verían orcas, morsas, pumas y zorros grises.
En el aeropuerto de Buenos Aires alquilaron un Mercedes. No les habría salido caro contratar a un chófer, pero entonces no habría sido una verdadera aventura, pensaba Angelo. Tenían que estar Stefano y él, los dos solos. Recordarían toda la vida esa semana juntos.
Angelo estaba acostumbrado también a conducir quince o dieciséis horas sin parar.
Cruzaron la pampa, observaron la carrera febril de los guanacos, que a veces parecían perseguirlos a ellos, a los gauchos a caballo, que se movían en pequeños grupos al atardecer.
Hasta que, cuando aún estaban lejos y ya había anochecido, Stefano se quedó dormido.
Angelo conducía por esas carreteras desiertas, agradecido a la vida y a ese niño confiado sentado a su lado, cuyo cuerpo menudo había envuelto en una manta.
Lo despertó solo cuando divisó a lo lejos las luces de Puerto Madryn: en esa época, la Patagonia era un destino turístico tan poco conocido todavía que parecía sumida en un sueño.
Angelo le diría varias veces a su esposa que nunca había tenido mejor compañero y amigo que su hijo.
Contaba solo siete años, pero se entendían como nunca en la vida le sucedería con otras personas.
No se trataba solo de amor y de afecto: era sintonía, afinidad de almas.
La mañana siguiente buscaron una guía, y con ella prosiguieron hasta la península de Valdés.
Avanzaron por las pistas de ese paisaje árido, deteniéndose varias veces a observar a los armadillos ovillarse, parando a menudo el coche para ver desfilar a las maras.
En las orillas de los lagos salados, fotografiaron a los ñandús.
Nunca habían visto pájaros tan grandes. Los fascinó cómo construían unos nidos rudimentarios, excavando agujeros en la tierra, pues, pesados como eran, no podían volar.
Stefano se lamía las manos riendo después de sumergirlas en el agua de los lagos, sin escuchar las explicaciones de Angelo de por qué era salada.
No se podía beber, y con eso le bastaba, bajo ese sol abrasador.
Al llegar a la playa de Punta Delgada, antes incluso de bajar del coche, empezaron a ver colonias de leones marinos.
Stefano gritaba, muy excitado, y su padre hacía otro tanto: era un papá nuevo, loco de alegría, despreocupado.
Para Stefano, fue la primera y quizá la única vez que lo vio con ese buen humor: las excursiones por la montaña tenían la impronta del rigor y del respeto de los horarios.
Pero allí, quizá, tan lejos de Italia, su padre se sentía libre al fin.
Llegaron a la orilla y, allí, además de los leones marinos, vieron también focas y morsas. Tomaron el almuerzo que llevaban en la mochila, después de calentarlo en un hornillo. Más tarde, al anochecer, asistieron con los prismáticos al paso de algunas ballenas a un centenar de metros de la costa.
Dos días después, cerca del glaciar Perito Moreno, padre e hijo presenciaron nerviosos el desesperado intento de un león marino de escapar de un grupo de orcas.
Era una escena primitiva: Stefano era incapaz de apartar la mirada, pero lloró cuando vio a una orca morder y lanzar lejos a su presa. Todo había terminado.
—Nadie mata solo por matar, ni acumula solo por acumular, Stefano: uno se mueve solo por hambre.
—¿Y las guerras, entonces?
—El hombre es la excepción —comentó Angelo.
—¿Por qué, papá?
—Te lo contaré por el camino, ahora volvamos a casa. Mamá y Elena nos están esperando. Tenemos que celebrar juntos el Año Nuevo.
Mucho tiempo después, como cada primer martes del mes, después de media hora de paseo por el centro con su hija Elena, adulta ya, Gemma Cantuzzi entró en la «pastelería austriaca», como la llamaba todo el que hubiera nacido allí.
No había mucha gente: ya había pasado la hora del desayuno y aún faltaba bastante para el almuerzo.
El dueño, que conocía sus costumbres, acudió a recibirlas en la sala revestida de madera: en tiempos había albergado una famosa mesa de billar en la que, desde los primeros años del siglo XX , se habían retado grandes actores y aristócratas que estaban de paso por la ciudad.
Los dos fundadores de la pastelería habían sido licoreros, pasteleros y confiteros de gran renombre en Salzburgo: tras unas vacaciones en esa parte de Italia, habían quedado tan cautivados que habían vendido todas sus posesiones en Austria y se habían trasladado allí.
—Adelante, señora... Hace un poco de fresco esta mañana, ¿prefieren dentro? Díganme ustedes.
Sentada a una mesita, Gemma reparó en una antigua compañera de colegio de Elena. La mujer las observaba con curiosidad: Gemma evitó cruzarse con su mirada. Le dieron ganas de marcharse, pero ya era demasiado tarde.
—Mejor fuera —se apresuró a decir.
—Acomódense, entonces. Enseguida sale la camarera a tomarles la comanda. Si, mientras tanto, la señorita Elena quiere acompañarme a ver los pasteles... Tenemos alguno nuevo.
Gemma fue a sentarse al sitio de siempre, bajo los soportales, mientras Elena se dirigía con paso decidido a la vitrina de los dulces.
—¿Ve? Hemos hecho algún experimento con nuevos bignè . Pero la dejo en manos de mis empleadas.
—Dígame, Elena, ¿qué desea?
La conocía todo el mundo allí. Hacía treinta, cuarenta años que se acercaba a esa vitrina, siempre la misma, con la excepción de algún pastel nuevo con el que actualizaban el surtido regularmente.
Elena indicó con un gesto a la camarera que tenía que pensarlo y luego señaló, como siempre, el gnocco de Salzburgo, un dulce de tres puntas que recordaba los tres montes de la ciudad: el Mönchsberg, el Kapuzinerberg y el Gaisberg.
—¿Y para su madre?
No sabía uno qué elegir: el strudel , los exquisitos mozartkugeln , la tarta sacher...
—Para mi madre, un pastel del emperador, por favor.
—Excelente elección. ¿Desea que se lo lleve enseguida en una bandeja?
—¿Puedo coger un cannoncino para el camino? —bromeó. Una vez que había hecho esa broma, todo el mundo se había reído, y desde entonces la repetía siempre.
—Claro.
Elena dio media vuelta y volvió a la mesa de su madre, mordisqueando el dulce.
—Mamá, he elegido por ti —dijo, sentándose—. Estaba una compañera mía de clase. ¿La has visto tú también?
—¿La has saludado?
—No, tenía la boca llena.
Se olvidaron al instante de ella.
—Mamá, mira qué buenos estos dulces. ¿Cuándo vamos a Austria? Me lo prometiste.
—Antes, papá tiene que hacerse unas pruebas. Si el médico dice que está bien, nos iremos.
—Un bonito viaje, como en los viejos tiempos —sonrió Elena satisfecha.
—Sí, como en los viejos tiempos, Elena. Tómate el té, que se te enfría.
—Pero ¿papá está enfermo?
—No. Solo tiene que hacerse unas pruebas. Y luego ya podremos irnos. Me gustaría volver a ver el palacio de Schönbrunn.
—Pero ¿cómo iremos hasta allí?
Gemma le limpió los bigotes de nata con una servilleta, como si fuera una niña. Se arrepintió cuando vio que la conocida las seguía observando.
—En coche.
—¿Papá no es demasiado mayor para conducir?
—Podemos ir por etapas. Primero Innsbruck, luego Salzburgo y, por último, Viena.
Había llegado el platito. Elena se comió su gnocco de Salzburgo en un santiamén.
—Mamá, ¿puedo tomar otro?
—Está bien, Elena, y hasta dos, si quieres. Espera a que vengan a la mesa.
—Pero tengo hambre...
Elena volvió hacia la vitrina de dulces. Gemma reparó en las miradas fijas sobre su hija. Ya debería estar acostumbrada, y sin embargo...
—Mamá, ¿me cuentas otra vez cómo os conocisteis papá y tú? Me gusta mucho esa historia —le dijo, apartando la silla ruidosamente para volver a sentarse.
Gemma meneó la cabeza resignada, pero, como siempre, cedió al deseo de su hija, aunque se lo hubiera contado mil veces ya.
—Yo llevaba un tiempo trabajando para el barón Lupoli —empezó—. Hacían baterías para coches y tractores, fusibles, esas cosas. Abastecían a todos los mecánicos de la región. En un momento dado, el barón compró un equipo de fútbol, que ascendió a segunda división...
—¿Y luego a primera?
Era un guion muy ensayado, las preguntas eran siempre las mismas y en el mismo orden.
—No. Subió a tercera, y luego volvió a ascender.
Como cada vez, Elena acogió esa respuesta con una risita, bajando la cabeza. Le estaban apareciendo ya las primeras canas. «Tiene que teñirse», pensó Gemma. La compañera de Elena pasó delante de ellas en ese momento, y esta vez fue Gemma quien bajó la cabeza.
—¿Cómo era el barón? —siguió preguntando Elena.
—Altísimo. De pequeña pensaba que dependía del dinero. Cuanto más tuvieras, más alto eras.
—¿Y papá?