Dos #4
—No lo sé. Nos entendíamos, todo marchaba bien.
Ten en cuenta que era de verdad otro mundo: nadie se pasaba el tiempo preguntándose si era feliz.
¿Pagabas las facturas? Sí. ¿Te ibas una semana a la playa?
También. Pues ya está, nadie iba más allá.
No te estoy diciendo que fuera mejor... Era distinto.
Con todo, aun así tenía ese miedo a que me dejara.
Como quien tiene vértigos o laberintitis.
Es algo que no controlas. Preferirías no tenerlos, te esfuerzas por mantenerlos a raya, pero los tienes.
—¿Te apetece un helado? —propuso Fabio.
—Venga.
Entraron en una heladería y compraron dos conos. Parecían dos chiquillos, ahí, en la puerta, lamiendo la nata y la fresa.
—¿Roberta está en casa?
—No me has entendido, Fabio. ¿No has oído lo que te he dicho?
—No es que no lo entienda, es que no consigo aceptarlo. Es como con ese amigo mío.
—Han pasado muchos años, ¿eh?
—Lo sé. Hago cosas que no debería porque aún no estoy preparado para desaparecer.
¿Cuándo estaba uno preparado?
—He tratado de hacerla entrar en razón. No soy lo bastante joven para considerar normal una separación, y me gustaría ser lo bastante viejo para decidir por mi hija.
Me entiendes, ¿verdad?, para agarrarla de los pelos y llevártela de vuelta a casa.
Pero no tengo ganas. Igual con mi hijo lo habría hecho, pero con ella no.
He intentado hablarlo con mi mujer, pero se calla.
Y, si se calla, quiere decir que está de acuerdo con Roberta.
Te ven distinto de como te veo yo. Y esto es como lo de ese miedo: no hay un motivo. Lo sienten y ya está. No se fían de ti.
—Pero ¿por qué?
—No lo sé. Pero igual tú sí lo sabes. Y, un día, si tienes ganas, me lo contarás...
A pocos pasos de ellos estaba el río. No había nadie, solo un par de parejitas abrazadas en los bancos.
—¿Te acuerdas de la primera vez que fuimos a pescar?
—le preguntó Fabio—. Buscabas un pretexto para huir de esa comida familiar.
Y yo... Justo lo hablaba con mi jefa el otro día.
Según ella, el mundo se divide entre los que quieren pasar en paz la comida del domingo y los que esperan que el trabajo los lleve a otra parte.
—Negó con la cabeza—. No estaba pensando en ti, tú solo quieres pescar.
Cogimos un montón de lucios. Lo recuerdo bien.
Caminaban uno al lado del otro y ahora sonreían los dos.
—Nos hicimos amigos. No tengo muchos, sobre todo no tengo muchos nuevos. O jóvenes. Tengo quizá dos o tres, y se remontan todos a cuando era niño. Hemos cambiado, pero estamos aquí los unos para los otros si hace falta.
Gianni se detuvo y le puso la mano en el brazo.
—Y yo ahora quisiera estar aquí para ti. Quisiera preguntarte qué ha pasado, ayudarte. Pero me da que ni tú mismo sabes lo que ha pasado.
La casa de los fines de semana estaba a un puñado de kilómetros de allí, en medio del campo. Allí todo seguía igual, pero donde estaban ellos todo había cambiado.
—La echo tanto de menos que me estoy volviendo loco. —Fabio se dio cuenta, molesto, de que le temblaba la voz—. No hay mucho que yo pueda hacer. Solo quiero que vuelva, porque cada día que pasa la pierdo más. No sé qué hace, qué piensa.
—¿Qué piensa? Yo tampoco lo sé.
—¿Qué hace?
—Eso sí que lo sé: compra cosas. El otro día llegó cargada con tantas compras que casi no se la veía.
Cinco, seis, siete bolsas y una caja. Cuando salió para irse a trabajar, entré en su vieja habitación y eché un vistazo.
Sé que está feo, pero quería entender. —Calló de pronto—.
Faldas, pantalones, ropa interior, dos pares de zapatos.
Lo entiendes, ¿verdad? ¿Entiendes lo que significa?
—No quiere ni pasar por casa a recoger sus cosas.
Echaron a andar, de nuevo en silencio.
Fabio propuso volver atrás. Al cabo de un rato, se armó de valor y dijo:
—Al menos dile que me ha pasado algo importante. Me ha llamado mi jefa y me ha dicho que va a empezar a confiarme a algunos de sus clientes. Gente con mucho dinero. Hace años que esperaba esto.
—Cabe preguntarse: ¿por qué se marcha justo ahora? Ahora que todo pinta tan bien... No sé qué pensar. Bueno, lo intentaré. Te llamo pronto, e igual nos vamos de pesca, ¿vale? —le dijo Gianni cuando llegaron a su casa.
—Cuento con ello.
Se había hecho tarde, la ciudad estaba desierta y su matrimonio había terminado para siempre.
No había muchas más vueltas que darle. Fabio se lo repitió como si pudiera olvidarlo y luego trató de concentrarse en el ascenso, en las posibilidades que le había abierto su conversación con Wagner.
Se esforzó en pensar que se haría riquísimo y Roberta volvería con él.
Treparía hasta puestos más altos y ella estaría a su lado para siempre.
—¿De verdad estaba convencido de ello? —le había preguntado el fiscal—. ¿Para usted sigue siendo una cuestión de dinero?
—No. No estaba en absoluto convencido. Pero me agarraba a lo que fuera. La alternativa era ponerme una soga al cuello.
—¿Y después?
—Después traté de dormir de noche y hacer dinero de día.
—¿Y funcionó?
—Seguí durmiendo fatal.