Dos #3
—Con una cuenta corriente, con una serie de inversiones podemos saberlo todo de una persona: sabemos si incurre en gastos que poco tienen que ver con su papel de padre o madre de familia; sabemos si al hijo le va mal en los estudios o qué coche le han comprado; si alguien está enfermo y de qué, en función de la clínica o del médico al que pagan.
Algunos tienen tres, cuatro cuentas corrientes.
¿Por qué? Porque piensan que así se esconden mejor.
¿Y tú? A ti nadie te conoce y es obvio que estás muy lejos de cierto mundo...
Te lo digo sin ánimo de ofender, ¿eh?, creo que esto lo sabes tú de sobra.
Para ciertas personas, especialmente de la generación anterior, el apellido lo es todo. Y tú no tienes apellido.
Fabio asintió. Conque de eso se trataba.
—A ver, claro que tienes, pero es el de un fantasma. Montari, Montari... No, no me suena de nada. Algo me dice que podría funcionar. Bajarán la guardia... Bueno, y, ahora, largo de aquí.
Cuando Fabio abrió la puerta de casa, miró el salón, el televisor, el maletín del trabajo tirado en el suelo, unos calcetines que llevaban allí varios días: las señales tangibles de que estaba empezando a abandonarse.
Recordó la última vez que había estado en ese sofá con Roberta.
Estaban viendo una película, ella le pasaba las patatas fritas y le sonreía.
En un momento dado, él no había podido resistirse, se le había acercado, le había desabrochado los pantalones y bajado las bragas.
Ese gesto casi imperceptible, la ligera resistencia de la goma, la marca del moreno que nunca se le iba del todo, ni siquiera en invierno... Entonces Roberta lo había interrumpido.
—Hace tiempo que tenemos que hablar...
Un cuarto de hora después, ya no era un hombre casado.
Se vistió como para ir a correr, pantalones cortos y deportivas.
Bajó deprisa la escalera de servicio, esperando no encontrarse con nadie.
Bordeó la biblioteca municipal y luego se dirigió a la colina, donde en el siglo XIX se habían construido las mansiones señoriales.
Algunas estaban habitadas y protegidas por vallas altísimas, al otro lado de las cuales se intuían coches deportivos en un césped impecable.
Otras, en cambio, estaban descuidadas o incluso abandonadas y parecían condenadas a ser pasto de las malas hierbas.
Capillas votivas destartaladas, socavones en las aceras, áreas de descanso utilizadas como alcobas, tapizadas de preservativos: ¿qué le había ocurrido a su ciudad?
Estaba el declive de cierto mundo y, justo al lado, ese lujo tan sin futuro, de piernas cortas y mal plantadas en el suelo.
Volvió hacia el centro, cruzó la plaza de la catedral, con su fachada de arenisca y su órgano del siglo XVI , con sus miles de tubos.
Probó a llamar a Roberta. Nada, no contestaba.
Saludó a una señora y empezó a correr sin prisa.
Se acordó, quién sabe por qué, de la última vez que había hecho un viaje con amigos: habían ido en tren a Montecarlo.
Una vieja manía suya: ver cómo se vivía en un sitio así.
El viaje había durado cuatro o cinco horas, habían admirado unos cuantos coches bonitos y otras tantas mujeres guapas, el paseo marítimo y el túnel del Gran Premio, que era aún más chulo de lo que se veía en la tele.
Se habían tomado solo un café porque todo lo demás parecía demasiado caro en francos, no los habían dejado entrar en el casino porque no iban bien vestidos, y se habían vuelto a casa con el rabo entre las piernas.
Se habían quedado con las ganas de cenar allí, de vivir la ciudad de noche, de entender precisamente cómo habría sido todo.
Después de eso, Fabio había empezado a trabajar, se había casado y se había olvidado por completo.
Se detuvo a pocos pasos de la casa de sus exsuegros. El coche de Roberta estaba allí. La habría esperado, incluso la noche entera: tenía que saber lo de su jefa, lo de su nuevo trabajo. Tenía que perdonarlo.
Probó a llamarla otra vez. No ocurrió nada, pero la cortina de la ventana del salón se movió; al cabo de un rato, se abrió la puerta y salió a su encuentro su suegro. Aunque estaban muy unidos, que bajara a la calle le pareció mala señal. Tenía unos setenta años, pero todavía se movía con agilidad.
—Hola, Fabio, ¿damos un paseo? ¿Te apetece?
No era persona de tomar café en un bar. Caminaron un rato sin decir palabra.
Fabio iba en chándal y su suegro, como quien ha vuelto del trabajo y se ha puesto ropa de casa.
Tomaron por una calle lateral y allí pararon y se sentaron en un poyete.
¿Cuánto tiempo podían quedarse ahí tranquilos sin tener que saludar a algún conocido?
—¿Qué tal te va, Gianni?
—Bien. Estoy a punto de jubilarme. Todavía me quedan seis meses, quizá menos, tengo que hacer cuentas. Teníamos pensado mudarnos a nuestra casa de fin de semana. Siempre ha sido mi sueño.
—Te veo en forma.
—Sí, bastante. ¿Y tú?
—Tengo buenas noticias para ti. ¿Sabes las acciones que te recomendé que compraras, te acuerdas? Han subido mucho. Si añades eso a la liquidación, puedes asegurarte una buena vejez.
—Para lo que yo hago... Solo necesito un huerto y una barquita para ir a pescar.
Y ya tengo las dos cosas. Podría cambiar de barca, claro, pero estoy bien con la que tengo.
Igual podría comprarme una caña de pescar, pero mi mujer vio que las estaba mirando en internet y me ha confesado que mis compañeros de trabajo quieren regalarme una buena, por la jubilación.
Cuarenta años de trabajo y una caña de pescar. No me ha ido tan mal.
—Desde luego.
Gianni se había puesto de pie y daba vueltas a su alrededor, incómodo.
—Ya es la segunda noche que vienes a la puerta de casa.
—Lo sé.
Se interrumpieron para saludar a un anciano con sombrero que sacaba a pasear a un golden retriever. El hombre hizo ademán de pararse, los miró de más cerca y siguió su camino.
—Fabio, me duele verte así. Te lo juro, me duele en el alma. En fin, alguien como tú... —Apuntar a su orgullo, debía de haber pensado—. Pero a Roberta no —prosiguió—. Dice que, si sigues así, te denuncia. ¿Qué hacemos?
—No puedo evitar venir. Leí una vez que los que pierden un miembro siguen imaginando durante meses que aún lo tienen. Suena patético, pero no es que venga aquí pensando en que vuelva Roberta. Vengo aquí precisamente porque sé que no va a volver.
Se levantó también Fabio y, sin una palabra, echaron a andar de nuevo. Pasaron delante del cine: llevaba dos años cerrado. Por allí todo el mundo había decidido que las películas las veía cada cual en su casa.
—Es patético... Soy patético, lo sé.
Fabio alejó una piedrecita de una patada.
—De pequeño, tenía un amigo. Nos veíamos todos los días y pasábamos juntos el día entero.
Luego, él hizo otro amigo y ya no quiso verme más, ni saludarme siquiera.
De repente, ya no quería tener nada que ver conmigo, como si yo tuviera sarna.
Seguía rondando por su casa, no entendía cómo era posible que estuviese siempre allí metido, hasta que me di cuenta de que salía por una puerta lateral para que yo no lo viera.
Me lo dijo su padre; me dio tanta vergüenza que quise salir corriendo, pero me quedé inmóvil.
Fue amable conmigo, se lo veía incómodo.
Como tú ahora. Pero estaba decidido a liberar a su hijo de mi presencia.
Me advirtió que, si no dejaba de ir allí a intentar sorprenderlo, se lo diría a mis padres.
—Se interrumpió—. No volví más, fue una decepción tremenda.
Se quedaron un rato callados, y luego Gianni dijo:
—Los primeros años de casado, solía pensar que un día volvería a casa y me encontraría un mensaje de mi mujer en el que me diría que me dejaba. Para siempre.
—¿Por qué?