El estafador Dos #2
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Dos #2

—Esto de juntar a la gente, de hacer que se divierta —prosiguió Wagner— es un don, no lo tiene todo el mundo. Ayer lo hablaba en casa con mi marido, le decía: «¿Cómo podemos sacarle partido a esto?». —Hizo una pausa y entornó los párpados—. Hacía tiempo que no conocía a alguien como tú.

Wagner no hablaba casi nunca de su marido.

No había ningún misterio, vivían en una ciudad pequeña en la que se sabía todo de todo el mundo: era un hombre muy rico y destacado.

Hacía decenios, su familia había vendido la fábrica que llevaba su nombre por una cantidad exorbitante.

Ella se había apoyado en él, no para aposentarse, sino para propulsarse más lejos.

Él, por su parte, quería una esposa que sus amigos encontraran fascinante, pero que no resultara un estorbo para sus fines de semana en velero o en la montaña y para sus veladas entre hombres.

—Podrías decirme: ¿qué sentido tiene? ¿Quieres hacer prosperar a un empleado porque se le da bien organizar fiestas? No, pero...

Pero ¿qué? Fabio dejó de mirar los pingüinos. Podía estar equivocado, pero le parecía que era el tipo de conversación con final feliz.

—Como te decía, es un don —prosiguió Wagner—. Gustas a la gente. Te sale natural, me da que siempre ha sido así. ¿Tienes muchos amigos?

—No. No muchos.

Ella sonrió.

—¿Por qué sonríe?

Otra vez el usted.

—Porque estaba segura.

—¿A qué se refiere?

—A que eres amigo de todo el mundo sin serlo verdaderamente de nadie. Se te da bien hacer amistad, pero no te interesa. Solo te importa tu trabajo. El dinero. Llegar lejos. Abrirte camino como sea. Yo también soy así. ¿Me sigues?

—Claro.

—Ya sabemos que el dinero no da la felicidad, ni tú ni yo somos felices. Demasiada ambición, demasiada rabia... Pero ¿y los demás? ¿Y los que no lo tienen?

—No lo tienen y ya está —bromeó Fabio.

—Si te gusta demasiado tu vida, si para ti es importante el tiempo libre, entonces no puede funcionar. Hay que ser un poco enfermo del trabajo para hacer lo que hago yo. Porque, cuando llaman, tenemos que estar ahí para responder. ¿Entiendes lo que quiero decir?

—Perfectamente.

—Y no es que lo hagas porque estés obligado.

No. Te alegras de que te den una excusa para quitarte de en medio, para no vivir lo que estás viviendo.

Porque, en el fondo, a la gente como tú y como yo estar de vacaciones en un buen hotel, en un sitio bonito, le parece un auténtico coñazo.

—Puso una sonrisita—. Yo llegué aquí desde Baviera, los fines de semana hacía rafting en torrentes, y los domingos tenía que ir a comer a casa de mi suegra, o hacer una barbacoa, como imitando lo que se ve en las películas americanas.

Me sigues, ¿verdad? De modo que, que me llamen todo lo que quieran, yo encantada.

Me da a mí que tú no has hecho nunca ni pizca de deporte, pero también te parece un auténtico coñazo pasar los domingos en casa de tus suegros.

Wagner se inclinó apenas hacia él. De tanto en tanto le rozaba con la mano la manga de la chaqueta.

—Pero no te hablo de los clientes de los que te ocupas ahora.

No te hablo de gente «acomodada», gente con doscientos o trescientos mil euros en cuenta y que cree que es rica.

O acomodada. Te hablo de gente con veinte, treinta, cincuenta millones de euros.

Esa es otra liga muy distinta, con reglas muy distintas también.

—Nunca he jugado en esa liga.

—¿Querrías hacerlo?

—Claro.

Wagner dejó caer un zapato, levantó la pierna y la dobló debajo de sí. Fabio llevó la mirada a la parte interna del zapato que había quedado abandonado.

—¿Cómo definirías a los clientes con los que yo trato?

—¿Ricos? ¿Muy ricos?

—Sí, pero ¿qué clase de ricos?

—De la región, principalmente; gente de familias importantes, con patrimonios a sus espaldas.

Ricos más por rentas que por trabajo. Ricos más de viejas casas de campo decimonónicas heredadas, que no saben cómo vender o que les cuesta mantener, que de yate en Porto Cervo o chalé con piscina desbordante.

Gente con dinero viejo, defendido con uñas y dientes. Algo por el estilo.

—Parece que estés hablando de mi marido.

Fabio la miró incómodo.

—Relájate: no has dicho nada inconveniente.

Al principio, todo el mundo decía: «Ah, se ha casado con él por su dinero».

Mayor que ella, más rico, aristocrático.

Puede ser. Pero solo es una parte de la verdad: a mí me interesaba mucho más ganar dinero que poseerlo.

Y mi marido me ayudó a ello con sus contactos, sus conocidos.

Pero es algo que llevo en la sangre: pienso que, si hubiera nacido deportista, habría corrido los cien metros en los Juegos Olímpicos, pero lo mío eran las finanzas.

Y lo importante aquí es que, en un momento dado, superar a mis rivales se convirtió en mi juego preferido. Pero sigue con lo que estabas diciendo.

Fabio siguió hablando, mirando el escritorio y no a ella. Para concentrarse.

—... Siempre los mismos ocho o nueve apellidos, que resulta que son los nombres de las casas antiguas, las mansiones nobles del centro, las calles de la ciudad, dejando a un lado las Garibaldi, Manzoni y Mazzini.

Sólidos cimientos, raíces hondas. Y, por consiguiente, todos prudentes.

Muy prudentes. Gente que tiene más que perder que ganar.

Familias en las que, desde hace generaciones, trabaja uno de cada tres, elegido por el patriarca de turno.

A los demás, considerados incapaces, frágiles o ineptos, o, peor aún, idealistas, los arrinconan para que no den problemas.

El dinero no debe malgastarse; pero eso genera insatisfacción, frustraciones, luchas intestinas por la decepción de no haber sido los elegidos.

No tienen ganas de dar un palo al agua, pero, si se aburren, la culpa es de los demás.

¿Cuánto tiempo llevaba preparándose para ese momento? Wagner se llevó también el otro pie debajo del trasero... A Fabio, en cambio, le daba vergüenza descalzarse hasta cuando iba a comprar zapatos.

—Exacto eso también, Fabio. Añado que, como bien sabes, muchos de ellos son ancianos y tienen mucho tiempo para pensar en su dinero. Quieren rentabilidad, sí, pero no se fían de instrumentos que no sean los de siempre: acciones, bonos del tesoro, alguna póliza segura...

—Tiene sentido. Nada de ventoleras, ni por asomo.

—Desde luego. Pero nosotros tenemos que hacer nuestro trabajo. Y ayudarlos a conseguir mayores beneficios, ¿no? Sin correr riesgos, pero, de vez en cuando, como en la vida, hay que dar algún salto hacia delante. No un salto al vacío, ¿eh? Un salto hacia delante... Klar?

—Sí, sí.

¿Adónde quería llegar?

Wagner se interrumpió para contestar una llamada.

—De acuerdo. Ofrézcale un café, llévele un periódico y ruéguele un poco de paciencia. Tres minutos, cinco máximo. Iré yo a recogerlo —dijo al teléfono.

»Lo que quiero decir, Fabio, y deprisa, porque ahora tengo un cliente —volvió la mirada hacia él—, es que me gustaría ver cómo te desenvuelves como gestor de banca privada. Ya mismo.

No grites. No saltes. No. Cara de póquer.

—Una última cosa —añadió—. Y te ruego que no me malinterpretes: eres bueno en lo tuyo y te lo mereces. Pero hay una razón por la que creo que vale la pena acelerar los tiempos. Una cosa que tienes que meterte bien en la cabeza. Porque de ahí es de donde tienes que partir.

—¿Qué cosa?

—Te lo digo como se lo diría a mi hermana, en mi casa, en Baviera.

En cuanto dijo «Baviera», su acento se hizo más marcado.

La historia de los orígenes era otra arma secreta de Wagner, él lo decía siempre.

«¿En qué sentido?», le había preguntado una vez un compañero.

«Pues que primero te monta un pollo y, luego, cuando se da cuenta de que se ha pasado, te dice algo en plan: “Ay, no, perdona, es que soy alemana”. Fíjate y verás.»

—Voy a ir directa al grano —seguía diciendo—.

Estábamos hablando de ciertos ambientes, ¿verdad?

Pues bien: tú estás fuera. Fuera por completo.

Yo vengo de un pueblucho bávaro, pero lo sé.

No hace falta que te lo diga yo. La mayoría de los banqueros pertenecen a esos ambientes, a esos círculos, desde hace generaciones.

Cuando me vine a vivir a esta ciudad, no daba crédito: me parecía estar en la India, con sus castas.

A muchos de esos banqueros los han contratado porque son parientes de alguien, por sus contactos, igual solo porque sus padres o sus abuelos eran grandes accionistas.

Nosotros nacimos como un banco pequeño, familiar.

Ya no lo somos en términos de cifras, tenemos filiales en todas partes, pero la esencia sigue siendo la misma. ¿Me sigues?

—Claro.

—Y, en una ciudad pequeña como la nuestra, algunas personas se conocen todas entre sí, cuando no están directamente emparentadas.

Se frecuentan, salen juntas a cenar, se intercambian favores.

Y a nadie le gusta coincidir en una fiesta con alguien que sabe al detalle cuánto dinero tiene en la cuenta, cuánto invirtió la semana pasada, si ha ganado o perdido.

Uno se resigna si no tiene más remedio, pero si puede evitarlo...

Y aquí es donde, tal y como yo lo veo, entras tú.

Volvió a calzarse y se levantó. Llegaba el gran final. O, simplemente, Fabio tenía que ir preparándose para ahuecar el ala.