El estafador Dos
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Dos

Dos

Por la mañana se levantó un viento que hizo golpear varias veces las contraventanas de la cocina, hacia un lado y hacia otro: se maldijo por olvidarse de cerrarlas y por no haber tenido la fuerza de levantarse, liberándose así de una vez por todas de ese ruido.

Fabio pasó la tarde del domingo aturdido aún por la velada en Milán, sin percibir el acelerón que acababa de pegar su vida.

Lo que sí tenía claro era el alcance de su soledad: se arrastraba como un fantasma del sofá a la cama, de la cama a la cocina y de nuevo al sofá.

No podía dejar de pensar en Roberta. Cada ruido en el rellano, junto al ascensor, incluso el viento o un pajarito que gorjeaba en el balcón, ¿era Roberta que volvía? Qué va.

¿Había dejado que golpeara la contraventana para no oír ese silencio opresivo? Era más que una mera hipótesis.

Salió al anochecer, como un murciélago, casi a escondidas. Todas esas caras conocidas, esos vecinos: «¿Recuerdas que de niño juraste que escaparías para siempre de la provincia? ¿Y en qué quedó aquello? ¿Qué has conseguido?».

Lo que había conseguido era que le había bastado una noche de fiesta en Milán para querer salir huyendo. La prostituta, los camellos: «¿Adónde crees que vas?», le habría dicho su madre.

Bajó al garaje, se metió en el coche y se autoengañó pensando que conducía sin rumbo fijo, aunque no era del todo cierto, que iba al tuntún, aunque no era del todo así.

Conversaba sin tregua con Roberta, que a saber dónde estaría y qué estaría haciendo.

Giraba a la derecha, luego a la izquierda y seguía recto, diciéndose que solo quería pisar un poco los pedales antes de volverse a casa a dormir.

Sí, seguro.

¿A quién quería engañar?

Pasó por delante del Museo de Arte Contemporáneo.

Cuando lo construyeron, allí donde acababa la ciudad y empezaba la colina, esa especie de nave espacial, una ciudad dentro de la ciudad, decían, con sus salas de exposiciones, su cine, su archivo, todos habían hablado de renacimiento.

Pero luego los jóvenes salen solo a bailar y los viejos se quedan en casa, doce euros para entrar a ver cien cuadros era demasiado, estamos en crisis, ¿no?

, y el museo se había quedado medio desierto al cabo de unos pocos meses.

Hasta que dejaron a un lado todas esas ínfulas con las que habían empezado, contrataron a un chef con estrella, de esos que andan siempre en la tele, por lo que nunca estaba allí, pero qué importa; total, que el sitio había vuelto a llenarse de gente, y alguno hasta se pasaba por la exposición antes de cenar porque te hacían descuento si te quedabas a comer allí.

Fue a parar delante de la casa de sus suegros. Aminoró la velocidad para comprobar, en vano, si el coche de Roberta estaba a la vista. Se asomó por la ventanilla para ver si había luces encendidas en la segunda planta.

Siguió conduciendo. Pasó por una serie de bares a los que le gustaba ir a Roberta, pero no había ni rastro de ella.

Se acercó a las casas de sus amigas, sin reconocer su coche.

Hasta que, agotado, se compró un perrito caliente en un quiosco y volvió a apostarse delante de la casa de sus suegros. Aparcó y apagó el motor.

¿Para qué?

¿Qué era lo que se repetía continuamente? ¿Que entre Roberta y él era todo perfecto?

¿De verdad?

No hacía falta ser un genio para comprender que alguien que no estuviera mirándose siempre el ombligo habría sabido captar alguna señal.

Cuando Roberta había empezado a explicarle que, a decirle que, a confesarle que...

Bueno, hasta a él le había quedado clara una cosa, y era que todo lo que le estaba diciendo no se le había ocurrido de la noche a la mañana.

Qué va, seguramente había empezado a pensar en todo eso ya desde tiempos de los romanos.

Todas las frases bien organizadas, como si las hubiera ensayado para un alegato en un juicio, todos los conceptos en el lugar y el momento debidos.

Acción y reacción, causa y efecto, cada parte del discurso hilada a la perfección.

Joder.

Encendió el motor y se volvió a su casa.

A la mañana siguiente, en el trabajo, Fabio se dio cuenta de que sus compañeros hablaban de él.

—Imagino que estará usted pensando: «Muy bien, pero ¿qué puede cambiar una fiesta?». Pues sí, lo cambió todo —le diría más adelante al fiscal.

—Explíqueme por qué.

—Es lo que me dispongo a hacer. Esto de que estaba en boca de todos en la oficina no podía no tener un impacto. En casa era menos que nada, un gusano, un desecho, pero en el trabajo era un dios. Entiende lo que quiero decir, ¿verdad?

Estuvo un rato recogiendo los frutos de la velada. Cuando finalmente se dispuso a trabajar, Wagner, a la que todavía no había visto, se paró delante de su escritorio.

—¿Puedes venir un momento a mi despacho?

La miró. Nunca había sabido decir si era elegante o guapa, pero no importaba: ella quería ser ambas cosas y, por lo tanto, lo era.

—Claro.

La siguió por el pasillo sin decir una palabra, Wagner con tacones, pero no de aguja, él con zapatos de cordones. Ella llevaba la cabeza alta, él, más baja.

—Pasa —le dijo en el umbral de su despacho, entrando ella primero. Le indicó un sofá que había en una esquina de la habitación—. Siéntate.

—Gracias.

—Lo de anoche... estuvo muy bien, de verdad.

Pero eso ya lo sabes. Se dice que vosotros los italianos sabéis divertiros, pero no siempre es verdad.

Estáis mucho más atentos que nosotros los alemanes.

A controlaros. Nosotros somos más «o todo o nada».

Nada mientras estamos sobrios, cuando todavía no hemos bebido, y, luego, todo de golpe, como una ola...

Lo vuestro es más como algo que se derrite, pero no tanto porque no seáis nunca demasiado rígidos, ni siquiera al principio...

Vosotros también tenéis muchos códigos: el beso en la mejilla, que, aun después de todos estos años, me sigo preguntando cuándo sí y cuándo no, y todavía me equivoco; el apretón de manos; la palmada en el hombro...

Tampoco entre vosotros es siempre tan fácil, al contrario de lo que se piensa en Alemania de los italianos.

Pero la otra noche no, el ambiente era de verdad agradable.

Wagner tenía sobre su escritorio una colección de pingüinos de cerámica de todos los tamaños. Uno, enorme, lo miraba fijamente.

—Anoche te vi pasar con el coche... ¿Adónde ibas?

—Sin rumbo. Quería salir a correr, pero al final me fui a dar una vuelta.

—Yo también lo hago a veces, me monto en el coche y me voy de paseo —dijo ella, cogiendo un pingüino pequeño y poniéndose a acariciarlo con el pulgar y el índice—.

Mira qué liso es... Me ayuda a concentrarme.

Cógelo, pero ten cuidado. Tengo cientos.

Puede que hasta más. Pero tengo una historia distinta para cada uno. Y las recuerdo todas.

—Es verdad, es agradable. Son animales bonitos.

—Aves que han aprendido a nadar y olvidado cómo volar.

En un momento dado, prefirieron el mar al aire: las alas se convirtieron en aletas; de huecos, los huesos pasaron a ser densos...

Hay toda una vida ahí fuera, debieron de decirse.

Quizá también nosotros, un día, nos larguemos de aquí y nos pongamos a hacer algo totalmente distinto. ¿Tú qué harías?

¿Había una respuesta correcta? ¿Era una prueba?

—Yo sería astronauta —bromeó, y le devolvió el pingüino. Si se le caía al suelo, podía decir adiós a su carrera. Esa sí que era la respuesta correcta.

—¿Los has visto alguna vez, Fabio? A los pingüinos, digo.

—No. Nunca. Me gustaría. Pero mi mujer prefiere el calor.

—Yo los he visto en el estrecho de Magallanes. ¿Conoces la historia?

—¿De quién?

—De Magallanes. Estaba estudiando la manera de pasar del Atlántico al Pacífico: a fuerza de intentos, consiguió encontrar una vía y se convirtió en un héroe.

Al menos, para su tripulación. Porque, ¿a quién más podría habérselo contado en aquella época, desde un barco?

Meses después, sin embargo, la noticia se había extendido y, justo cuando podría haber vuelto a su patria para recibir gloria y honores, un indígena de Filipinas lo mató con una flecha. Adiós al héroe.

—Nos hemos olvidado de los pingüinos.

—Sí, en el estrecho de Magallanes vi a los llamados pingüinos burro. Hacen un ruido extraño, como un rebuzno. Son cómicos, tiernos...

—El otro día vi un vídeo, había cientos y se zambullían desde una altura —dijo Fabio, para que viera que estaba informado.

—¿Así es como pasas el tiempo, aquí, en el trabajo?

Guardia baja: era un comentario sin segundas.

—Quiero hablarte de una cosa —continuó ella.

—La escucho.

Volvía a llamarla de usted. Le pasaba siempre. Un día había buscado en internet quiénes eran las valquirias, quizá fuera en esa época en que sí que fantaseaba un poco con la doctora Wagner, y había descubierto que el término significaba «mujeres a caballo que eligen a los guerreros».

—He pensado mucho en ello este fin de semana —dijo. Volvía a tener en la mano un pingüino, uno bajo y tosco—. Pensaba en la velada: todo como tenía que ser, todos tan contentos. Como lo estamos esta mañana. Y pensaba también en otra cosa: parece que bebes pero no bebes. ¿Me equivoco?

—No tolero bien el alcohol. Soy el típico que sirve rondas al resto, pero toma solo un par de tragos para divertirse y no más.

El pingüino estaba pintado a mano, con una gran mancha amarilla en el pecho.

Fabio recordaba haber leído que alguien a principios del siglo  XX probó a trasladar a una colonia de pingüinos del Polo Sur al Polo Norte.

Unos cuantos enfermaron, a otros los atacaron los indígenas...

No funcionó, y nunca se llegó a entender de verdad el motivo.

Los pingüinos habían sabido cambiar de clase, de pájaros a anfibios, pero solo estaban a gusto en su casa.