Uno #2
Dirigió la mirada hacia Wagner; no la llamaba Sybille ni en sus pensamientos.
Llevaba una minifalda, un montón de joyas en el cuello y las muñecas, y hasta una tobillera, o eso creyó ver Fabio.
Era la mayor, pero parecía la única que de verdad estaba en su salsa.
El poder era una vitamina de amplio espectro, y en esa mesa no había un solo hombre que no hubiera fantaseado con ella alguna vez.
Wagner lo miró y acercó el pie, calzado con un salón de tacón alto, a sus zapatos Oxford.
—Qué idea más bonita has tenido, Fabio —le gritó al oído con su acento alemán, rozándole el cuello con los labios.
—Me alegro de que te guste —contestó él sin alejarse.
Le indicó con un gesto al camarero que trajera la primera mágnum y, cuando ya llevaban tres o cuatro rondas, le hizo una señal al DJ. La música se interrumpió de golpe.
El DJ cogió el micrófono, se levantó y pronunció su nombre:
—¡Enhorabuena a Fabio Montari! Por otros diez años de éxitos.
Las propinas obraban milagros.
Wagner se puso de pie para indicar a todos los presentes que las felicitaciones eran para él. En medio del estruendo, lo invitó a levantarse, y él la obedeció, como siempre. Algunos miraron hacia su mesa y gritaron algo, quizá insultos o felicitaciones, quién sabe, la música sonaba de nuevo.
Justo después se acercó a su mesa una camarera que ofrecía chupitos de tequila.
Tendría unos dieciocho años y llevaba un sombrero y una cartuchera en bandolera en la que, en lugar de proyectiles, había vasitos pequeños.
Sonrió, le susurró algo al oído que Fabio no entendió, le sirvió un chupito directamente en la boca y se fue hacia otra mesa.
En ese estruendo, en ese caos de luces, Fabio tuvo una revelación: había sido un estudiante mediocre, el blanco constante de las reprimendas de los profesores por no esforzarse lo suficiente, así como un hijo que no había dado grandes satisfacciones, demasiado indulgente consigo mismo, demasiado moderno en su actitud de «quiero disfrutar de la vida» para unos padres como los suyos.
Hasta que había empezado a trabajar y había descubierto que todo lo que, según sus padres, fallaba en él, en el banco, en cambio, en las inversiones, en los negocios, estaba bien .
Ser listo era valioso, y tanto que lo era.
Ser un mentiroso empedernido era útil, desde luego que sí.
Ser laxo con las normas.
Ser persuasivo.
Ese don de réplica suyo, ese jugar a ser un poco pillo: era de lo más valioso.
Podías darle las vueltas que quisieras, pero tener labia, saber mentir, fingir y darse bombo era la esencia misma de su trabajo. Hasta tal punto que uno se preguntaba para qué servía estudiar, si esos dos o tres cálculos que había que hacer se aprendían en tres semanas como mucho.
En esa discoteca todos luchaban desesperadamente por algo que para él, al menos en esos minutos, estaba al alcance de la mano: la estima de sus pares, sentirse único, importante, envidiado.
Se dio cuenta de ello mientras saboreaba un cóctel y, quizá, aunque solo por un instante, sintió una felicidad infinita.
En esas primeras semanas encerrado, recordar esa sensación de bienestar fue como una bofetada.
Estaba bien reflexionar, pero sin pasarse.
Lo pusieron en guardia: «Mientras estés aquí dentro, no le des muchas vueltas a la cabeza.
Si no, te vuelves loco», le dijeron los veteranos.
Debían de ser unos idiotas redomados si todavía no se habían pegado un tiro.
—No puede no pensar en lo que ha hecho —le decía en cambio el fiscal—. No puede no tratar de entender cómo ha llegado hasta aquí.
¿A quién tenía que hacer caso, entonces? ¿A uno que solo estaba de paso por la cárcel, o a los que llevaban allí toda la vida? Decidió escuchar al primero. A fin de cuentas, era el único de todos ellos que cobraba un sueldo.
Fabio miró la pista abarrotada de gente, a las modelos que volvían del baño eufóricas y se desplomaban sobre los sillones: era el paraíso en la tierra.
En esa discoteca, nadie quería recordar quién era de verdad, y los focos parpadeantes, las luces estroboscópicas y la música pegadiza lo ponían muy fácil.
Bailaron juntos todos los compañeros, tres o cuatro canciones, sin dejar de pensar en cuánto podían desmadrarse y cómo sería encontrarse más tarde en los pasillos del hotel.
Una hilera de habitaciones individuales, muy cerca unas de otras, pensando en la mujer o el marido en casa, en los niños, en el miedo a los chismorreos entre compañeros, pero con el alcohol en el cuerpo, la excitación de esas horas.
Él se volvería a su casa, no tenía el ánimo necesario para esa parte de la velada. Wagner le había dejado caer, como quien no quiere la cosa, que si quería podía quedarse en la suya. Él había fingido no captar la indirecta.
Eran más de las tres de la mañana cuando, después de despedirse en la puerta del hotel donde se alojaban sus compañeros, Fabio fue a pie hasta su coche y se sentó al volante.
Solo. Con todos esos cumplidos y agradecimientos, se le había quitado el sueño.
Se puso a conducir por la ciudad. Estaba algo achispado, pero no borracho.
Nunca se pasaba con la bebida, no le gustaba perder el control.
Le volvieron a la mente retazos de conversaciones:
—Si pudierais elegir, ¿adónde os iríais a vivir?
—A Nueva York.
—Al Caribe.
—A las Maldivas.
—A un refugio de montaña. ¿Nadie más? Pues es mi sueño —había dicho Rovelli, una compañera.
—Brrr..., qué frío —habían bromeado los demás.
Pasó junto al castillo de los Sforza y paró a un lado para admirar la torre del Filarete iluminada.
Una prostituta llamó a la ventanilla y, cuando se volvió a mirarla, esta le dio a entender, con un gesto inequívoco, cómo pensaba hacerle pasar el siguiente cuarto de hora. Esa ciudad no te daba tregua.
No eran solo los edificios, la arquitectura o las masas de gente; era también la manera de hablar que tenían sus compañeros de Milán, lo intimidaba esa cadencia que traducía una idea de poderío.
—Perdone, ¿para llegar a la autopista? —le preguntó a un barrendero. Eran casi las cuatro y empezaba a sentirse de verdad cansado.
Se dirigió a su casa. Un par de horas después, estaba recorriendo los últimos kilómetros por calles desiertas y poco iluminadas, entre naves industriales e inmensos aparcamientos de centros comerciales, atento a no acabar en una zanja cuando se cruzaba con otros noctámbulos como él o con madrugadores dominicales que habían salido a correr.
No había ni pizca de niebla y amanecía ya cuando llegó a su casa.
Abrió la puerta y se fue derecho a su habitación.
Estaba a oscuras, salvo por un fino rayo de luz que llegaba de una farola de la calle.
Se quitó la chaqueta y la dejó con cuidado sobre la silla.
—Ha estado bien la quedada, ¿sabes? —susurró, apoyándose en el cabecero de la cama.
En la mesilla de noche había una foto de Roberta y él en Bali, durante su luna de miel.
Habían ido al Bosque de los monos de Ubud y habían sacado fotos a los animales.
Se habían retado, riendo, a ver quién se atrevía a mirarlos fijamente a los ojos: en el folleto del parque recomendaban no hacerlo, no confiarse.
Los habían mirado y no había ocurrido nada.
Pero no por ello resultaban menos inquietantes esos monos, o esos simios.
Se volvió hacia la foto, como si de allí pudiera venir una respuesta.
—Wagner se me ha insinuado... Más te vale no quitarme ojo —bromeó.
Las sábanas estaban perfumadas, bien estiradas, sin una arruga.
Fabio se deslizó sobre la cama y se tumbó.
Se quedó un rato mirando al techo, sin descalzarse todavía.
No había nada que observar, salvo aquel rayito de luz que llegaba de la calle.
No se oía volar una mosca: ni en la habitación ni al otro lado de las ventanas, más allá de su ciudad. Qué diferencia con Milán.
—Nos lo hemos pasado genial, Roberta, de verdad —repitió, y luego calló.
Se quitó los zapatos, dejándolos caer al suelo, y también los pantalones. Le entró frío y se metió debajo de las sábanas, con la camisa puesta. Apagó la luz. Extendió las piernas a un lado y a otro y trató de conciliar el sueño.
—Andaban todos detrás de mí, ojalá hubieras estado allí —añadió, sin quebrar de verdad el silencio.
Volvió a mirar el filo de luz que llegaba de la calle e iluminaba el revoque.
—Robi... Robi...
Se puso a sollozar.
Por supuesto que sabía que era un poco raro hablar con Roberta como si estuviera ahí al lado. Tumbarse en la cama sin hacer ruido, como si pudiera despertarla.
Pero intenta tú dejar de golpe de contarle cómo te ha ido el día o la noche a la mujer a la que más has querido en tu vida cuando esta te deja plantado de repente, sin avisar.