El estafador Uno
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Uno

Uno

La enésima tarde que pasó oteando un trocito de ciudad durante la hora de patio, con su compañero de celda diciéndole «Te has llevado un pastizal, ¿eh?

, pero ¿dónde lo has escondido?», Fabio se dio cuenta de que, si seguía así, se hundiría.

Miró de pronto a su alrededor, pasó revista a los rostros y los cuerpos que tenía cerca: el deseo de entablar amistad con esa masa de perdedores, si es que alguna vez lo había tenido, ya se había desvanecido.

Uno había perdido los dientes en una pelea y se alimentaba solo de caldo, otro cojeaba porque le habían disparado en la pantorrilla durante un atraco, pero seguía soñando con cometer otros, y a un tercero le habían caído treinta años por matar a su hermano, pero estaba convencido de que vería crecer a sus hijos.

¿Qué lo había llevado a tener que codearse con esa gente? No habría sabido decirlo con certeza, pero no tardó nada en entender que no, no había sido como a veces le gustaba creer, a saber: por casualidad.

No.

Un componente de casualidad sí que había, claro, siempre lo hay. Pero, ya se lo llame hado o destino, el caso es que había habido un designio bien preciso. Y el que había movido el pincel sobre la tela, por más que uno siempre quiera echar la culpa a los demás, había sido él y solo él.

Animado por el magistrado, que parecía tener curiosidad por conocer su historia, Fabio inició un viaje al pasado.

Volvió atrás en el tiempo, a un día en que todo era posible aún, si bien quizá, pensándolo mejor, ese día había sido el principio del fin.

Aunque no estaba para nada claro que fuera el final, podía ser simplemente un nuevo comienzo: todo dependía de cómo jugara sus cartas.

La partida estaba en marcha, pero ahora tenía que volver a la casilla de salida, aquella en la que todavía estaba casado con Roberta, su primera mujer, y su existencia discurría aún por caminos bastante predecibles.

Se recordó a los veinticinco años, al inicio de la década de los dos mil, con unos vaqueros descoloridos de los que entonces estaban de moda, una camisa blanca entreabierta y unos zapatos negros de cuero, observando embelesado las calles y las casas de ese barrio del centro de Milán que estaba cambiando a la velocidad de la luz.

Hacía tiempo que había pasado la hora de cenar, y corso Como, con sus locales sin más nombre que el número de la calle, lo hacía soñar.

Había llegado con mucha antelación, como siempre. Sus compañeros se reunirían con él más tarde, pero la clave de todo era precisamente su capacidad de llevarles la delantera a todos.

Recorrió la calle peatonal de un extremo a otro un par de veces, cautivado con la sucesión de bares y restaurantes a ambos lados.

Llegaba hasta el final y, como no se podía seguir, se detenía a echar un vistazo al enorme solar junto a la estación Garibaldi.

En una esquina, un chico y una chica que habían saltado la valla se besaban y se acariciaban, pegados a una caseta de obra, lejos de todo pero totalmente a la vista.

A pocos pasos de ellos, en la penumbra, entre las casas y los locales, las excavadoras mostraban un aspecto extraño y fascinante a la vez.

¿Qué iban a construir allí?

Poco importaba: esas obras significaban cambio, lo ponían de manifiesto de manera tangible, y él venía de un lugar en el que nadie se atrevía a cambiar de sitio ni media piedra.

«Pero ¿tú qué te crees que haces?» Toda la vida oyendo esa frase en cuanto mencionaba una idea, un proyecto.

«¿Tú quién te crees que eres?»

Allí todo era distinto. Toda esa gente, todos esos jóvenes... Dios, qué energía había en esa ciudad.

En ese preciso momento, al ver a unas modelos altísimas y delgadísimas salir de los restaurantes con sus tacones de aguja, a un DJ famoso sentado en la terraza de un local, tomándose un cóctel colorido, al futbolista del Inter de la coleta rubia dejarle las llaves del Porsche a un aparcacoches, Fabio pensó que no habría querido estar en ningún otro sitio.

Se paró delante de la discoteca. Aún no eran las diez.

Sus compañeros acababan de mandarle un mensaje, habían ido al hotel a dejar el equipaje; todos salvo Sybille Wagner, pues su marido y ella tenían casa en la ciudad.

Al concluir la velada, Fabio se volvería a su casa: Milán lo repelía tanto como lo atraía.

No tardaron en acercársele dos camellos, «coca, anfetas, tripis», seguidos de otros rateros que le pidieron dinero. Uno no podía quedarse parado y que lo dejaran tranquilo. Era esa ciudad, Milán; o quizá era que él tenía cara de pardillo.

¿Cómo se le había ocurrido organizar esa quedada?

—Venga, Fabio, llevas diez años trabajando aquí, vamos a celebrarlo... Invitas tú a las copas...

—Vámonos de discoteca. ¡Venga, vamos a Milán! —había casi gritado otro, muy exaltado.

—Qué guay, Fabio, no veo la hora.

«No veo la hora»... Pues a él más le valía verla. Sobre todo la discoteca, para estar preparado. Como hacía con los clientes. Porque los compañeros de trabajo no son de verdad tus amigos.

—¿A qué se refiere con eso de «no son de verdad tus amigos»? —lo había interrumpido el fiscal.

—Pues a que estás todo el rato con ellos, todos los días, que si un café, que si una comida, que si una reunión...

Pero, luego, solo te enteras de que a uno se le ha muerto el padre cuando va y te pide consejo sobre cómo invertir un dinero heredado, o que otra se ha separado porque te pide que metas en el sistema su nueva dirección. Cosas así.

El fiscal le hacía siempre esa clase de preguntas, con tanta inocencia que te preguntabas si era de verdad tan ingenuo o si estaba a punto de jugártela.

Te distraías pensando cómo podía ser que un tipo que tenía más o menos tu edad y que había crecido en tu misma ciudad pudiera ser tan distinto de ti y, entonces, sin ni siquiera darte cuenta, te relajabas y le contabas lo que no debías.

En cualquier caso, a Fabio le gustaba cuando llegaba a la cárcel para interrogarlo.

Era bonito hablar con el ministerio público.

¿Con quién habría hablado, si no? ¿Con los presos?

Venga ya. Carolina, a la que también estaban investigando en ese periodo, no podía ir a visitarlo.

Su madre no habría ido ni loca. Su exsuegro, Gianni, que también se había visto implicado, tres cuartos de lo mismo.

El único al que le permitían ver con regularidad era a su abogado, pero en realidad no era mucho mejor que ellos, que los criminales: solo mejor vestido, más rico y con un poco más de perspectivas de futuro.

—¿Por qué me cuenta esto de la discoteca en Milán, Montari? Usted debe ayudarme a entender por qué, de la noche a la mañana, en lugar de gestionar el dinero de sus clientes, empezó a robarles —insistía el fiscal.

Otra vez esa inocencia; o esa vaguedad; o esa estrategia.

—Se lo cuento porque creo que la idea se me ocurrió en esos días.

El hecho de que el fiscal pasara su tiempo con ladrones, asesinos, peristas y violadores lo llevaba a autoengañarse pensando que estaban los dos en un mismo plano.

Pero la diferencia era que, al caer la tarde, el magistrado se iba a su casa.

Y, en esos días tras los barrotes de una celda, a Fabio la casa le parecía el paraíso.

Vio de reojo a una chica que fue a sentarse a una mesita en la entrada de la discoteca. Dejó que pasaran delante de él unas cuantas personas, esperó hasta ver entrar a unas cincuenta y luego se acercó a ella.

—Hola. Tengo una reserva...

—¿A nombre de quién?

—Montari.

—¿Cómo?

—Montari.

Había reservado y pagado por adelantado una mesa para diez.

Había pedido que, cuando ya estuviera todo el mundo sentado, sirvieran dos mágnum en una cubitera, pagadas también por adelantado.

Había pedido que, en un momento de la velada, mejor si no era demasiado pronto, el DJ dijera unas palabritas al micrófono sobre sus diez años en el banco y le dedicara una canción.

Lo importante —se había asegurado de que tomara buena nota— era que dijera su nombre.

«Fabio» a secas habría sido suficiente, pero «Fabio Montari», su nombre y apellido, mil veces mejor.

Eso también lo había pagado por adelantado.

—¿Qué canción quieres? —le preguntó entonces la chica, alzando la mirada hacia él por primera vez.

Era guapa.

—La que sea.

—Buena respuesta. Si no, también habrías tenido que pagar por eso.

—¿Puedo entrar ya?

—¿Tú ves que ponga CERRADO en alguna parte?

Miró la pista mientras saboreaba un whisky sour: tenía treinta y cinco años y una vida bastante normal, que, sin embargo, a alguien como su padre, que los había dejado pronto, le habría parecido una alucinación sibarítica.

Salía a cenar con Roberta una vez a la semana; todos los años, el fin de semana de carnaval lo pasaban en un hotel de cuatro estrellas con spa de alguna localidad de montaña; tenía un buen coche y un buen sueldo, pero cero ahorros porque, total, al mes siguiente entraba otra remesa de dinero.

Bebió otro sorbo de su cóctel de bourbon, zumo de limón, clara de huevo y azúcar. A su padre le podían dar por saco.

Entonces vio a sus compañeros bajar la escalera mirando a su alrededor: lo estaban buscando a él. Agitó la mano para llamar su atención.

—Qué bien, ya estáis aquí —dijo, yendo a su encuentro muy animado—. Nuestra mesa está por ahí —añadió, indicándoles con un gesto que lo siguieran.

Exceptuándolo a él, que vestía camisa blanca y vaqueros, todos los demás llevaban la ropa de diario, solo que más vistosa y colorida. Con gente así, ganar era pan comido.

—Jo, me da cosa que nos hayas invitado a todos —comentó una compañera.

Fabio vaciló: ¿le estaba dando las gracias? ¿O se estaba asegurando de que no hubiera malentendidos?

—Venga, vamos a divertirnos —dijo para disipar cualquier duda.