Dos #3
Maldijo de nuevo esa lluvia, que ahora se le metía en los ojos. Intentó frotárselos con el dorso de la mano. Una vez, y luego otra, porque seguía sin ver. Bastó un instante para que perdiera el equilibrio y el agarre.
Maura vio a Stefano precipitarse hacia atrás y golpearse la cabeza con violencia contra los barrotes. Su cuerpo colgaba ahora en el aire.
Saltó fuera del coche, con un presentimiento al que se negaba a dar forma. Esas gotas que veía resbalar sobre los barrotes eran de sangre y venían de los pantalones de su novio. Corrió hacia él, gritando.
No había ni un alma: «Estamos en mitad de la nada», le gustaba repetir a Angelo a los amigos.
Maura tenía que pedir ayuda, y rápido. Recordó haberse fijado en que, en un acto reflejo, Stefano se guardaba las llaves del coche en el bolsillo antes de trepar a la verja.
Haciendo acopio de todas sus fuerzas, se aupó hasta llegar a la altura de Stefano.
Vio que se había desmayado. Trató de liberarlo, pero una de las puntas de la verja se le había clavado en la pierna.
No había nada que pudiera hacer: Stefano pesaba demasiado.
Además, estaba en equilibrio, y era mucho menos fuerte y corpulenta que él.
Le metió rápidamente la mano en el bolsillo, cogió las llaves y se dejó caer al suelo, aterrizando de mala manera sobre un tobillo.
Cojeando y llorando, subió al coche y salió a toda velocidad bajo la tormenta para encontrar una casa y un teléfono desde el que llamar a una ambulancia, suplicando al cielo que no fuera demasiado tarde.
—¿Puede anticiparme algo? No tengo mucho que ocultar —trató de bromear Angelo—. Puede decirme lo que sea aquí directamente, ¿sabe?, por la tarde me esperan en la fábrica. Soy empresario.
Lo dijo con el orgullo acostumbrado.
—¿Por un casual su hijo está pasando fuera el fin de semana? —preguntó el agente de pronto. Tenía los ojos castaños, la mirada tranquila y una pequeña cicatriz en la mejilla, justo debajo del pómulo.
—Ah, ya entiendo —contestó Cantuzzi aliviado.
Por un segundo, no sabía cómo, se le había pasado por la cabeza quién sabe qué...
—. Mire, me da un poco de apuro, pero son chavales, tienen veinte años.
Un conocido suyo se metió en una historia fea: lo pararon, y resultó que llevaba encima hachís o marihuana.
No traficaba, era para consumo propio...
No digo que no sea grave. Pero, bueno, el chico ha comprendido, y sus padres lo han metido en cintura.
Sabía que antes o después vendrían a pedirnos cuentas: mi hijo y él se trataron bastante, eran de la misma pandilla, e imagino que alguien les habrá dado su nombre.
Hacen bien en controlar. No hay que bajar nunca la guardia.
Angelo sonrió y blandió el puño en un gesto de amago.
—Sepa que, en lo que a mí respecta, ni siquiera sé la diferencia entre el hachís y la marihuana.
Pero le aseguro que mi hijo no se droga.
Después de esa historia, que no me gustó nada, tomé medidas drásticas.
Aunque él lo negaba, preferí ir sobre seguro y quise que se hiciera un análisis de sangre.
Dio negativo, como imaginaba. Stefano me lo había jurado...
Luego pensé que no debería haber puesto en duda su palabra.
Debo de tener el resultado en algún sitio, si quiere, lo busco. ¿Usted tiene hijos?
—Sí.
—¿Cuántos?
—Dos. Señor Cantuzzi, pero lo que quería decirle...
—Yo también tengo dos... Pero, disculpe, lo he interrumpido, hablo demasiado —añadió Angelo incómodo. No, tampoco era ese conocido de Stefano que se había metido en un lío el motivo por el que estaban allí. Miró al agente con una pizca de aprensión.
—Señor Cantuzzi, sería mejor que nos acompañara a la comisaría.
—Aquí traigo el agua, espero que esté lo bastante fría. La tenemos en la nevera, pero tomamos tanta... —Gemma, que había vuelto de la cocina, no terminó la frase. Algo en la mirada del policía le heló la sangre.
—Hemos recibido un aviso de unos compañeros. —Siguió una pausa—. Su hijo Stefano estaba en compañía de Maura Bernareggi, ¿verdad?
—Sí, es su novia. Pero ¿por qué lo preguntan? —contestó Angelo con la boca seca.
—Tengo que pedirle que nos acompañe a la comisaría —repitió el agente con un tono que, Angelo se dio cuenta enseguida, no cuadraba con esos minutos de tregua, ni con esa habitación ni esa clase de día.
De repente, Gemma sintió que se desmayaba. Buscó el hombro de su marido sin encontrarlo y se apoyó en la pared que quedaba a su espalda.
—¿Le ha ocurrido algo a Stefano? ¿Un accidente? —balbució. Ya no miraba al policía que tenía delante, sino al otro—. ¿Ha ocurrido algo? ¡Hable, por amor de Dios! —Se llevó las manos a la cara.
—Señora Cantuzzi...
Lo interrumpió un ruido. Elena había aparecido en lo alto de la escalera y los estaba mirando. Sin una razón, Angelo Cantuzzi le ordenó a su hija instintivamente que volviera a su cuarto, pero la niña no se movió de donde estaba.
—¿Qué le ha ocurrido a mi hijo? Por favor, no me tengan en ascuas —insistió Angelo con una voz que era ya solo un gemido.
Gemma aferró la mano de su marido: estaba fría, pese al calor sofocante, y no la habría sostenido ni a ella ni a nadie.
—Nos han llamado nuestros compañeros de Trento. Siento comunicarles que su hijo ha sufrido un accidente...
—¿De coche? No puede ser, siempre ha sido muy prudente... ¿Cómo está? ¿Se lo han llevado al hospital? ¿Dónde está? —preguntó Gemma.
El agente bajó la mirada.
—¿Está muerto? —gritó Angelo—. ¿Está muerto?
—Lo sentimos mucho, señor Cantuzzi.
Durante los años sucesivos, a Gemma la atormentaría el grito de Elena a su espalda y el ruido sordo que hizo el cuerpo de su marido al desplomarse. Ese hombre de acero, ese hombre que siempre le había parecido invencible, yacía en el suelo. Gritaba y sollozaba, invocando el nombre de su hijo.