El estafador Dos #2
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Dos #2

Angelo y Gemma recibirían esa foto, junto con las demás del carrete, de manos de la policía, centrada en reconstruir lo sucedido.

No había ningún indicio en esa pose, ningún secreto, solo el testimonio concreto de la alegría de vivir de dos jóvenes enamorados.

Pese al estado de shock, Gemma reparó en que su hijo llevaba un jersey que le había regalado ella y que creía que no le gustaba.

«Pero si se lo puso para estar con su novia, probablemente sí que le gustara, al contrario de lo que yo pensaba», comentó, dejando perplejos a los policías.

¿Cómo podían entender que, ante una tragedia así, uno busca consuelo donde sea?

—¿Te saco yo una?

Stefano cogió la cámara y le hizo una foto a Maura. Con esas piernas, largas y esbeltas, y la lozanía del pecho, que se adivinaba debajo de la cazadora verde, era el retrato de la juventud.

Continuaron hacia la cima, jadeando en los metros finales.

En el aire había un ligero viento foehn que anticipaba el violento temporal previsto para primera hora de la tarde.

Stefano consultó su reloj: eran las seis y veinte, había tiempo de sobra.

Sin resuello pero felices, a solas en el punto más alto de esa parte de los Dolomitas, vieron al fin asomar el sol por detrás de las montañas. Se cogieron de la mano en silencio.

—¿Pedimos que nos hagan una foto juntos? —propuso después Maura—. Ahí veo subir a dos personas.

Cien metros más abajo, una pareja avanzaba hacia ellos.

Stefano dijo que, aunque era temprano, prefería seguir caminando.

Era serio como su padre, responsable, a veces incluso severo, sobre todo consigo mismo, contaría después Maura. «Era peculiar, muy especial. No había otro como él en la universidad.»

Aceleraron el paso y, al cabo de un par de horas, llegaron al coche.

El cielo se había oscurecido por completo y unas nubes amenazadoras se cernían sobre las cumbres.

Stefano condujo hacia la casa de montaña, la segunda residencia que Angelo había comprado cuando los negocios empezaron a irle bien.

Un chalé en medio del bosque: un sueño hecho realidad.

—Mierda —exclamó Stefano al llegar, palpándose los bolsillos.

—¿Qué pasa? —quiso saber Maura.

—No encuentro las llaves de la verja, debo de haberlas perdido al caerme en la nieve.

Siguió rebuscando por todas partes.

—No, no las tengo.

Hacía poco que su padre había mandado instalar esa verja: había oído rumores de robos en la zona, pero atrincherarse en casa le parecía una locura. Después, sin embargo, los ciervos, los corzos y los jabalíes, que habían destrozado el huerto y los frutales, le habían hecho cambiar de idea.

En un principio pensó en poner una simple alambrada, pero se decantó por fin por una verja de hierro con una puerta de dos hojas rematada en puntas de flecha.

Stefano se bajó del coche. El temporal llegaría antes de lo previsto, ya empezaban a caer algunas gotas. Fue hasta la verja, tapándose instintivamente la cabeza con las manos para no mojarse. Agarró los barrotes y se volvió hacia Maura.

No tenían muchas opciones: o regresaban a la ciudad y, entonces, adiós al fin de semana, o encontraban la manera de saltar la verja. ¿Qué altura tenía? ¿Tres metros? Tres y medio quizá.

—¿Te ayudo? —preguntó Maura por la ventanilla.

—No, quédate en el coche, que te vas a mojar. No tardo nada.

Stefano calibró las distancias mentalmente y luego dio un saltito, agarrándose a los barrotes y tratando de trepar. Nada. Así no había manera.

Se alejó para coger carrerilla y probó a saltar otra vez.

Ahora sus manos llegaron más alto, pero resbalaron sobre el metal mojado.

Tomó apoyo con el pie derecho y empezó a auparse.

Se aferró a los barrotes con las rodillas para aliviar en algo los músculos de los brazos y, cuando estuvo lo bastante estable, volvió a auparse.

Había hecho un curso breve de escalada, esto no era tan distinto.

Ya solo tenía como mucho medio metro de verja por encima de la cabeza.

Debía alcanzar con una mano el travesaño horizontal y hacer palanca sobre él.

Alargó el brazo derecho hasta notar la barra con los dedos y, a la vez, giró el cuerpo para auparse por encima de la verja.

Quedaba poco para la cima: una vez que se hubiera encaramado, saltar tres metros no supondría un problema.

Stefano saboreaba ya el momento en que abriría la verja desde dentro para franquearle el paso a Maura.

Angelo llegó a la oficina, situada unos pocos kilómetros más al norte.

Leyó la frase de Luigi Einaudi que había enmarcado y colgado en la pared frente a su escritorio: «Donde sobran jefes, nace la confusión».

Al lado estaban las fotografías de cuando había vivido en Argentina con Gemma y los niños.

Una oportunidad de trabajo que otros compañeros suyos habían eludido —un país demasiado lejano, demasiado distinto de Italia— y que él, en cambio, había recibido con alegría: ganaría mucho más y sus hijos descubrirían otro mundo.

Al año siguiente de llegar a Argentina, ya fuera una cuestión de suerte o mérito de Angelo, el balance de la sucursal sudamericana había vuelto a ser positivo.

Al cabo de cuatro años, siendo los niños algo mayores ya, había regresado a Italia.

Con la decisión de establecerse por su cuenta en un campo en el que era ya un experto, habían llegado las primeras ganancias importantes.

Angelo firmó un par de documentos, leyó otros tantos e hizo algunas gestiones. Hacía un calor asfixiante. Podía acercarse a casa a almorzar, leer un rato al fresco en el sótano y quizá volver a la fábrica por la tarde.

Encontró a su mujer en el salón, con un ventilador a cada lado, como le había enseñado él, tumbada en el sofá, con las piernas apoyadas en un puf.

Estaba guapísima.

—¿Te preparo algo? ¿Qué haces aquí? ¿Es que quieres cogerte vacaciones? Mira que yo me apunto, ¿eh?, ya mismo... —bromeó ella.

—No, gracias —dijo Angelo, eludiendo la pregunta—. ¿Y Elena?

—Arriba.

Gemma estaba encantada de que Angelo estuviera en casa a esa hora inesperada.

—Ven aquí a tomar el aire —lo invitó con un gesto de la mano.

Él negó con la cabeza.

—Me bajo al sótano a leer unos papeles.

Para él, el almuerzo, las vacaciones o volver temprano del trabajo eran lujos inconcebibles, tenía que fingir hasta consigo mismo que había vuelto a casa por alguna razón más seria que el calor o el cansancio.

Gemma sonrió afable. Con ese carácter siempre le había ido bien en la vida. Lo siguió a la cocina y se quedó observándolo mientras se preparaba un bocadillo de mantequilla y miel.

—Comes como un niño —lo chinchó.

—Y tú eres tan guapa como una chiquilla —le dijo él atrayéndola hacia sí, para luego apartarse cuando vio de reojo a Elena.

Gemma le sonrió, y él la miró un poco decepcionado.

Cuando se terminó el bocadillo, Angelo bajó al sótano con una carpeta de cuero en la mano.

Al rato, se quedó dormido mientras leía sus papeles, arrullado por las voces de fondo de los niños de los vecinos, que jugaban a la goma y a la rayuela, diciendo en voz alta los números y decretando quién era el ganador.

A eso de las tres lo despertó Gemma.

—Hay un coche de policía delante de casa.

Angelo miró por la ventana situada a ras de suelo. Dos hombres de uniforme se acercaban a la entrada. Subió a abrirles, pugnando por volver a acostumbrarse a toda esa luz.

—¿El señor Cantuzzi? —dijo el agente de más edad. El otro se había quedado un paso atrás, como si buscara refugio detrás de la silueta robusta de su compañero. Ahí, en el umbral, bajo el sol abrasador, hacía de verdad muchísimo calor.

—Sí, soy yo. ¿Qué puedo hacer por ustedes? —preguntó algo extrañado.

—¿Podemos entrar un momento?

Angelo y Gemma se hicieron a un lado y abrieron la puerta del todo, medio cegados por la luz.

—Claro... Disculpen el desorden... Con este calor, estamos todos un poco perezosos.

—Sentimos molestarlos, pero...

—¿Puedo ofrecerles un café, con hielo, quizá? —preguntó Gemma—. Por favor, siéntense. Cerca del ventilador se está un poco mejor.

El policía que había hablado debía de tener la misma edad que Angelo, mientras que el otro parecía apenas algo mayor que Stefano.

—No, señora, gracias. Solo un vaso de agua, si no es molestia.

Únicamente hablaba el mayor, mientras el joven se quedaba apartado.

A la espera de enterarse del motivo de su visita, Angelo constató con desgana el apuro de ambos.

Cuando Gemma lo había llamado, dormía profundamente y estaba todavía algo aturdido.

¿Qué había estado soñando? Nada, nunca recordaba los sueños porque, como decía su mujer, dormía con el remordimiento de estar malgastando el tiempo.

—Parece que a última hora lloverá otro poco, igual refresca —comentó Angelo por decir algo.

—Sí, es tremendo este calor —continuó el policía, enjugándose el sudor de la frente—. Y encima los mosquitos no dan tregua.

En el salón no se veía nada. Gemma subió las persianas, bajadas desde por la mañana para que no entrara el calor.

Como la luz volvió a deslumbrarlos, las reguló hasta media altura más o menos, buscando la posición óptima.

Ahora los policías estaban en plena luz y Angelo, a dos pasos de ellos, a la sombra. ¿Qué querían de él?

Después del primer intento, en el que no había logrado apoyar el pie derecho, Stefano probó con el izquierdo.

Llovía a mares, y temía resbalarse. Todavía en un equilibrio precario, se apartó un mechón de pelo de la frente y miró a Maura, que seguía dentro del coche, pero no consiguió verla a través del parabrisas, por el que la lluvia corría formando regueros. Entonces intentó otra solución.

Cuando al fin sintió el pie derecho bien firme sobre la barra horizontal más alta, tomó impulso y se aupó hasta agarrar con la mano izquierda una de las puntas de flecha que remataban la verja.

Solo un esfuerzo más: tenía que inclinar el cuerpo hacia delante para superar ese último obstáculo y saltar al otro lado.